Jorge Eduardo Arellano
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En nombre del pueblo y del gobierno nicaragüense, saludo al Brasil de Niemeyer y al Niemeyer del Brasil, con aquellos versos de Rubén en su “Epístola” a la Señora de Leopoldo Lugones, que dicen: “… Brasil maravilloso, tan fecundo, tan grande, tan rico, tan hermoso…”.

Para el Gobierno de Reconciliación y Unidad Nacional de Nicaragua, constituye un alto honor imponer la Orden de la Independencia Cultural Rubén Darío a un brasileño puro, a un artista del mundo, a un símbolo de la solidaridad humana y de su sentido de justicia más profundo, a Oscar Niemeyer.

La Orden Rubén Darío es la distinción más alta que otorga el Estado de Nicaragua a nacionales o extranjeros por servicios relevantes y trabajos eminentes en la esfera de las actividades políticas, económicas, sociales, tecnológicas, culturales y espirituales, que redunden en beneficio de la Nación; por obras de arte o literarias de gran relieve; por labor pedagógica prominente; y por descubrimientos científicos de gran trascendencia.

La Orden es la expresión más viva de la nicaragüanidad, del espíritu de un pueblo que, a través de su historia, ha utilizado pluma y acero para defender su identidad nacional y forjar un mundo mejor para todos, surgiendo la Orden del Darío verdadero, de aquel que desde León de Nicaragua, en diciembre de 1880, decía, a manera de advertencia y queja: “Un hambriento es una continua amenaza para la sociedad”.

Por eso viene desde Nicaragua a Brasil para Oscar Niemeyer y al pueblo brasileño. Porque los espíritus de nuestros pueblos, el de nuestro entrañable Oscar, están fundados en los mismos cimientos, en aquella expresión suya de que “Lo fundamental es reconocer que la vida es injusta y sólo dándonos las manos, como hermanos y hermanas, podemos vivirla mejor”.

Uno de los más influyentes arquitectos de la modernidad, un explorador de las formas y los materiales, exiliado en París durante la dictadura militar de Brasil, con una visión del mundo fundada en el comunismo como valor ético, sus obras se erigen como enseñas de la unidad, mejor que fusión, de lo nuevo y lo humano.

Una arquitectura para disfrute humano, para gozo del espíritu terrenal, para la persona que viene a la Tierra. Un espíritu indoblegable, abierto, local, brasileño y universal, en el que la visión de la tierra prometida está construida con argamasa de empeño, compromiso y acción.

Darío escribiendo: “Llegué (a París), vi, quedé desconcertado. El arte, la literatura, ha sufrido la esclavitud de todas las demás disciplinas: el industrialismo. El objeto principal, si no el único, es ganar dinero, más dinero, todo el dinero que se pueda…”. Afincado espiritualmente en Nicaragua, constatando: “Aunque las condiciones de vida del país son tan diversas de las que hacen levantar tantas protestas al obrero en naciones europeas y americanas, no ha dejado de sentirse allá uno que otro vago soplo de espíritu socialista”.

Darío y Oscar Niemeyer trazando la línea de continuidad, de luz, de esperanza, cada uno en su propio tiempo, en sus propias condiciones, con sus propios recursos, sin embargo, sublimes en ambos, la pluma y la forma espacial, que, al final, son la misma cosa para expresar lo más noble de lo que encarnamos.

Un compromiso sin fisuras contra el “monstruo imperialista”, que desde Cuba vuelve a encontrarse con nuestro Rubén cuando dice: “… El imperialismo pide sangre y oro…”.

Por eso la Orden de la Independencia Cultural Rubén Darío para Oscar Niemeyer. Porque Darío y Niemeyer nos guían por los caminos de la independencia, la autodeterminación, la soberanía plena, la libertad y la justicia.

Desde nuestras tierras, desde nuestras culturas, que parecen realizar aquellas palabras de Rubén que dicen: “Y si el Brasil, la Argentina y Chile… se consagrasen a cultivar las riquezas maravillosas de su suelo, se podría ver en un cuarto de siglo, o en medio siglo, constituirse en esa región naciones potentes, capaces de contrapesar a la América anglosajona, y de hacer en lo de adelante vano el sueño de hegemonía panamericana acariciado por los Estados Unidos”.

Niemeyer y Darío, en un canto común, visionado, construido por ambos, mientras se unen, brillando, secundándose, para formar un solo haz de energía ecuménica, para entregarnos hoy, a través de este acto, la “Unión, para que cesen las tempestades;/ para que venga el tiempo de las verdades…”.

Muchas gracias.


(*)Discurso del canciller de la República.