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La primera vez que descubrí la riqueza del español nicaragüense fue en el mercado oriental, a mediados de los noventa, cuando escuché esta maravilla de frase: “hacha, calabaza, miel y zacate para la mula”. Una expresión que no solo es nica, sino de buena parte de América Latina. Desde entonces no he dejado de ir, estar, en los mercados. Ahí se halla siempre el corazón de la lengua y de la cultura de un pueblo. También el de sus tragedias y sus alegrías.

Dicen que incluso Lutero, para traducir la Biblia a su lengua natal alemana, se iba a los mercados a escuchar y apuntar el idioma vivo, recién horneado. En los mercados, en los caminos, las calles rotas, en los buses, Joaquín Rabella y Chantal Pallais recogieron una a una las palabras de su Vocabulario popular nicaragüense, editado por primera vez en 1994, una obra que seguirá alimentándose en el futuro, estoy seguro.

Yo había leído a Darío, que no utilizaba el español nica, y a Carlos Martínez Rivas, que tampoco (porque ambos son universales). Había leído a Cardenal, Sergio Ramírez, y cómo no, a Ernesto Mejía Sánchez y Pablo A. Cuadra. Pero en el español nica escrito, así como en el hablado en general, yo me encontraba con mi andaluz nativo.

Lo que descubrí en el mercado Oriental, como dije, antes de las elecciones del 96, era una parte del nica que tenía una sustancia distinta. Sentí el aguijón de la mirada de la mujer de uno de los tramos. Tenía su falda llena de encajes y bolsas para guardar dinero. Sentada con las rodillas abiertas, redondas como panes, bajó la mirada y la posó en un lapicero con los colores rojinegros que me habrían regalado en algún acto de campaña.

-¿Usted sabe lo que lleva ahí mi hijo? -y me señaló el lapicero apuntándolo con los labios al estilo nica-. Eso es el diablo que se llevó a mi muchacho.

Hasta entonces, yo mantenía que lo de la Violeta había sido un paréntesis en aras de la paz, pero que la gente iba a volver a su natural sandinista y revolucionario. La revolución contada (no la vivida) tenía múltiples caras, como analizó detalladamente José Luis Rocha en la revista Envío recientemente. Entonces se interpuso otra mujer en el tramo de enfrente, donde se vendía ropa usada.

-Ya salió la doña con la misma pendejada de siempre; para qué anda tapudeando si por lo menos con los sandinistas tenía qué llevarse a la boca, y no ahorita que es una muertaehambre.

Fue una lástima no haber apuntado allí mismo la retahíla que ambas tejieron. Las dos Nicaraguas, frente a frente, lanzándose una a la otra sus viejos dichos (y yo agazapado en medio). Era el diccionario popular en vivo. Y para mi sorpresa, en un momento en el que parecía que iban a llegar a las manos, alguna dio un giro verbal e hizo reír a la otra, y al poco estaban las dos riéndose, contagiadas, a carcajada limpia y sonora. Vi que la paz no suponía necesariamente el perdón, sino que era la risa de niñas de cincuenta años, lo que limpiaba la rabia, a pesar del mucho dolor que no se quita ni con la risa.

Desde entonces, los oídos se despertaron a un lenguaje que no deja de sorprenderme y gustarme. En el bus, en los taxis, en la salita de espera del médico, en la fila de los bancos, el oído puesto. No para saber lo que se habla, sino cómo se habla. Estoy siempre atento a expresiones nuevas, aunque sean de toda la vida, y que la gente saca de muy adentro, con el recurso de: “como decía mi abuelita”. He comprobado que a veces es mentira. Algunos ni siquiera conocieron a su abuelita, así que esas expresiones están, circulando por una sangre antigua de siglos. Es la única conclusión.

Hace poco hablé con un empleado bancario de Atención al Cliente. Trató de mostrarse tan formal que utilizó frases subordinadas unidas por “lo cual” de tal modo entrelazadas que se hizo un chorizo del que no pude sacar nada en claro. Una lástima. Entre eso el Facebook y la falta de atención a reglas gramaticales, ese lenguaje popular y sabio corre el riesgo de perderse.

Suerte que está vivo donde está vivo. En la sangre de los tiempos de abuelas nuestras o de otros. De dónde va a sacar si no quien me regañó con amor el otro día, ese dicho que me devolvió a los mercados de mi descubrimiento. Oigan: “¡Vos lo que sos es un gran flojo, lo querés todo servido: hacha, calabaza, miel, y zacate para la mula!” Díganme si no es una maravilla nica-andaluza-indígena-latinoamericana.

 

sanchomas@gmail.com