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Dicho artículo reza así: “No se impondrá pena o penas que aisladamente o en conjunto, duren más de treinta años”. Sir Paul Vinogradoff, en “Introducción al Derecho”, señala: “Siendo el Derecho una institución humana, envejece no solo en sus normas y doctrinas concretas, sino también en su marco nacional e histórico; la demanda de depuración y reforma puede irse haciendo cada vez más apremiante en cada generación; en una palabra, no hay que ir muy lejos para darse cuenta de que el contenido del Derecho varía con el tiempo y de que sería imposible reducirlo a un código unificado y permanente”.

Escuchemos a Montesquieu en “El Espíritu de las Leyes”: “La naturaleza de las leyes humanas está sujeta a todos los accidentes, y a variar a medida que cambia la voluntad de los hombres”. Julius von Kirchmann, jurista prusiano, en conferencia dictada en Berlín en 1847, al hablar de la inestabilidad de las leyes, expuso: “Las ciencias que estudian la naturaleza han podido progresar, gracias a que su objeto se mantiene inmutable: el sol, la luna y las estrellas brillan hoy como brillaban hace miles de años; la rosa sigue floreciendo como en el paraíso terrenal; en cambio, el Derecho es huidizo, cambiable, progresivo. Cuando llegamos al final de un estudio sobre una de sus ramas, ella puede haber sufrido modificaciones sustanciales que hacen totalmente inútil nuestra labor”. Ya Aristóteles (384-322 a. de C.), había dicho: “El poder debe variar cuando los hombres varían”.

Estos axiomas jurídicos de juristas de renombre, dignos de ser escuchados, respetados y emulados, quizá despierten a los dormidos, y ayuden a pensar a los faltos de capacidad mental, estimulándolos a aprender sus lecciones y ponerlas en práctica. Consultado el Larousse, él me dice: “Legislativo: que hace las leyes. Se dice del poder que tiene la potestad “de hacer y reformar las leyes”. Asamblea legislativa”.

El Libertador Simón Bolívar, nos dice como debe ser un legislador: “Para formar un legislador se necesita educarlo en una escuela de moral, de justicia y de leyes”. Si nuestros legisladores han sido educados de tal forma o no, dejo al criterio del lector su parecer. Lo único que es del dominio público es que la gestión legislativa está tan depreciada en Nicaragua, que violando la regla aristotélica de que “las funciones públicas deben confiarse a los más capaces”, se sustituye en la Asamblea a un ingeniero con una mercadera, porque lo que se persigue no es el bien común, sino la consecución de un voto partidario, gestión que constituye a mi profano entender, una aberración violatoria de la ciencia política.

La Ley 779 ha sido fuertemente cuestionada, quizá debido a su imperfección derivada de su origen empírico. Montesquieu dictamina: “Es a menudo conveniente ensayar una ley y ponerla a prueba, antes de establecerla en forma definitiva; la Constitución de Roma y la de Atenas eran muy sabias; los acuerdos del Senado tenían fuerza de ley durante un año, pero no se hacían perpetuos, si la voluntad del pueblo no los refrendaba”.

La familia nicaragüense está permanentemente de luto, ríos de sangre corren por los cuatro puntos cardinales del país, los crímenes son múltiples y variados, las armas para consumarlos también, no se respeta la edad ni los vínculos familiares más afectivos; pero los jueces, en la aplicación de las penas, se sienten limitados por el Art. 37 constitucional: treinta años, lo mismo por matar a uno que a una docena, y hasta se considera como atenuante el estado de embriaguez.

En Estados Unidos, país que no es un modelo de virtudes, se le hace un sumario al criminal y se le condena hasta a seis cadenas perpetuas. En Nicaragua, Temis, diosa de la justicia, además de vendada, está esposada, y su justiciera balanza desajustada. Estamos regidos por leyes estancadas, obsoletas y coloniales. El filósofo mexicano Leopoldo Zea, tiene razón al decir: “Los pueblos latinoamericanos siguen gravitando en formas de vida que en poco o en nada se diferencian de las coloniales. No se ha alcanzado la emancipación mental.”

En tiempos de la dictadura, había un diputado somocista chontaleño, de nombre Porfirio que nunca porfiaba. Cuando venía a sesionar, traía su “güirila” y su cuajada, y al votar solo decía: “Me arrebiato”, y seguía devorando su “güirila”. ¿De cuántos Porfirio está compuesta actualmente la Asamblea?

Urge la reforma al Art. 37. Dice Montesquieu: “Cuando los diputados representan a la masa del pueblo, tienen que dar cuenta de sus actos y sus votos a sus representados”.

 

* Escritor autodidacta

Tel 2268-9093