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Hace más de una década que tengo la dicha de atender niños, velar por su salud y tratar de paliar su sufrimiento. He visto rostros sonrientes y también dolor; he tenido la oportunidad de ver el gran poder del omnipotente y presenciar verdaderos milagros cuando algunos niños, ya sin esperanza de vida han resurgido como el ave fénix y remontado el vuelo rebosantes de salud hacia los felices brazos de sus progenitores; he visto la pena en los padres cuando sus hijos tienen una dolencia y los he visto morir cuando sus hijos han partido. He sido testigo de cómo se deshacen en agradecimiento algunos de ellos cuando observan mejoría. Pero el caso de María es único, nunca había visto algo igual.

Hace casi un año atendí un recién nacido hermoso y sano, pero tenía un problema, la mamá era adolescente y tildada como de riesgo. Algunos pensaban que no tenía capacidad para criar a su niño por su juventud, inexperiencia, inmadurez, falta de apoyo familiar y ausencia de padre del bebé, algo no tan raro en nuestra población.

Pero María no era común, durante el tiempo que su bebé estuvo ingresado permaneció a su lado, nunca lo abandonó, lo amamantaba y estuvo con él hasta el día que egresó del hospital, y fue más allá, porque aquel día que alguien insinuó que su hijo pasaría a bienestar social se transformó tal si estuvieran viendo a una gallina atacar a quien le quiere arrebatar uno de sus polluelos.

Casi un año después regresó al hospital, esta vez por otra causa; venía sola, muy humildemente vestida como la primera vez, y en su mano derecha traía una pequeña bolsa. Preguntó por mí, y cuando estuve frente a ella me dijo: “gracias doctor por todo lo que hizo por mi bebé y por apoyarme”. Yo en realidad no había hecho nada especial, solo atenderla con amabilidad y escucharla. “Mi hijo está bien –me dijo–, ya casi tiene un año, come de todo, juega, llora y jode como contratado”.

Luego extendió su mano con la bolsa: “estoy trabajando y aquí le traigo un regalito”. Lo tomé, le agradecí, pero insistió que era ella quien me agradecía y que no tenía cómo pagarme; luego se fue. Me quedé pensativo y me dije que ya me sentía bien pagado con su gesto de gratitud. Qué lástima que no todos los humanos tenemos esa virtud.

No hago mi trabajo en el hospital para que me agradezcan; ya es bueno ver la sonrisa en los niños y la felicidad de los padres, pero es agradable sentir que se están haciendo bien las cosas. María, además de gratitud, debe tener otras cualidades, y debe ser una buena madre que como una vez me dijo luchará con uñas y dientes para proteger a su hijo y sacarlo adelante, y no lo dudo, las mujeres nicaragüenses son aguerridas y en muchos casos ellas solas llevan acuesta la carga del hogar y salen adelante con éxito.

Quiero aprovechar para agradecer a mi madre, doña Angelita Mena, por todo lo que hizo por mí y mis hermanos; nos regaló su tiempo, su descanso, su salud y todo su amor, y ahora en el ocaso, con siete décadas sobre sus hombros, estoy seguro que si uno de nosotros la necesitara a pesar de sus dolencias y su edad no dudaría en dar su vida si fuera necesario. Qué sabio fue Dios en darnos una madre. Dicen por ahí que es un don tan grande que hasta él quiso tener una.

 

* Pediatra

angelcent_03@yahoo.es