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¿Empieza todo por el miedo? ¿Por un grito? ¿Un insulto?, o mucho antes, ¿una frustración, un complejo, un viejo resentimiento?, ¿una pesadilla infantil? O quizá es algo parecido al odio. Si es cierto que cuando se odia mucho, también se tiene mucho miedo, entonces hemos vuelto al principio.

Durante los últimos meses (y años), he leído, visto y recorrido diversos escenarios donde varios tipos de violencia han causado auténticos estragos. Y aún así me sigue asombrando la enorme capacidad de violencia de la que somos capaces. Yo no quiero contar esa parte únicamente, sino algo que descubro con cierta frecuencia detrás de esa frontera entre el salvajismo y la humanidad.

Al ver las imágenes del asesinato con armas químicas de cientos de niños y adultos en Siria, uno se queda tan estupefacto como la primera vez que se asiste a la violencia. ¿Han visto la cara de un niño sorprendido por primera vez ante un golpe, o un grito violento? No hay demasiadas diferencias en el gesto de espanto y desconcierto de un niño ante la violencia, sea del tipo que sea, intrafamiliar o por conflicto armado. La violencia siempre llega con mucho ruido o con mucho silencio. Y es como el fuego: muchas veces no podemos dejar de mirarla. Por eso hacen negocio con la sangre algunos canales de televisión, y en las redes sociales se multiplican vídeos de ejecuciones sumarias, que además se convierten en portadas no contrastadas de medios online aparentemente rigurosos.

El miedo y el odio también son parte de la pedagogía cuando se educa en la sobrevaloración de lo autóctono y el desprecio a lo diferente. Tanto en el genocidio de Ruanda como en la carnicería de los Balcanes hubo un hecho que desencadenó la violencia: se instigó mediante los medios de comunicación a tener miedo a los otros. Vecinos que habían convivido irregularmente engendraron una mutua desconfianza, luego miedo, y poco después, odio. Y en breve, 800,000 muertos a machete según las estadísticas.

En Jonglei, Sudán del Sur, la crueldad no distingue el amor del odio. Hay costumbres tribales como la dote de la mujer que se va a casar. La familia necesita entregar un número determinado de reses, pero como los precios han subido demasiado, entonces deciden robarlas en comunidades vecinas. El miedo entre los ganaderos fue creciendo, así como las venganzas de las víctimas. Ahora ya no solo se roba el ganado sino que se mata a sus cuidadores y se queman las aldeas con sus habitantes dentro.

En aquella Guatemala de Ríos Montt, se mató, se enseñó a matar, sin piedad. Se entrenó a un gran número de soldados indígenas para matar a sus propias comunidades o las vecinas. En la Guatemala actual, la impunidad ante el asesinato de mujeres, como en varios países de Centroamérica, convierte al Estado en cómplice.

Pero esa no es la única cuestión. Y es aquí donde viene algo formidable que me ha enganchado y que espero ser digno de poder contar en todo aquello que escriba. En medio de toda esa violencia (no porque ya se sepa, es menos maravilloso), surge una especie de magia, una delicadeza de la que también solo es capaz el ser humano. Porque en esa búsqueda del otro lado del miedo, he estado precisamente en los últimos tiempos, atento a un aviso de Italo Calvino en su libro de Las ciudades invisibles. En él, su autor imagina a Marco Polo relatándole al gran Kan los viajes maravillosos por ciudades que parecen inventadas. Al gran Kan le preocupa pensar que el futuro solo les depare el infierno. Pero Polo le contesta con un párrafo que cierra el libro y que últimamente llevo conmigo de camino:

—El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio.

Si de algo sirven las palabras es también para que se disipe el miedo, mi propio miedo. Ojalá sepa ver y contar aquello que no es infierno, aun en medio del infierno. Y contarlo “para hacer que dure y darle espacio”. Contarlo, si me da la vida y no se quema.

 

* Escritor