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El conflicto palestino-israelí, del que se inicia una nueva ronda de conversaciones gracias a la fe inquebrantable del secretario de Estado norteamericano, John Kerry, cabe contemplarlo desde distancia y óptica muy diferentes, a tenor de las cuales se llega a conclusiones opuestas.

Hay una distancia corta y otra larga, que condicionan la óptica del observador. Si se juzga el problema con las narices pegadas a los hechos desde que, digamos, se firmaron los Acuerdos de Oslo en 1993, o también desde la guerra de 1967, en la que Israel administró una severísima derrota a Egipto, Siria y Jordania, sumiéndose con ello en oleadas de ruido y de furia, errores, muestras de mala fe y actos terroristas por ambas partes, cabe fundamentar cualquier opinión favorable o contraria a los actores, para guiar las preferencias personales en el rumbo que mejor plazca.

Pero existe una segunda mirada que trata de abarcar la mayor parte del enfrentamiento, para remontarse al menos a la fundación del Estado de Israel en 1948, donde dos resoluciones de la ONU dominan la perspectiva.

La primera es la 181 de noviembre de 1947, que recomendaba la división del mandato británico de Palestina -25,000 kilómetros cuadrados- en sendos territorios para albergar en un 55% del mismo al Estado de Israel, con el 45% restante para la entidad árabe, y la capital, Jerusalén, convertida en corpus separatum que administraría la propia ONU.

Los palestinos y el mundo árabe circundante no quisieron renunciar a una tierra en la que aún eran mayoría de tres a uno, y en la que habían vivido sin interrupción durante docenas de generaciones. Pero en lo que Israel llama guerra de independencia (1948-49) lo perdieron casi todo. Solo Jordania, con el consentimiento sionista, logró retener Jerusalén Este y Cisjordania, que con el remiendo de Gaza equivalía a un 22% del país.

La segunda resolución de la ONU fue la 242, aprobada poco después de la victoria de 1967, que le había dado a Israel el control de todo el territorio, y cuyo texto pedía la retirada del ocupante, así como propugnaba la existencia de todos los Estados en la zona dentro de fronteras seguras y reconocidas.

Este texto sigue siendo hoy la única solución verosímil del conflicto, con un vasto apoyo de la comunidad internacional. En la práctica permitía la formación de un Estado palestino que viviría codo con codo con el israelí, abocados ambos a una inevitable cooperación económica. E Israel, con su formidable potencial militar, no necesitaría cascos azules ni de ningún color para sentirse en plena seguridad ante su vecino.

Una parte muy audible de la opinión israelí estima insuficiente su parte en el reparto territorial, y la conducta de los sucesivos gobiernos sionistas ha hecho honor a ese sentimiento promoviendo desde comienzos de los setentas una extensa colonización de los territorios ocupados con inclusión de la parte árabe de la Ciudad Santa, convertida en capital unificada y eterna de Israel.

La OLP palestina recurrió inicialmente al arma terrorista -pero ya desechada- como único medio de recobrar su tierra, toda ella, lo que, de fracaso en fracaso, culminó en 1987 en la creación de Hamás, el movimiento islamista que propugna en su carta fundacional la destrucción del Estado sionista.

Y así es como dos poderes aparentemente irreconciliables hacen especialmente abrupto el camino de la paz. Hamás puede defender su pretensión de convertir Palestina en un emirato islámico porque Israel no solo no se retira, sino que extiende su colonización del territorio, y para los que se sitúan a la derecha del primer ministro, Benjamín Netanyahu, su existencia es la prueba de que el árabe nunca aceptará a Israel y, por ello, nunca podrá haber un Estado palestino.

Y también son dos las escuelas de pensamiento sobre el futuro del conflicto. Una, que no tiene solución, a la que se adscribe vigorosamente esa derecha israelí, en la que entra y sale con destreza Netanyahu, y habla solo de ‘gestionar el conflicto’. Y otra, de un optimismo siempre desmentido por la realidad, que propone la 242 como epílogo pacífico de la cuestión, y a la que se adhiere la Autoridad Palestina de Mahmud Abbas.

John Kerry retoma una ruta que no ha mejorado las reputaciones de cuantos en su solución se han empeñado. Pero cuesta creer que el secretario de Estado no sepa que un acuerdo de paz no está a la vuelta de la esquina, en el conflicto más duradero de los siglos XX y XXI.

* Periodista