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“Son incontables sus muertes y daños, fuertes cazadores armados de hierro fueron destrozados…” No se trata esta vez del lobo de Gubbio que antaño asoló aquel pueblo italiano y que magistralmente retrató con su pluma Rubén el grande, sino de una bestia fiera que no ha dado tregua a su furor y que diezma a la población infantil: La anemia por deficiencia de hierro.

El hierro es un elemento de la naturaleza que cuando falta en el organismo provoca estragos, pues sin él no se puede fabricar hemoglobina, la sorprendente proteína que viaja dentro del glóbulo rojo y que transporta en la sangre el oxígeno, esencial para la función y la vida.

La palabra anemia viene del griego y significa carencia de sangre; se define de manera sencilla como la concentración de hemoglobina por debajo de lo esperado para la edad y el sexo. El problema de la anemia no empieza cuando se diagnostica; ese es el evento final de una cadena de tropiezos. Inicia desde antes del embarazo, pues la mujer pierde el doble de hierro que el hombre por cuestiones fisiológicas –menstruación–; desde ahí debe iniciar el suplemento de hierro y luego continuar durante todo el embarazo y la lactancia.

Si el santo de Asís con su bondad y sencillez supo doblegar a aquel rudo animal, se podría lograr lo mismo si se cumplen estrategias que van más allá de armarse de hierro. Dar a todos los recién nacidos prematuros suplemento de hierro desde la segunda semana de vida si su condición clínica lo permite, asociado a eritropoyetina –medicamento que sirve para fabricar glóbulos rojos en la médula ósea–, si pesa menos de mil quinientos gramos al nacer, pues los depósitos de hierro en la vida fetal se forman en el último trimestre de la gestación.

El cordón umbilical, al momento de nacer, debe ser pinzado hasta que deja de pulsar –salvo contadas situaciones clínicas–, pues la sangre que circula por el cordón y la placenta abastece de hierro al niño durante los primeros seis meses de vida. El alimento ideal del lactante es la leche materna, de forma exclusiva durante los primeros seis meses.

Dar suplemento de hierro a dosis bajas en forma preventiva a todos los niños que recibieron lactancia materna exclusiva a partir de los seis meses de vida, o cereales fortificados con hierro. Garantizar la higiene en la alimentación de los lactantes; esto se logra con la lactancia materna, de esta forma eliminamos el riesgo de contaminación en la preparación de fórmulas infantiles que provoquen infecciones intestinales y parasitosis que puedan provocar pérdidas significativas de sangre.

Dar la alimentación complementaria en el momento y la forma apropiada bajo orientaciones de un profesional. Evitar la leche de vaca, de cabra y de soya durante el primer año de vida. No dar más de medio litro de leche a los niños de uno a cinco años y dele el frijol y no la sopa, la carne y no la sustancia. No olvidar que el hierro de origen animal es el que más se absorbe, y menos el vegetal, pero se puede mejorar su absorción con cítricos.

Los primeros cinco años son cruciales en el crecimiento y desarrollo de un niño; si los vive con anemia tendrá desventajas fisiológicas y anatómicas que afectarán a corto, mediano y largo plazo su desempeño individual, familiar y social. Sigamos las orientaciones ya establecidas y talvez podamos decir: “He aquí una amable caza...”

 

angelcent_03@yahoo.es

PEDIATRA