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En una comunidad lingüística, como la hispanohablante, la lengua constituye una variedad de usos porque todos ellos forman un conjunto más o menos complejo de “dialectos”, “niveles” y “estilos” de lenguaje. De todas estas variedades hispanohablantes, una de ellas se convierte en el grupo de mayor prestigio y acaba imponiéndose en el uso culto como modelo para toda la comunidad y, por ende, como referencia a todos los hablantes, con independencia de la variedad o variedades que cada uno emplee. Este modelo sirve, además, como fuente y base fundamental para fijar la norma, es decir, el conjunto de usos lingüísticos que se consideran correctos o adecuados.

Cuando la variedad de la lengua constituida como modelo o “variedad estándar” se ajusta a esa norma, se denomina “lengua estándar” o “lengua común”, la que usan los medios de comunicación, los profesores, los profesionales, los académicos. Es la lengua de todos los días con independencia, como dijimos, de las variedades dialectales que caracterizan a cada comunidad lingüística. ¿Cuál es el propósito? Emplear un modelo de lengua unitario para la enseñanza, los usos oficiales y los usos escritos y formales que permita cohesionar política y socialmente la gran comunidad lingüística hispanohablante.

Hace algunas décadas, la lengua estándar respondía a un criterio unitario “monocéntrico”, como el caso del español peninsular, con la lengua madrileña como modelo, y orientada por criterios lingüísticos de un solo organismo normativo: la Real Academia Española. Pero en los últimos años, la RAE y las veintiuna academias de América y Filipinas que con ella integran la Asociación de Academias de la Lengua Española, vienen desarrollando una política lingüística que implica la colaboración de todas ellas, en pie de igualdad y como ejercicio de una responsabilidad común, en las obras que sustentan y deben expresar la unidad de nuestro idioma en su rica variedad: el Diccionario, la Gramática y la Ortografía.

Actualmente, se ha superado la idea de que el español peninsular es el modelo, frente a las variedades americanas. Ahora todas las variedades hispánicas están en el mismo nivel de validez y de respeto y todas juntas, con la Real Academia Española, analizan y discuten el camino que lleva nuestro idioma común. Hay hechos concretos: el Diccionario panhispánico de dudas, la Gramática panhispánica, el Diccionario de americanismos, la Ortografía de la lengua española, el Diccionario del estudiante y la nueva edición del Diccionario de la lengua española actualmente en revisión con el consenso de todas las academias.

La norma que regula el uso correcto del idioma no tiene, como antes, un eje monocéntrico, como ocurría con Madrid. Por eso hablamos de una norma hispánica general o del nuevo estándar panhispánico “policéntrico” del español, formado a partir de la selección de variedades cultas propia de los registros escritos de todo el ámbito hispanohablante. Pero además de policéntrico, el español actual es “multipolar”, pues algunas de esas variedades nacionales y regionales son también focos de irradiación de características lingüísticas y de normas de corrección, difundidas por su prestigio socio-político y sus medios de comunicación, como la industria editorial. Es el caso de Madrid y Barcelona en España, y las ciudades de Buenos Aires, Bogotá y México en Hispanoamérica.

Pero recordemos que cada variedad lingüística de Hispanoamérica tiene su propia validez y se rige por una norma culta particular válida, sin negar la validez de las otras normas. Son normas cultas nacionales. Por encima de esas normas propias de cada comunidad lingüística, existe una norma no específica ni identificada con las normas nacionales, como el caso de España, México, Argentina o Colombia ni la de cualquier comunidad lingüística hispanoamericana. Son pues plenamente legítimos los diferentes usos de las regiones lingüísticas, con la única condición de que estén generalizados entre los hablantes cultos de su área y no supongan una ruptura del sistema en su conjunto, esto es, que ponga en peligro su unidad. Por ejemplo, conferenciante es correcto de acuerdo con la norma de España y conferencista es correcto de acuerdo con la norma de México, Nicaragua y otros países hispanoamericanos. Por eso afirma Rafael Lapesa que para mantener la unidad fundamental de la lengua, su homogeneidad básica, es preciso “que los hispanohablantes de unos y otros países nos oigamos mutuamente hasta que el uso normal de cada país sea familiar para los otros”.

 

* Escritor y lingüista