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Hace poco leía el libro de Tzvetan Todorov “El miedo a los bárbaros”, donde el autor analiza este patrón humano de deshumanizar a otras/os para responder a intereses prácticos, basándose en el miedo, la inseguridad y la amenaza como ideas que sostienen actos de violencia colectiva, fanatismo y odio dirigidos a grupos/poblaciones que se señalan como el problema.

La práctica de deshumanizar a otros/as es una constante en la historia humana, las dos guerras mundiales, los campos de concentración nazis, todo el discurso islamófobo, la violencia hacia las mujeres, la discriminación/tortura estatal/social a la población homosexual en la Rusia actual, son algunas evidencias de lo humano que es deshumanizar.

Y creo que luego de tanto estudio sobre las dictaduras, los métodos de tortura en los estados represores, todos los procesos de intervenciones militares, los golpes de Estado, la violencia sexual; hay que reconocer que lo que llamamos crueldad/odio/barbarie son conductas humanas de las que hemos sido testigos a lo largo de la historia de las llamadas “civilizaciones”.

Y pongo entredicho lo de civilización porque tanto lo civilizado y lo bárbaro son oposiciones construidas para deshumanizar a aquellos que no cumplen con los estándares de humanidad que ciertos grupos erigen como los ideales, los deseables y los necesarios para ser humanos. La barbarie entonces se plantea como algo que se debe eliminar o en el mejor de los casos corregir/limpiar/disciplinar, como en los ejemplos del párrafo anterior.

Se configuran entonces discursos desde ciertos grupos humanos conformados por ciertas personas, con cuotas de poder, ideologías, historias, sistemas de pensamiento, que construyen ideales de humanidad que están fuertemente vinculados a necesidades coyunturales y a contextos culturales e históricos. Estos discursos diferenciadores/civilizadores impactan en la vida de toda la diversidad que conforma las sociedades humanas desde sus orígenes, dejando expuestos a diversos grupos que no calzan y que no deberían tener que calzar en esas normas inventadas por unos cuantos con poder de decisión e imposición, con relación a otros grupos que son mayoría y que no estuvieron presentes en esa tarea de normar y ordenar la vida de las personas.

Discursos y sistemas de pensamiento/acción/representación como la moral, la heteronormatividad, el amor romántico, el capitalismo, el consumismo, los prototipos de belleza, los modelos de familia, la estética, la sexualidad, la política, todos son esquemas inventados, no son naturales, y norman la vida de las personas de una forma excluyente y totalizante porque eliminan de sus discursos y de sus prácticas a las diversidades y se quedan con los modelos de seres humanos que se han definido históricamente como los válidos, los reconocidos, los sanos y los normales. Oficializan unas lecturas de la realidad sobre otras.

Y este patrón no es ni viejo, ni superado, se han construido las herramientas más exquisitas y sofisticadas para marcar las diferencias, para penalizar a aquellos grupos que no se ajustan a las normas de las nacionalidades, heteronormatividad, religiones, ideologías políticas; lo que ubica en posiciones de vulnerabilidad social a los grupos excluidos y en riesgo a aquellas poblaciones/grupos señalados de indeseables o peligrosos.

Actualmente en la dimensión de la política y lo político, el discurso sigue siendo uno de los dispositivos más cargados de diferenciación y de odio, que a través de inyecciones de miedo, amenaza/peligros y traición configuran y reciclan los resentimientos históricos, la polarización de las sociedades, la inseguridad e incertidumbre y desbaratan la poca condición de sujetos que se ha alcanzado para volver a someter a las poblaciones de un país en el juego del tutelaje, padre Estado e hijos-as que deben ser disciplinados (en este caso sería los ciudadanos/as).

No se necesitan tanques para acabar con un grupo, ya no se necesita la desaparición física evidente, en países donde se funciona en base a un doble código, Derechos humanos y Represión silente, se enmudece la diferencia a través de los discursos oficiales de diferenciación. Estos afectan tanto a quienes agreden como a las poblaciones señaladas (como en el caso de Rusia de los adolescentes homosexuales agredidos por grupos neonazi).

La configuración del otro como el bárbaro, el enemigo o el traidor conviven con los discursos de derechos humanos/nacionalismo/Democracia, por lo que la posibilidad de señalar al otro como blanco de odios/resentimientos/venganza, está siempre a la vuelta de la esquina.

 

* Antropóloga social

http://gabrielakame.blogspot.com