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Al amigo y coterráneo Miguel de Castilla Urbina

 

Como una constante en la historia de la humanidad, el mundo ha ido experimentando cambios graduales, lentos al comienzo y más acelerados después, en la medida en que las mentalidades individuales y colectivas van impulsando un nuevo orden de la vida en el que se proyectan los avances de los campos científico-tecnológicos, político-económicos o socio-culturales. En ese contexto, el hombre como ser de cultura se apropia de toda nueva forma de conocimiento, lo interioriza, lo recrea y lo comparte a través de la comunicación.

Nuevas dimensiones de la realidad reclaman nuevas denominaciones discursivas, de ahí que la lengua -parte de esa realidad social cambiante- tiene que adaptarse a las necesidades de sus usuarios, creando y recreando nuevas maneras de expresar los objetos sociales inmersos en esos procesos de cambio, a través del componente lingüístico que mejor manifiesta y refleja las relaciones entre el hablante y su entorno: el léxico.

Así, asistimos a tres grandes hitos de renovación del cuerpo léxico del español, concomitantes con sus respectivos momentos históricos: la colonización de América, la revolución industrial y la mundialización cultural y tecnológica. La primera globalización hispanoamericana se llevó a cabo con la llegada del colonizador español a nuestras tierras con sus repercusiones en el ámbito étnico, socio-político, económico y cultural y produjo como consecuencia lingüística una profunda renovación léxica de doble vía: por un lado, el entorno nativo le ofrecía al invasor voces aborígenes para llamar por su nombre nuestras llanuras extensas como pampa y sabana; y por el otro, la lengua del dominador imponía – como las voces encomienda y gobierno, para citar dos ejemplos- modos de expresar una realidad que emergía de una nueva organización socio-económica y una determinada forma de administración política.

Enmarcada históricamente entre la segunda mitad del siglo XVIII y los años iniciales del XIX, la revolución industrial –desde su cuna en Inglaterra, y extendida por el resto de Europa continental después - nos trajo hasta entonces el mayor conjunto de transformaciones socioeconómicas, tecnológicas y culturales de la historia de la humanidad, produciendo otra suerte de globalización con la internacionalización de los productos de la industria y la mecánica y sus denominaciones -específicamente extranjerismos- que entraron al español poco a poco adaptados como dril, una voz importada directamente de la industria textil inglesa. Pero el caudal no se detuvo, porque nuestra lengua receptora abría sus puertas y compuertas a voces propias de las ciencias y las técnicas mecánicas como las designaciones de nuevos tipos de transporte (máquina de vapor, clíper, ferry, etc.) y hasta resemantización de conceptos como proletario, que en la Roma de los césares era el ‘ciudadano cuya única utilidad para el Estado era generar prole (hijos) para engrosar los ejércitos del imperio’.

El tercer hito de la globalización está signado por un proceso en marcha de gran impacto en la transformación de los códigos comunicacionales. Es la era de la tecnología de la información y la comunicación o la tercera revolución científico-técnica, como la denominan algunos especialistas. Esta “revolución de la inteligencia digital” (concepto esbozado por el economista estadounidense Jeremy Rifkin) ha venido a producir no solo un cambio lexical con numerosos neologismos (fax, navegar, byte, multimedia, telemática, clic, etc.), sino cambios ideológicos profundos en el comportamiento humano. Así, el “libre comercio” de la revolución industrial va cediendo el paso al fenómeno del “comercio electrónico”, una conjunción de la Internet, el comercio y lo electrónico. Porque la sociedad actual, con sus avances acelerados en los campos de la ciencia y la tecnología – pensemos en la transmisión de datos (Informática), de voz (telefonía celular), de video (fibra óptica y TV)- está viviendo un hecho social revolucionario con el intercambio instantáneo de mensajes entre millones de personas que está incidiendo en la vida comunitaria y en la vida política mundial.

Apropiados de las nuevas tecnologías, grupos minoritarios han ido asumiendo el control de las redes sociales y con ello ejercen un poder sobre el colectivo social que viene experimentando grandes cambios en su modo particular de la vida y en la visión del mundo en general. Porque el ser humano, así como inventa y reinventa los “objetos”, crea y recrea la palabra que los designa. Por eso, Fidelino de Figueiredo nos recuerda que “la vida, la palabra y el pensamiento son inseparables; pensar y saber es querer decir y poder decir, porque lo que el hombre siente, piensa o inventa lo incorpora al mundo de las palabras”.

 

* Escritor y lingüista