Jorge Eduardo Arellano
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La nulidad del voto nulo no nace de la voluntad de sus promotores. Pero un triunfo del danielismo multiplicaría su capacidad represiva, la cual ahora pone en práctica de modo implacable, pese a su minoría electoral del 38 por ciento. Si con esa votación minoritaria ha logrado fortalecer su maquinaria política con la que atropella leyes y personas, en las calles y las oficinas; los derechos políticos y la libre organización, ya se puede imaginar lo que podría hacer si obtuviera una mayoritaria electoral.

Ahí está el peligro: una votación mayoritaria, sólo la obtendría con los votos que se les nieguen a sus oponentes, y éstos, de ganar, aunque de derechas, no tienen una maquinaria represiva como la del danielismo. Por éste y otros motivos, la decisión del Movimiento Renovador Sandinista de no votar por nadie en particular, sino contra Daniel Ortega, es justa.

Cierto es que esta decisión tiene sus complicaciones políticas e ideológicas, inéditas en las campañas electorales de nuestro país, pero lo menos que merece atención es el argumento danielista de que, con esta decisión, los sandinistas renovadores se pasaron “a la derecha”. Cualquier cosa que diga el adversario principal, carecerá de valor ante los hechos.

La consigna del voto nulo del Movimiento de Rescate del Sandinismo es una verdad incontrovertible: el partido de Daniel Ortega y el de Arnoldo Alemán, hacen un matrimonio político para la corrupción y el autoritarismo. Pero no es una verdad absoluta, dado que esta elección no es una elección presidencial con Ortega y Alemán como candidatos, sino una elección municipal en la cual están presentes factores políticos y humanos de oposición que no forman un bloque monolítico con la cúpula del PLC ni su caudillo.

Entre los candidatos opositores hay quienes, de ser elegidos, podrían trabajar de acuerdo a las demandas de los habitantes de sus municipios, y hacer una buena y transparente función administrativa bajo la vigilancia crítica de sus partidarios y del resto de sus votantes. No es el caso de la mayoría de los candidatos orteguistas, con quienes las perspectivas de ser influenciados por la opinión popular son nulas, debido a que responden con ceguera a la política inflexible e intolerante de su caudillo, política que hoy está desplegando en toda su magnitud antidemocrática.

La actual campaña electoral no está demostrando creatividad ni contenidos, pero eso no va cambiar con sólo reconocerlo y denunciarlo. Ni quienes están en contra de este estilo de campaña electoral tienen mejor salida con la abstención --que es una forma de automarginarse-- ni con el voto nulo, porque éste no alteraría el voto cautivo del danielismo. Tampoco existe nada parecido a una alternativa revolucionaria con la cual poder influir de otra forma.

La consigna “Todos contra Ortega” no representa ningún ideal, pero es una responsabilidad suya, por cuanto él, sin ser candidato a nada, acapara los espacios publicitarios de sus candidatos municipales, incluso los anula. Su intención es obvia: si ganara con amplia mayoría, el proyecto político triunfador sería el suyo, el cual significa la posibilidad de impulsar la carrera hacia su reelección o hacia las reformas constitucionales que le permitirían mandar como primer ministro: doble motivo que da mayor validez a la decisión de votar “contra Ortega”.

A la decisión de los sandinistas renovadores sólo se le cuestiona con un argumento del danielismo: que votar en contra de Daniel les acerca a la derecha. Esta campaña electoral es una oportunidad para que muchos puedan liberarse de la esclavitud sectaria, actuar con flexibilidad mental ante los problemas concretos que no exigen hacer malabares con la teoría pura, y dejar de creer que la derecha es una especie de monolito, sin fisura alguna.

¿Temor a la derecha? Pero si, en muchos sentidos, el danielismo está tan a la derecha como la derecha más tradicional; con la desventaja para izquierdistas y críticos en general, que éste ya tiene en marcha su maquinaria represiva. Una sola prueba --aparte de los últimos sucesos--: el orteguismo encabezó junto a las iglesias evangélicas y la católica, los partidos conservadores --liberales y otros--, las beatas y los beatos de la oligarquía e intelectuales reaccionarios en la ofensiva contra el aborto terapéutico, cosa que logró con los votos de sus diputados unidos a los diputados de la derecha.

Daniel Ortega, Rosario Murillo, las dos cabezas únicas que determinan la política de su partido, hablan, desde “su fe”, contra el derecho humano de las mujeres a sobrevivir a un parto complicado. Su discurso recuerda el de los dictadores de derecha más atrasados de América Latina y podrían parafrasear sin pena alguna al generalísimo Francisco Franco, que ellos son “Jefes del Estado Nicaragüense por la gracia de Dios”. Ésta su posición de derecha es estratégica; en cambio, el voto en una casilla de la derecha, es un voto táctico. En Jinotepe están dando el ejemplo: los partidos opositores, incluido el MRS, van a votar sobre la base de puntos comunes, documentados y firmados por el candidato liberal.

Los puntos de vista a favor del voto nulo son absolutos, pues no miran matices en la oposición; toda la ven de un solo color, y como un solo bloque. Pero (¿es necesario decirlo?), en nuestra sociedad ni siquiera las clases llamadas fundamentales forman cuerpos sociales sólidos, puros, sin mezclas, y como si todos sus integrantes tuvieran capital, ideología y un origen social únicos. No ven que hay oligarcas tradicionales con menos recursos materiales que los nuevos ricos el danielismo, cuya raíz social aún no han podido arrancarla del barrio donde nacieron, pero cuyo comportamiento político no es menos reaccionario y, en algunos casos, incluso es peor.

¿Cuál “pedigrí” social clasista le van a pedir a una parte de la sociedad nicaragüense, para matricularla, hoy y para siempre, en la derecha reaccionaria? ¿Acaso no quieren acercarse con su voto a esos sectores ni en forma indirecta para no perder la “pureza” ideológica? Estas elecciones no definirán el carácter del Estado ni de la sociedad; es algo transitorio, pero en ellas se juegan las libertades inmediatas y concretas de la mayoría, y eso es lo que importa.

En casos como el presente, no sirve para nada el uniforme mental. Tampoco sirve fijar la visión política en el esquema publicitario de esta campaña electoral, porque detenerse a pensar en lo que dicen unos contra los otros, no ayuda a definir nada. El problema no debería centrarse en los figurones decadentes de las cúpulas, ni olvidar a los factores políticos y humanos de los municipios, menos verlos como autómatas del caudillo.

Votar nulo quizá ofrezca satisfacciones al sentimiento de rechazo --muy legítimo-- hacia las cúpulas de los partidos dominantes, pero desde una perspectiva sectaria, que cierra los ojos ante los sectores populares y medios que están juntos o tras de ellos, y no siempre de forma incondicional.

En definitiva, votar nulo crea la posibilidad de que el danielismo gane --no porque logre superar su voto cautivo--, sino por haberle restado votos a la otra opción. El resultado sería un favor indirecto e involuntario al danielismo, con el cual la izquierda va a perder mucho más de lo que ya está perdiendo.