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Fernando Espino (Nueva Segovia, 1600-Guatemala, 1676) fue el primer nativo de Nicaragua en escribir y publicar un libro. Titulado Relación / verdadera de la reducción de / los indios infieles de la / Provincia de la Taguzgalpa… (1674), apareció catorce años después de la introducción de la imprenta en Guatemala. Esta crónica misionera fue considerada la primera obra de contenido histórico impresa en el reino de Guatemala.

Fuente de la vasta Chronica de la provincia del Santíssimo Nombre de Jesús de Guatemala, del historiador de la Orden Seráfica fray Francisco Vázquez de Herrera, la pequeña obra de Espino se inscribe en las acciones misioneras de los franciscanos entre los indios xicaques de Honduras y Nicaragua. Por eso ha recibido mucha atención de la historiografía centroamericana, al igual que su autor.

Primer sacerdote de Nueva Segovia, Espino había nacido en esa ciudad el año de 1600. Hijo de padres canarios recién establecidos en el norte de la provincia, ingresó al convento de Nuestro Padre San Francisco en 1626. Tras los estudios de rigor, llegó a ser consagrado sacerdote y, para 1637, se dedicaba a misionar entre los indígenas aledaños a la ciudad de su nacimiento, cuya lengua había aprendido desde niño.

Pronto regresó a Guatemala para entregarse a la práctica de la virtud. El 23 de enero de 1647 fue elegido comisario y visitador de la Orden Tercera de San Francisco y luego maestro de Novicios, Guardián y Predicador del convento. Restablecido de una enfermedad, casi a los 60 años se le escogió para proseguir las evangelizaciones emprendidas por su orden a principios del siglo XVII. Acompañado de fray Pedro Ovalle, salió de Guatemala el 16 de mayo de 1667 y, protagonizando algunas peripecias y obteniendo algunos frutos —como la fundación del pueblo de San Buenaventura—, finalizó su expedición a principios de 1669.

Culminando su carrera eclesiástica con la elección de Ministro Provincial de los franciscanos de Guatemala el 21 de enero de 1673, continuó promoviendo la reducción espiritual de los xicaques, en cuyo idioma había escrito textos —probablemente canciones religiosas— y la doctrina cristiana. Al año, redactaba la Relación verdadera que firmó el 17 de septiembre de 1674 y fue impresa de inmediato. El 5 de febrero de 1675 estrenaba la iglesia de San Francisco que había ordenado reconstruir y en 1676, además de publicar otro informe sobre las mismas misiones —Razón del estado en que se hallaban— entregaba su alma.

Pablo Kraudy ha analizado el contenido de la Relación verdadera: la propagación de la fe católica entre los infieles por vía pacífica, reflejada en su equipo misionero: dos frailes (Espino y Ovalle), un soldado y tres indios cristianizados. Su observación es reveladora: No llevábamos armas, más que el Santo Evangelio, palabra de Dios. Naturalmente, su discurso lo concibe desde la óptica de la cristiandad y de ahí su idea acerca de la humanización como requisito para ser cristiano y la necesidad, según lo planteaban las Leyes de Indias, de que el indígena viviese “concertadamente” (juntos en pueblos) y en “policía” (orden).

En ese contexto, la visión del indio de Espino incluye una visión física, moral y cultural: “Son de muy buen natural, apacibles, de muy buenas estaturas, por la mayor parte de lindos cuerpos y rostros; ellos y las mujeres son blancos, amestizados, recibieron muy bien la fe de Christo Señor Nuestro; guardan hasta el tercer grado de afinidad para casarse; no tienen más que una mujer; poco viciosos de la sensualidad; las mujeres guardan virginidad hasta casarse; no se acompañan de varones aunque sean primos, cuando van a sus cacahuatales y platanales, y es de miedo; porque si acaso alguna india cae en el pecado de la sensualidad antes de casarse, hecha la averiguación, es el castigo ponerlos a él y a ella en un patio parados, y allí los varean o flechan a entrambos hasta que los matan, por cuyo temor generalmente son castos.”

He ahí, finalmente, a Espino “tan venerado entre religiosos, tan mortificado, austero, recogido y contemplativo, que aun la más cavilosa maquinación jamás pudiese borrar el concepto y estimación que se hizo de su venerable persona” —en palabras de Vázquez de Herrera. Este agrega que Espino era por naturaleza un “Siervo de Dios, piadoso y compasivo, cordialmente propenso a hacer el bien a forasteros”.

* Escritor e historiador