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Que conste, confieso que tuve mis reservas para escribir este artículo. Soy divulgador del Poder Electoral, y por eso puedo meterme a problemas. Asumo el riesgo porque soy periodista y tengo mi opinión sobre el tema. Aunque siempre me he preguntado: ¿a quiénes observan? ¿A quiénes dirigen su mirada inquisidora, aparentemente profesional? La verdad es que ellos no detienen su mirada, su tercer ojo en las elecciones propiamente dichas, sino en las quejas o cuestionamientos, algunos prefabricados y mediáticos, de algunos partidos políticos participantes en la contienda.

La mayoría viene a hacer trabajo político y turismo, lo que es estupendo. Otros ni siquiera pierden el tiempo observando el quehacer institucional; van a unas cuantas reuniones para ponerse al día, medir el pulso, conocer a los magistrados, tomarse su cafecito y salir en la televisión opinando sobre la labor de la institución electoral.

Por supuesto que hay sus excepciones. Hay observadores de observadores. He conocido observadores muy rigurosos, sinceramente interesados por el proceso, excelentes académicos de la doctrina electoral. Especialistas que han observado centenares de elecciones y que nos han transmitido experiencias maravillosas. Pero la mayoría de ellos, por lo menos en mi país, no observan procesos electorales. Observan para gobiernos extranjeros, para intereses foráneos. Observan para sus organismos, para sus jefes, y por nuestra generosa cortesía, invaden con sus retinas nuestra soberanía. En Estados Unidos de Norteamérica y en México no existen observadores de procesos electorales. ¿Por qué será? Porque como países desarrollados no la necesitan, o es porque tienen muy claro su concepto de soberanía y nacionalismo.

Cosas del tercer mundo, pero en mi provincia los observadores extranjeros y nacionales se convierten en estrellas mediáticas. Dan decenas de conferencias de prensa, desayunan y almuerzan con los periodistas al menos una vez a la semana, posan para la televisión y parecieran ser ellos los protagonistas de las elecciones y no los candidatos de los partidos políticos que están participando. Algunos hasta dan autógrafos como si fueran actores de cine. No los culpo, se contagian con el ambiente que fabrican los medios.

Y cómo no van a ser tratados como estrellas de cine si cuentan con jugosos recursos financieros para establecer una perfecta estrategia de relaciones públicas. Según un registro oficial al que tuve acceso, entre julio de 2004 y julio de 2007, el organismo Ética y Transparencia recibió aproximadamente cincuenta y ocho millones de córdobas de la comunidad donante. Con este dinero, en el Consejo Supremo Electoral se pudieron haber desarrollado programas de actualización del padrón, modernización de la cédula y campañas de educación cívica para mantener informados a los electores sobre sus deberes y derechos electorales.

Por lo menos, en Nicaragua, en los últimos años, el expresidente Jimmy Carter y el señor José Miguel Insulza, Secretario General de la Organización de Estados Americanos, visitan el país cuando hay elecciones nacionales, y como si fueran estrellas se alojan en los principales hoteles, rentan los mejores autos, y los periodistas --como paparazzis tercermundistas-- los persiguen a donde vayan.

No tengo duda de la categoría de estos dos personajes. Pero hasta el momento no he logrado comprender por qué Jimmy Carter tiene que decirnos a los nicaragüenses si nuestras elecciones fueron limpias y transparentes. ¿Sólo porque fue presidente de los Estados Unidos, o porque es chelito, miembro del Partido Demócrata y habla un español enredado y protocolario, y preside un centro especializado en elecciones que capta millonarios ingresos de los impuestos estadounidenses?

No dudo del liderazgo de Carter, ni de su expediente político en su país. Lo mismo digo de Insulza. ¿Por qué el doctor Insulza tiene que venirnos a aprobar los resultados electorales? ¿Sólo porque es chileno, jefe de la OEA, habla inglés y aspira a ser presidente de su país? No dudo que la intención sea noble, y que su carrera como diplomático en la OEA es brillante, pero de ahí a convertirse en el gran juez electoral hay una distancia enorme.

Creo que los nicaragüenses podemos contar nuestros propios votos y arreglar nuestras diferencias y desacuerdos con las leyes que tenemos a mano. Estoy de acuerdo con la observación, porque me parece un magnífico instrumento que ayuda a legitimar una elección, pero rechazo aquella injerencia política disfrazada de la máscara aterciopelada de la observación.

También hay algunos nicaragüenses, malinchistas por supuesto, que terminan despreciando los resultados que anuncia la autoridad electoral, y no duermen tranquilos hasta que Carter o Insulza concluyen que todo transcurrió normalmente. Finalizada la contienda se apagan las luces, los partidos guardan sus banderas y cachivaches, y el tribunal electoral queda chamuscado. Todo vuelve a la normalidad, sólo queda pendiente de recuperarse la credibilidad del CSE.

Admito que no tengo nada en contra de los observadores. Pero considero --y esto lo digo por una experiencia que tuve-- que la observación nacional e internacional debe ser más respetuosa con la institución electoral. Digo esto porque cuando veo a algunos observadores en la TV, me parece que estoy escuchando el discurso de un candidato presidencial despotricando contra las instituciones, y no el de un observador que está brindando precisas recomendaciones a la autoridad electoral.

Por lo tanto, creo que es hora de que los observadores nacionales y extranjeros comiencen a respetar el reglamento de Observación que aprueba el tribunal electoral. Al menos, como punto de partida, debemos ceñirnos a los principios éticos establecidos en el artículo 3 que señala: “El reconocimiento y respeto a la soberanía nacional y la no injerencia en asuntos que de conformidad con la Constitución Política, la ley, normas y disposiciones emanadas del Consejo Supremo Electoral, son competencia exclusiva de las autoridades nacionales en general y en particular del Poder Electoral”.

Asimismo, el reglamento señala que los observadores deben ser imparciales y manejarse con neutralidad partidaria, pero sobre todo, deben ser objetivos, moderados y discretos. ¿Son objetivos, moderados y discretos nuestros observadores nacionales? ¿O una prueba fehaciente de su gran moderación y discreción son sus reiteradas declaraciones a los medios de comunicación, en las que califican al CSE de corrupto y de protagonista de un fraude? Como diría el profesor Sandoval en la Liga del Saber: “Contestación de grupo”.


* felixnavarrete_23@yahoo.com