Jorge Eduardo Arellano
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La situación financiera internacional es actualmente tan compleja y caótica que bien vale la analogía con una suerte de Apocalipsis sistémico. Todo un modelo económico se está derrumbando y arrastrando al planeta entero hacia la incertidumbre, en medio del desconcierto generalizado de todos los agentes económicos a escala mundial.

En nuestros días asistimos al desmantelamiento de toda una concepción de la economía y de la sociedad moderna como tal; una concepción que desde la segunda mitad del siglo XX hizo del Mercado el referente por excelencia. El Mercado existiendo para sí y siendo un fin en sí mismo. La extensión de los Mercados, su especialización y su interconectividad a escala planetaria y su capacidad de corregirse y auto regularse dieron como resultado un monstruo: la preeminencia del capitalismo financiero internacional, omnipresente y omnipotente. Los gigantescos bancos de inversión se convirtieron en protagonistas de la economía mundial capaces de influir decididamente en los poderosos engranajes de los gobiernos más importantes del planeta. Una suerte de Laissez passer, laissez faire exacerbado, sin control de ningún tipo y en el que el Estado se mantuvo fiel a la teoría de Reagan que dice que éste es parte del problema, no de la solución.

Desde el último tercio del siglo pasado entró con toda su fuerza el nuevo paradigma: el liberalismo y el monetarismo, convertido en los últimos tiempos en la globalización. Este nuevo paradigma no tomó en cuenta el problema del desarrollo del sistema capitalista como tal; en vez de ello privilegió su reestructuración, su funcionalidad sobre la base de los enormes flujos de capital, dotados de completa movilidad dentro de los principales circuitos económicos y financieros de los países desarrollados; mismos que luego se extendieron a los países emergentes. Una apuesta por mantener y fortalecer el status quo, en vez de superar las amenazas al sistema.

Ante la crisis actual nuevamente se están retomando los roles del Estado integrado de lleno al quehacer económico y financiero contra los cuales luchó férreamente el neoliberalismo y el monetarismo. La intervención estatal para intentar salvar de la debacle lo poco que se pueda de este sistema caduco no ha encontrado importantes voces críticas; apenas algunos políticos timoratos de Washington que se atrevieron a decir que el Estado no debería salir al rescate de banqueros mafiosos. Lógicamente, tampoco nadie se atrevería citar a Reagan en las actuales circunstancias de extrema volatilidad y derrumbe de los mercados financieros mundiales.

Igual, o tal vez peor, que en los años setenta podríamos plantear en términos marxistas la crisis actual como una situación de acumulación desmedida de capital, acompañada del agotamiento del sistema que no puede reproducirse con la suficiente velocidad ni amplitud, y agravada por el problema de las cada vez más exigentes tasas de rentabilidad de que necesitaban los emporios financieros globales. Lo que están haciendo los gobiernos no es más que lo único que queda por hacer para evitar una enorme catástrofe económica mundial; inyectando liquidez, recapitalizando las instituciones quebradas; y en el caso de México que se está viendo estremecido por la tormenta financiera mundial, por ejemplo, impulsando el gasto público a través de la inversión en infraestructura, en un intento por redinamizar la economía.

Esta podría llegar a ser la crisis terminal del capitalismo. De las medidas que tomen los Estados en estas circunstancias dependerá la sobrevivencia del sistema, ya que en la coyuntura actual están dadas las contradicciones que Marx asoció a la crisis del sistema, como lo son la crisis estructural y generalizada y las contradicciones entre las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción.

La especulación financiera creó una economía virtual, hizo explotar los precios de los energéticos y con ello metió en crisis a la inmensa mayoría de los países del planeta; lo que está teniendo, efectivamente, su impacto en la generación y agravamiento de la pobreza y la desigualdad. Las decisiones que a diario se toman en el casino de Wall Street afectan a cientos de millones de seres humanos en todo el mundo.

La suerte del sistema depende de los mismos que lo han puesto en crisis, ya que no hay modelo alternativo. Las izquierdas y los movimientos y tendencias políticas que disienten del capitalismo están trabadas desde hace mucho tiempo en un limbo ideológico; están perdidos en su laberinto. En Europa, la izquierda, al igual que la derecha conservadora, también anda jugando al bombero tratando de apagar los incendios en los mercados financieros. En América Latina la izquierda anda trasnochada como en Venezuela en donde está regresando al modelo de Estado absolutista-Estado empresario-Estado centralista.

Finalmente, no queda más que sujetarse fuerte porque lo peor de la crisis no ha pasado y la economía mundial va a seguir estremeciéndose violentamente. Al final veremos lo que quede del viejo sistema de cosas.

(*) El autor es especialista en economía gubernamental y administración financiera pública. Catedrático invitado de la Universidad Autónoma del Noreste, México.

oguerreyes@yahoo.fr