Por Aldo Díaz Lacayo
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Desde el inicio de sus luchas libertarias universales —y quizás concretamente a raíz de su participación en la guerra independentista norteamericana—, Francisco de Miranda, el primero de los cinco caraqueños ilustres (Francisco de Miranda, Andrés Bello, Simón Rodríguez, Simón Bolívar, y Antonio José de Sucre), desarrolló la tesis geopolítica de la unidad americana. Él concibió a la región como una sola república y por este objetivo luchó incansablemente. Él es, pues, en justicia y con todo derecho, el Precursor.

Miranda bautizó a su imaginada república americana con el nombre de Colombia. Es cierto que nunca lo mencionó en sus escritos, pero resulta indiscutible que lo usó constantemente en sus conversaciones-conspiraciones con sus seguidores y con sus pares independentistas. Era tan sentida su convicción acera de este nombre que, en forma natural, decidió denominar su monumental archivo personal con el nombre de Colombeia. En latín: todo lo relativo a Colombia, es decir, a la nueva república del subcontinente.

Este ideal mirandino fue inmediatamente apropiado por Simón Bolívar, transformándolo además en objetivo. A Bolívar le corresponde, en efecto, sistematizar la concepción estratégica de la unidad americana. No en forma teórica, sino dialécticamente, tan tempranamente como 1812. Entonces descubre que sin independencia americana no es posible la de Venezuela. Un hallazgo también estratégico. Entonces alza su mirada a su vecino, a Cundinamarca, entonces el virreinato de Nueva Granada, que también luchaba por su independencia. Sin Bolívar, ni siquiera el ideal de Colombia existiría.

Y Bolívar logró su objetivo. Parcialmente. Primero le dio cuerpo a Colombia, como el núcleo de la nación americana que él concibió desde un principio como “nación de repúblicas”, formada por la ex Capitanía de Venezuela, el Virreynato de Santa Fe, y la Audiencia de Quito. A través de tratados bilaterales con Perú, Chile, Río de la Plata, México, y Centroamérica formó el andamiaje jurídico de esa gran nación americana. Y en el ínterin liberó Perú y creó Bolivia. Finalmente quiso darle cuerpo a la “nación de repúblicas” mediante un magno congreso, que él llamó el Congreso Anfictiónico.

Fue una tarea colosal, con mucho ímpetu pero también con mucho desánimo, con éxitos y fracasos, con visión de estadista y decisión militar. Sin embargo, Bolívar no logró conformar la unitaria nación geopolítica americana a la cual dedicó toda su vida. La dialéctica de la historia se le impuso, sobre todo en la república núcleo. Mientras él se radicalizaba, creando y liberando repúblicas, exigiéndoles ratificar el objetivo estratégico, los jefes de cada una de ellas se derechizaban, tratando de consolidar la suya propia, desligándose del compromiso común, entrando en contradicción insuperable con el Libertador, frustrando, en fin, el ideal mirandino de Colombia y el logro parcial del Libertador.

Paradójicamente, por su inmenso peso específico en el proyecto independentista- libertario de Bolívar, y reforzado por la lucha de los otros jefes de república, el liderazgo de esta lucha anticolombiana fue asumido en los hechos por el Vicepresidente de la Colombia bolivariana. Así se consuma la traición histórica. Una sucesión de hechos históricos que fueron convirtiendo a Colombia en un ideal, un objetivo, un logro, una frustración, una traición.

Desde hace casi ciento ochenta años, a partir de la Convención de Ocaña en 1828, y más  concretamente a partir de la muerte del Libertador en 1830, los bolivarianos de todos los países liberados y creados por Bolívar, luchan por revertir esta desdichada cadena histórica, convirtiendo de nuevo a Colombia en objetivo, otra vez americano. Un objetivo que se está dando con renovado ímpetu ahora, en ocasión de las luchas por la segunda y quizás definitiva independencia de América, cuyo liderazgo le corresponde de nuevo a Caracas, la Patria del Libertador.

Si no se conoce la historia, y si conociéndola no se asume, es imposible comprender que  la lucha por Colombia, la del ideal mirandino y el logro bolivariano, es una lucha intranacional, y no internacional. Una lucha que se complica porque el nombre de Colombia lo heredó Cundinamarca, cuya élite, igual que sus ancestros históricos, la considera una república independiente, ajena a esta realidad intranacional. Una lucha en consecuencia que reproduce en todos los ámbitos las discusiones apasionadas de los jefes fundacionales y disgregacionales de la Colombia originaria. Una lucha en la cual unos reivindican a Bolívar, su creador, y otros a los demás.

Y como en la primera independencia, la lucha por la actual está siendo atizada desde  afuera por los mismos actores de entonces: los herederos de la Santa Alianza, la Unión Europea, y el imperio norteamericano. Con el mismo objetivo: impedir la creación de la gran nación subcontinental americana, de la Unión de Naciones del Sur, UNASUR, de la Colombia histórica. Por todos los medios, desde la desestabilización y el magnicidio hasta la guerra.

Todos los pueblos de América están siendo convocados por la historia para evitar la  nueva traición. Todos deben decir ¡presente!

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