Jorge Eduardo Arellano
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La violencia de género contra las mujeres nos invade con la perplejidad de nuevos conflictos. Cada día intenta postrar a la sociedad nicaragüense en un callejón sin salida. No importa cuál sea el escenario, ni la condición social, económica, patrimonial, cultural y política, ni la edad ni la raza de las agredidas. Pero no todo es desamparo porque con la aprobación de la Ley 779, Ley integral contra la violencia hacia las mujeres y las Reformas a la Ley No. 641, Código Penal, impulsada por el Movimiento “María Elena Cuadra”, se encara un nuevo abordaje contra la desigualdad, inequidad e injusticia.

En sus articulados propugna por la erradicación de la violencia contra las mujeres en los planos jurídicos, sicológico, médico y social; salvaguardar su integridad e identidad y la aspiración fundamental de construir un modelo de vida digno para las mujeres. La doctora Sandra Ramos, con su tenacidad y empeño, ha logrado resultados eficaces y eficientes, después de largos años de trabajo y experiencia profesional protagonizando una batalla frontal, planificada para eliminar la violencia de género.

Una respuesta es que la violencia contra las mujeres es ya una preocupación colectiva y personal dentro del ámbito cotidiano, que afecta nuestra vida y la comprensión de nuestro quehacer en la sociedad, porque son muchas sus máscaras y muchas las víctimas por la ofensiva que parece imparable.

Creo que cada mujer maltratada trasciende en su dolor de víctima para convertirse en una sobreviviente al sobrepasar tantos obstáculos. La violencia contra las mujeres es un problema social, porque es un evento antisocial, es un problema de derechos humanos, de salud pública y de seguridad que incide negativamente en el desarrollo de la democracia y la economía porque provoca daños y secuelas en las mujeres. No permite que las mujeres puedan actuar distinto, pensar distinto y amar.

Así las cosas, no sería correcto aceptar que si la violencia no es contra nosotros, ni involucre a un miembro de la familia, al margen de una exposición espiritual o sentimental, la violencia no daña, ni es inexistente. Pensar así, acuña y posibilita más el ejercicio intolerable de las presiones inmorales (exclusión, sectores retrógrados de la religión y la política, violencia mediática, misóginos, etc.) para que la violencia contra las mujeres se promueva impunemente.

Ojo, la violencia que nos hace cómplices al aceptar que es tan normal y que se hace costumbre, es igual de dañina y perversa como la golpiza física y sus consecuencias: la imposición de la marginación social para perpetuar la violencia con la práctica de la muerte.

Reflexionemos. La violencia no es circunstancial. Disiento cuando se señala que existe la violencia grave y menos grave. En mi juicio del delito solo admito que violencia es violencia. La violencia pisa fuerte, paraliza y por tanto no es ajena a nadie. Para un juez, que califica así es como si permitiéramos elegir lo que mejor convenga. Por esa hendija se han cometido errores. La Iglesia católica toma partido de esa limitación y se parcializa para exigir con rabietas la mediación (?), para defender el derecho de los hombres (golpeadores) que realizan “malos tratos”. Para satanizar la ley 779, y de manera desaconsejable afirmar que en la práctica ha empeorado la violencia de género porque atenta contra la familia.

La violencia es la que desintegra a la familia. La ley promueve la igualdad absoluta ante la Constitución a las mujeres que sufren de violencia. Si se acepta la mediación es “poner la cabeza de la mujer en la guillotina” (palabras del diputado Carlos Emilio López, en el Foro para periodistas). La Ley 779 no prohíbe la mediación, la impide el Código Procesal Penal. Reitero, a la violencia de género no hay que cederle el más mínimo de los espacios para que continúe, se enraíce y crezca en su dimensión visceral.

Toda actividad que se realice para erradicar la violencia de género es un asunto que concierne a la búsqueda de la justicia, porque trastoca la razón por los diversos encubrimientos de cómo opera la violencia intrafamiliar, la violencia sicológica, como reproducción de desigualdades.

Los femicidios, tanto en el ámbito privado como en el público, y la violencia de género, son manifestaciones violentas de desigualdad en la sociedad. No está a salvo la manera de pensar. Existe la violencia cultural por el efecto avasallador del machismo, por la intervención de prácticas de extremo conservadurismo, alienación, dominación, represión; la reafirmación del miedo y el sometimiento a la pobreza.

Entra en esta condición el hacer sufrir de manera innecesaria a cualquier mujer, negándole con ello el beneficio de sus derechos y limitándola en su disposición a disentir, debatir y analizar sus propios problemas y los de la sociedad en que vive. Y como residuo negativo, está el irrespeto a su condición de mujer en su expresión humana, conculcándole su derecho a ser feliz y a compartir con sus hijos.

Una obligación del Estado nicaragüense será revisar los obstáculos que se derivan de la desigualdad en contra de las mujeres.

 

* Poeta y periodista