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Es común escuchar de repente a alguien que nos vaticine un eminente fin del mundo. Los medios de comunicación nacionales o internacionales gustan de estas noticias y siempre le dan cierta relevancia sobre todo cuando se atribuye bien a un juicio de Dios o al fin de una era calendárica, tal como pasó en el dos mil doce. El anuncio de vivir los últimos tiempos representado por grandes catástrofes, siempre ha sido el alimento inspirador de muchos predicadores y vaticinadores de futuro.

El fin del mundo es una posibilidad de un futuro cercano, pero no precisamente por un juicio inminente de Dios, ni por un vaticinio apocalíptico que predestine el fin. Que nuestro mundo llegue a su fin es una realidad posible, constituido como un problema de humanos y no de Dios; un Dios que destruye el mundo no tiene mucho asidero en la tradición judeo-cristiana, pero sí la de un humano que es capaz de destruir todo lo existente incluyéndose a sí mismo.

Las prácticas históricas del ser humano han llevado al planeta por el camino del deterioro y la destrucción eminente. Somos la gran amenaza de la vida planetaria.

La conciencia de la crisis ambiental planetaria, cobró relevancia desde 1972 con el informe “los límites del crecimiento” del Club de Roma; La crisis ha puesto en sospecha la concepción del mundo fundada en la idea de progreso, la inagotabilidad de los recursos de la tierra y el avance del futuro de forma indefinida. Ha dejado en evidencia que los recursos tienen límites, que no todos son renovables y que el crecimiento indefinido hacia el futuro es imposible, puesto que no podemos universalizar ningún modelo de desarrollo.

La crisis humano-naturaleza no se sitúa propiamente en los efectos del deterioro mundial sino en algo más complejo y radical a modo de causa primordial, tal es: el “modelo civilizatorio” que hemos construido en la época moderna; recordemos que un modelo implica toda una configuración de opiniones, valores, métodos que compartimos todos los miembros de una sociedad, que nos permite comprender la realidad que nos toca vivir.

El modelo actual de civilización se caracteriza como “el estar sobre las cosas y por encima de todo” es la ética de dominio. Dominio que se ha traducido en la “tecnología, depredadora y consumista. El hombre es el centro (antropocentrismo), lo demás es objeto. Esto se traduce en los modelos de desarrollo, en las instituciones políticas, económicas, sociales y religiosas. Desde la década del sesenta -siglo pasado- hasta la reunión de Río+20 celebrada en Río de Janeiro en el dos mil doce, se vienen planteando los problemas y soluciones, pero aún el deterioro planetario sigue su curso.

Nuestras prácticas depredadoras han desgastado el planeta y hemos agudizado los problemas ambientales, puesto que no hay una conciencia colectiva del peligro ¿Por dónde avanzar? Enmarcados en el optimismo del futuro, creemos que todos los esfuerzos para enfrentar la crisis ambiental y encontrar soluciones radicales, deberán apuntar al cambio de modelo civilizatorio-depredador.

Avanzar hacia la transformación del modelo significa asumir todo lo benéfico de la civilización moderna, insertándolo dentro de los nuevos elementos ecológicos estructurantes de la sociedad. Integrar una nueva comprensión de lo humano desde lo relacional en donde el humano no se sienta “centro” ni “sobre” sino “junto“a la naturaleza, en una sintonía y apertura de nuestro ser con todo lo viviente.

La crisis ambiental planetaria expresa la crisis de las relaciones entre humanos y con toda la creación de Dios. La pretensión de sentirnos autónomos y desreligados de Dios y de toda la creación nos ha llenado de soberbia que se traduce como el pecado fundamental de la humanidad.

Comprendernos como “homo sapiens” y “homo habilis” nos ha llevado a imponernos sobre otras realidades, convirtiéndonos en un homo-demens, Ese hombre demente tecnificado que puede desatar una destrucción masiva en el planeta, dañarlo irremediablemente y hasta hacernos desaparecer por completo.

Necesitamos reconocernos como “homo-religare” es decir, humanos esencialmente religados a Dios, fundamento de toda la vida humana, planetaria y universal, que no quiere el fin del mundo sino la salvación y la preservación de toda su creación. Solo religados a Dios podremos replantearnos los propósitos de nuestra vida presente y futura.

* Teólogo, miembro de la Sociedad Protestante Soli Deo Gloria

sociedadprotestante@gmail.com