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Esta vez la libertad de prensa le ganó a la parcialidad periodística. Un diario local pretendió hacerse el ciego, el sordo y el mudo, como la canción de Shakira, pero fracasó en su empeño. Gracias al profesionalismo de EL NUEVO DIARIO y otros medios de comunicación electrónicos, los nicaragüenses conocimos de primera mano una noticia que ha puesto de cabeza a la débil oposición del país:

El señor Roberto Bendaña, expresidente de un organismo no gubernamental denominado Hagamos Democracia, ha sido acusado junto a Alvaro Montealegre, hermano del excandidato presidencial Eduardo Montealegre, de haber perpetrado una estafa millonaria en contra de las monjitas teresianas de la Compañía Santa Teresa de Jesús. La Fiscalía ya realizó su primera entrevista a los acusados, y las monjitas, indignadas y nerviosas lo menos que esperan es justicia. Nunca imaginaron que su dinero se esfumara en las manos de estos personajes.

Todo pareciera indicar que esta noticia pertenece al mundo de lo insólito. Por la naturaleza de los personajes y especialmente de sus víctimas, no hay duda que es una historia digna de novela negra de la delincuencia nicaragüense. Se trata de una supuesta estafa a un grupo de venerables religiosas que depositaron su confianza y su dinero en dos conocidos empresarios nicaragüenses. Como dije anteriormente, yo solo había visto este tipo de atracos en el cine y en las novelas negras, pero muy pocas veces en la vida real. Ahora que ya hicimos una sinopsis de esta historia, hablemos brevemente de sus personajes.

Hasta hace algunos meses, el señor Bendaña se paseaba como delfín en los Medios de Comunicación, gritando al sol y al viento sus aspiraciones políticas de ser candidato presidencial, y atacando la gestión de algunos funcionarios públicos, arrasando con todos, sin dejar en pie ninguna institución del Estado Nicaragüense. Hablaba como un líder impoluto, sin mancha. Afirmaba ser un empresario cafetalero exitoso y un hombre potable para la política. Hablaba con autoridad, aunque nadie conocía su lado oscuro.

Recuerdo sus comparecencias en los programas de televisión, vendiendo baratijas de democracia, opinando sobre procesos electorales y autoproclamándose líder de la mal llamada sociedad civil, creyendo que su funesto secreto de negocios jamás sería conocido. Incluso, hasta anunció públicamente sus aspiraciones de ser magistrado del Consejo Supremo Electoral, convirtiéndose en un encarnizado detractor del Poder Electoral y del Gobierno del presidente Daniel Ortega. Aunque creo que después de este escándalo, su incipiente carrera política ha terminado.

Por otra parte, debo destacar otro asunto que me llama la atención. Y es la crisis que esta noticia provocó en la sala de redacción de un diario local que se precia de decir la verdad. De fuentes muy cercanas a ese diario supe que algunos periodistas fueron testigos de los esfuerzos que Montealegre y Bendaña hicieron para que no se publicara nada del escándalo. Durante varios días, mientras la noticia recorría los cuatro costados del país, ese diario se encerró en su caparazón anti-orteguista, y se abstrajo de la realidad, amenazando a sus periodistas y estafando informativamente a sus lectores. ¿Qué corona tienen Bendaña y Montealegre para no ser objeto de la fiscalización periodística? ¿No es acaso también una estafa ocultar a sus lectores la verdad de lo que ocurre?

Creo que el caso Bendaña y Montealegre sienta un precedente en la ética periodística de los Medios de Comunicación. Aquí se puso de manifiesto uno de los grandes mitos del periodismo: su compromiso con la verdad, más allá de los intereses políticos. Ese diario cuyo nombre me reservo, no juzga la noticia con objetividad y principios. Antepone sus intereses y grados de simpatía a los hechos.

Haber ocultado esta acusación demuestra que tienen una lista de personas intocables, fuera del foco fiscalizador periodístico. Pero también tienen otra lista de personalidades que atacan por encargo y con espíritu de animadversión: el presidente de la República, sus ministros, magistrados y autoridades de los poderes del Estado. Una prueba de esto son las publicaciones diarias llenas de politiquería y parcialidad que invaden privacidades y destruyen reputaciones, vendiendo la falsa imagen de un gobierno malo y de un país dividido.

En otras palabras, el periodismo que ese diario vende es tuerto. Tiene un parche puesto a propósito en uno de sus ojos, o es un cíclope incapaz de ver la realidad con sus múltiples tonalidades y formas. Finalmente, reitero mis felicitaciones a la nueva administración de EL NUEVO DIARIO, que diariamente se esfuerza por ofrecernos una información completa y profesional de un país que otros medios censuran con maldad.

 

* Periodista y escritor nicaragüense

felixnavarrete_23@yahoo.com