Alberto Alemán
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Como todos los años, Japón ha conmemorado el aniversario de la capitulación ante los aliados en la Segunda Guerra Mundial. Y como todos los años, la memoria de los actos terribles de las tropas japonesas durante la ocupación en China y Corea, y en otras naciones, reabrió viejas heridas.

Lo novedoso ahora es que el primer ministro Shinzo Abe, elegido hace poco en medio de una ola de crecidos ánimos nacionalistas y de un recelo cada vez mayor hacia China, no pronunció palabras de pesar ni de dolor por el sufrimiento causado por los soldados nipones. Con esa sensible omisión, rompió una tradición de la política japonesa de posguerra, según la prensa internacional.

En un acto oficial del más alto nivel el jueves, al cual asistieron el emperador Akihito y la emperatriz Michiko, Abe dijo: “Nunca olvidaré que la paz y la prosperidad que tenemos actualmente viene del sacrificio de vuestras vidas”, haciendo alusión a los combatientes desaparecidos en la Guerra del Pacífico. “Vamos a hacer lo que podamos para contribuir a la paz en el mundo”.

Para no hacer el asunto más grande, Abe decidió no ir al templo Yasukuni, en Tokio, donde yacen enterrados los soldados japoneses que perecieron en las guerras del imperio entre 1867 y 1945. Pero a la vez, no impidió que dos de sus ministros lo visitaran.

Yasukuni es un santuario sintoísta. En él yacen enterrados unos dos millones y medio de combatientes caídos, entre los que se incluyen 14 comandantes que son considerados criminales de la pasada guerra. Para los japoneses, este es un lugar donde se honra el espíritu de sus antepasados, cuyo culto es una práctica de varias culturas asiáticas.

Las visitas oficiales al sitio causan la ira y la molestia de China y Corea del Sur, donde el recuerdo de las atrocidades y crímenes de guerra cometidos por los ocupantes es muy vivo.

El Ministerio de Relaciones Exteriores de Surcorea consideró “profundamente lamentable” que los políticos japoneses que fueron a Yasukuni sean “ciegos ante la historia de su país”. Por su lado, un comunicado oficial chino expresó una “fuerte protesta” y sostuvo que la presencia de los ministros en el templo “daña gravemente los sentimientos del pueblo de China y otros países de Asia”.

En China, tanto en el discurso oficial como en los textos de historia, la famosa masacre de Nanjing ocupa un lugar especial. El hecho ocurrió a finales de 1937 con la caída de la entonces capital del gobierno nacionalista chino a manos de los japoneses, en la cual, según historiadores chinos y occidentales (no obstante, historiadores japoneses matizan lo ocurrido), los soldados del Imperio del Sol Naciente asesinaron, violaron y arrasaron con civiles inocentes en una monstruosa orgía de sangre. Y ni el cine se escapa, como nos ilustra la reciente película “Las Flores de la Guerra” del afamado realizador Zhang Yimou, donde actúa Christian Bale (Batman).

En Corea del Sur, además del resentimiento de los abusos y atropellos de la colonia japonesa (1895-1945), el uso forzado de mujeres coreanas como objetos de desahogo sexual de los militares nipones es una de las memorias más amargas e indignantes.

En décadas anteriores, distintos jefes de gobierno nipones han expresado su pesar y hasta han pedido perdón por los hechos del pasado. Japón, que es hoy el país más próspero y moderno de Asia (aunque Corea del Sur goza de un nivel de vida similar), ha pagado millonarias compensaciones a numerosas víctimas.

Pero los demonios del pasado saltan de nuevo desde sus recónditas cavernas para complicar las relaciones internacionales de Asia.

Un elemento preocupante más allá de la retórica y de los motivos de la política interna, es que tensiones y conflictos muchos más severos han aflorado o han revivido.

La elección de Abe en Japón refleja un crecido ánimo nacionalista, angustia y desasosiego con el creciente poderío de China. Ambos países disputan la soberanía de unas islas del Mar de la China Oriental, las Senkaku (japonés) o Diayou (chino). Patrulleras y aviones chinos incursionan con frecuencia en la zona, lo que para Tokio es una violación a su territorio. Además, Abe ha manifestado su intención de modificar la Constitución y poner fin al pacifismo de posguerra, reformando las fuerzas armadas que hoy tienen un carácter defensivo.

Por otra parte, hay un choque de pretensiones surcoreanas y japonesas por algunas islas, lo que causa no poca discordia.

Sin embargo, tanto para Estados Unidos – la potencia hegemónica en Asia –como para los vecinos asiáticos, lo más preocupante es la perspectiva de una confrontación entre una cada vez más desafiante China y Japón.

Un conflicto militar involucraría a EE.UU., unido en una formal alianza con Tokio, y asestaría un golpe muy dañino a una economía global ya en serios problemas.

 

* Analista de asuntos Asia-Pacífico