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El 28 de octubre de 1958 es una fecha trascendental para los cristianos: un cardenal poco conocido, anciano de 77 años, gordito y bonachón, de origen campesino, llamado Angelo Roncalli, con una inteligencia, determinación y claridad de pensamiento mucho más grande de lo que entonces suponían, fue elegido Obispo de Roma, convirtiéndose en el nuevo Papa con el nombre de Juan XXIII.

Muy pronto causó un gran revuelo al anunciar que era necesario que en la Iglesia “se abriera la ventana para que entrara aire fresco” y con tal fin emprendió la monumental tarea de Convocar un Concilio Ecuménico (o sea universal) que “pusiera al día” a la Iglesia en el mundo moderno, lo que incluyó una Reforma Litúrgica que acercara la Iglesia al pueblo. Así mismo procedió a reformar el viejo Código de Derecho Canónico que ya no respondía a las nuevas realidades. Hoy, muy pronto, Juan XXIII será canonizado santo por el papa Francisco.

Un importante fruto de la gran “puesta al día” de Juan XXIII, entre muchísimos otros frutos, es el cambio en la forma de relacionarnos los católicos con los evangélicos. El llamado cariñosamente “Papa Bueno” y los obispos representantes de todas las diócesis católicas del mundo, llamados “los padres conciliares”, nos recordaron que los ortodoxos y los protestantes son también cristianos, miembros de la misma Iglesia de Cristo; que compartimos la Santa Biblia y una misma fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, en la encarnación de Jesús de la virgen María, en su muerte redentora, en su resurrección, en la segunda venida de Cristo, en el juicio final, en la salvación o condenación eternas y en otras verdades fundamentales de nuestra fe común. Nos enseñaron que los evangélicos son nuestros “hermanos separados” y que esa separación es una herida dolorosa en la unidad de la Iglesia cristiana.

Desde entonces la Iglesia católica llama a los “hermanos separados” a trabajar juntos para encontrar caminos de unidad. Se dejó de llamar “herejes” o “hijos del demonio” a quienes hoy llamamos con amor fraterno “hermanos”. Por su parte, nuestros hermanos ortodoxos y protestantes (en Nicaragua no hay ortodoxos y los protestantes prefieren llamarse evangélicos) han respondido en todo el mundo en forma positiva y hoy se ha avanzado mucho en la unidad cristiana. Los evangélicos dejaron de llamarnos, como hacían antes, “idólatras” o “papistas”.

Por supuesto que hablamos de los evangélicos miembros de las iglesias cristianas históricas surgidas de la Reforma Protestante; de las iglesias serias, responsables, reconocidas en todo el mundo. No de las sectas fanáticas que modernamente se inventan de la noche a la mañana y proliferan actuando en forma agresiva contra los católicos; las que a veces son negocios o estafas religiosas y que explotan las emociones de la gente sencilla. Tampoco los católicos y los evangélicos reconocemos como cristianos a los llamados mormones y testigos de Jehová.

Con nuestros hermanos evangélicos subsisten diferencias doctrinales, pero se ha comprendido que son más las cosas que nos unen que las que nos separan, pues todos creemos en las verdades fundamentales de la fe cristiana. Por eso no debemos confrontarnos por las diferencias como antiguamente, sino unirnos para atacar las grandes idolatrías que hacen verdadero daño esclavizando al mundo.

Cada día se adora menos a Dios y se idolatra más al dinero y al poder. La humanidad sufre porque hay mucha hambre, pobreza, guerras, odio… Hay hogares destrozados, niños abandonados, bebés abortados, desempleo, drogadicción, desesperación, gente que necesita consuelo y amor. ¡Evangelicemos unidos esas situaciones!

El famoso pastor bautista Billy Graham fue una vez a Cracovia (Polonia) para predicar una campaña de evangelización, pero el Gobierno le prohibió hacerlo en una plaza. Como los bautistas solo tenían pequeños locales el arzobispo católico Karol Wojtyla (quien después sería Juan Pablo II) le ofreció gustoso la amplia catedral donde se predicó la campaña con gran concurrencia y buenos frutos.

En Nicaragua, recuerdo al cardenal Obando y al pastor bautista Gustavo Parajón trabajando juntos, unidos, liderando las Comisiones de Paz que facilitaron la reconciliación, el desarme y la convivencia entre los nicaragüenses. En gran parte es gracias al esfuerzo de ellos y de sus colaboradores que hoy vivimos en paz en Nicaragua. Era hermoso ver a sacerdotes y delegados de la Palabra católicos y a pastores y líderes evangélicos de diferentes denominaciones luchando juntos “tierra adentro” por la paz. ¡Sigamos esos hermosos ejemplos!

 

* Abogado, periodista y escritor.

www.adolfomirandasaenz.blogspot.com