León Núñez
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Conocí a Carlos Martínez Rivas en Madrid. Me lo presentó el poeta asturiano José García Nieto, tío de un compañero mío de estudios y de “vagancias literarias”. Naturalmente que nunca me imaginé que García Nieto iba a ser uno de los poetas más laureados de España. En los últimos años de su vida, en 1996, recibió el Premio Cervantes.

A pesar de que Carlos era “malcriado y distante” logré acercarme a él desde el día que, en una “bebedera”, hablamos de su poesía. Y cuando él se percató que yo había leído y entendido “El paraíso recobrado”, la “Insurrección solitaria” y el “Canto fúnebre a la muerte de Joaquín Pasos” empezó a ser más comunicativo conmigo, sobre todo cuando le dije que era el mejor poeta de Nicaragua, todavía mejor que Darío. Le noté una mirada y una leve sonrisa de satisfacción. Recuerdo que en esa “sesión de vinos” Arturo Pasos Masis, de Rivas, declamó íntegramente “El paraíso recobrado”. La elocuencia de Arturo lo impresionó profundamente.

A partir de entonces nos vimos alguna que otra vez, principalmente en el Café Gijón. Carlos ganaba seiscientos dólares mensuales. “Ejercía” el cargo de Agregado Cultural de la Embajada de Nicaragua en Madrid. Era la época de la España pobre, en donde todo era baratísimo. Era la España, que apenas tenía diez años más o menos de haber salido de un atroz bloqueo casi mundial como consecuencia de las relaciones que había tenido Franco con Hitler y Mussolini antes y durante la segunda guerra mundial.

En esos años con seiscientos dólares al mes se podía vivir en España como un “pachá”. Se decía que Carlos le debía al doctor Schick su cargo diplomático. Realmente yo no creo que por ese sueldo Carlos Martínez Rivas viera a René Schick “tan bello como un sol”. Tal vez por el guaro lo veía “bello” o quizás la “belleza de Schick” se debía a la influencia de Allen Ginsberg, el poeta estadounidense de la generación “beat” de los años cincuenta.

De repente no supe más de Carlos. Me dijeron que se había ido de España. Lo volví a ver, muchos años después, en 1976 ó 1977, en Chontales; andaba con mi paisano César Augusto Suazo, granadino de profesión, conocido como el “poeta Suazo”, que distribuía su tiempo entre Granada y Acoyapa. Como la imaginación es más rápida que la velocidad de la luz “me trasladé inmediatamente de la bohemia madrileña a la bohemia acoyapina”. Carlos habló de los poetas nicaragüenses. Casi nadie se salvó, así como en Madrid no se pudo salvar ni siquiera el poeta andaluz Vicente Aleixandre, a quien muchos años después le concedieron el premio Nobel de literatura.

En Acoyapa, mientras bebíamos cususa -una cususa de alta calidad- nos dijo que iba a dirigir “Mosaico” el suplemento cultural del periódico “Novedades” de Somoza: “todavía más bello que el sol”. Efectivamente, Carlos dirigió este suplemento durante dos años hasta el 19 de julio de 1979, mes en el que descubrió “la recia como exquisita personalidad poética de Tomás Borge Martínez”. Carlos tenía derecho a defenderse.

Cuando regresé del exilio en 1990, me dieron en alquiler una casa en Altamira, de la Vicky dos cuadras al sur. Un mes después me enteré que Carlos vivía a media cuadra de mi casa. Lo fui a visitar. Me recibió muy bien. Hablamos de Madrid, de Granada, del poeta Suazo… Y después me corrió a grandes gritos, y con razón. Cometí la imprudencia de preguntarle si “Mosaico” había sido el nombre del suplemento cultural del periódico “Barricada”.

Lamenté mi imprudencia porque no volví a conversar con Carlos Martínez Rivas, un poeta -discúlpenme los Darianos- que me sigue gustando más que Darío.