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Luchó y resistió a la vida por un largo período de tiempo hasta que su robusta consistencia física se doblegó ante la inexorable realidad: todo viene, todo pasa y todo se acaba. En la memoria colectiva de sus familiares, amistades y la sociedad esteliana, don Perfecto Hermógenes Valenzuela Ubeda, más conocido como Alcidito, siempre será recordado como una persona que vivió intensamente un amor de familia, de abnegación al trabajo, en armonía con la madre tierra, que lo vio nacer y crecer para luego retornar a su vientre oscuro y fresco.

Es la primera vez que sentí la muerte de don Alcides como algo muy cercano a mi vida; siento un gran pesar y me pongo en el lugar de su familia para entender que esa herida que está sangrando, nunca va a desaparecer del todo.

Apenas estoy terminando de acomodarme por la muerte de un querido amigo y hermano esteliano, Leonidas Flores, ex combatiente sandinista, con una participación activa en la insurrección de Estelí, se nos va el patriarca de una legendaria familia, de aquella que orgullosamente conocí hace aproximadamente treinta años.

Para aquellos que disfrutamos de su amistad es digno recordar a “Alcidito” como una persona empecinada con la lectura, de esos que se dejan transportar por los sentimientos que evocan las letras y viajan de la mano de un buen libro hacia sitios donde solo la imaginación llega; pasaba todo el tiempo leyendo y leyendo.

Acaba de cumplir 88 años, una vida larga e intensa; sufrió en carne propia los embates de la dictadura somocista; torturado, preso por defender sus principios de libertad y justicia hasta cumplir ese gran sueño y sin pedir nada a cambio; en verdad era un hombre de principios.

Una personalidad esteliana que afortunadamente supo usar muy bien el tiempo que le quedaba, con su numerosa familia y consigo mismo, porque consideró que la vida en la tierra es solamente temporal y que el valor de las cosas no está en el tiempo que duran, sino en la intensidad con que suceden.

En el lecho del dolor, se me ocurrió preguntarle cómo se siente: “Yo estoy muy bien, me atienden en todo; como cuando yo he tenido que atender a todos durante mi vida”. Sus hijas/os, lograron también discernirlo, acompañándole. Por ejemplo servirle los alimentos, bañarlo y cambiar su vestimenta, pasearlo en una silla de ruedas, sentarse a ver juntos unas fotos de antaño que trasladan mentalmente al pasado.

Y no faltó contemplar a diario el desfile de una gran marea humana, por su modesta habitación: hijas, hijos, sobrinos, nietos, bisnietos y tataranietos que iniciaban el ritual con emotivos besos y caricias al patriarca de la familia y luego a la “mami”, doña Cándida Lazo, para profesarles su amor respeto y cariño.

La experiencia, la sabiduría, y el conocimiento acumulados por este hombre de consulta, médico botánico, agricultor y autodidacta son un tesoro que deben asumir las nuevas generaciones. Por suerte algunos de sus hijos/as nietos hacen honor a este legado. Lo peligroso sería perder esa gran identidad que fue transmitida de generación en generación por este viejo roble, sin dejar de lado la lectura, una de las grandes enseñanzas de don Alcides.

El respeto a sus conocimientos y sabiduría es importante para mantener el equilibrio entre lo antiguo y lo moderno, entre la ancianidad y la juventud; si en verdad sentimos y vivimos en la práctica esta invalorable lección y legado que dejó Alcides Valenzuela Ubeda.

Este es un modesto homenaje a una persona que forjó una prole de profesionales que han aportado en las diferentes disciplinas de la educación y la cultura estelianas. Es una invitación a aprovechar sus enseñanzas, de una manera sostenible y por lo tanto sana. Poco a poco el tiempo sigue su marcha y algún día nos iremos también.

 

* Periodista