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Tras una espera secular, Pío XII definió excátedra, como dogma de Fe, la verdad de la Asunción en Cuerpo y Alma de María a los cielos. Fue un momento aquel, y de la iglesia todo palpitó de alegría. Es sencillo alegrarse con el triunfo de la virgen porque a María se le ama. El amor a María es una de las primeras cosas que aprende el hombre y, quizás, la última que olvida cuando los complejos avatares de la existencia le hacen romper las amarras que le unían a todo aquello que profesó en la infancia y juventud.

La Asunción de la virgen María, naturalmente, es una verdad revelada. No entraré en detalles técnicos que me llevarían lejos. Allá, en la soledad de Patmos, contempló San Juan una mujer… “Apareció en el Cielo una gran señal…, una mujer vestida del sol, la Luna bajo sus pies y entorno a su cabeza una corona de doce estrellas”. Semejantes imágenes cósmicas de María, con sus astros, no son un simple capricho de devoción naturalmente, sino que por el poder de Dios.

Dijo Dios de la Virgen: Llena de Gracia. Nosotros podemos concluir sin miedo: Llena de gloria. La Asunción es la exigencia del Avemaría. María entró en la vida de la gracia poseyéndola con plenitud.

“Todas las generaciones me llamarán dichosa”, y con ellas expresó una estupenda profecía.

Ahora hay protestantes que lamentan. Erasmo de Rotterdam, titulado católico, arremetió contra las más inocentes prácticas marianas tildándolas de abuso. Le parecía inconcebible el humilde ora pro nobis.

Sobre el camino insidioso abierto por Erasmo, se lanzó con furia el apóstata de Wittemberg. Lutero llegó a afirmar: “El Papa se comporta como un loco; olvida a Dios y pone a María en su lugar”. Calvino escribió esto: “los Papistas despojan de sus bienes al Salvador para vestir con ellos a la virgen”.

En nuestros días puede uno leer cosas como estas: “si quieres un renacimiento cristiano hay que comenzar por no contaminar el Evangelio. Con el entorno femenino de María. Hay que tener la valentía de emprender el gran retorno: de “María a Cristo”.

El dogma mariano tiene un cambio, además de un factor intelectual, una proyección cordial inevitable; todos sabemos lo que es el corazón, este inestable y tumultuoso corazón humano. Aquí queda pues, el sentido exacto de ese hecho histórico del pontificado de Pío XII, que llamamos definición dogmática de la Asunción y queda luminoso, apto para salir al paso de insidiosos comentarios.

Nuestra Madre, la Santísima Virgen María, no es una reliquia amarillenta de los tiempos. No es un cordón azul, descolorado, en el cajón de los recuerdos.

Los hombres perfeccionan más y más sus telescopios; cada noche perforan, vigilantes con ellos, las tinieblas, interrogando al infinito, y cuando allá en asombrosas lejanías descubren titilante una nueva estrella, no lo crean, no lo inventan no lo tocan, ni siquiera la acarician en su distancia inaccesible. Allí estaba ella donde siempre, esperando.

Así la iglesia en su trabajo de generaciones, con estudio secular de texto y documentos descubre, localiza de vez en cuando una estrella nueva en el cosmos misterioso e insondable de la divina revelación. No la inventa, no la crea. Allí estaba ella esperando, tranquila, silenciosa, con una eternidad entera por delante.

Esta vez comentamos la estrella, la hermosa estrella, la luminosa estrella, fue a engrandecerse con júbilo de todos la estupenda corona de María.

 

* Licenciado en Comunicación Social (UCA)

Alvaroruiz25@yahoo.es