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Pocos generales en América, como Eisenhower o Schwarzkopf, han tenido el mérito de escribir sus memorias. Eisenhower nos dejó Mi Guerra en Europa, Mandato del Cambio, Los Años en la Casa Blanca, que ilustran el talante democrático de su enfrentamiento en el congreso al macartismo, y de su gran discurso en defensa de la democracia dirigido a la Unión el 17 de enero de 1961: “debemos prevenir una influencia ilegítima del complejo militar-industrial. El riesgo de usurpación del poder existe y existirá. No debemos permitir la amenaza a nuestras libertades y proceso democrático. No demos nada como adquirido. Solo una vigilancia y una conciencia ciudadanas garantizan el equilibrio entre la influencia de la gigantesca maquinaria industrial y militar de defensa y nuestros métodos y objetivos pacíficos, de modo que la seguridad y la libertad puedan marchar a la par”.

Por otro lado, Schwarzkopf, el general de la Guerra del Golfo, nos dejó un cuadro muy humano de su vida familiar y militar, de la forja de su carácter contra el alcoholismo, en No Hace Falta Ser un Héroe. Pero estos no pretendieron escribir la Historia General del General, sino mostrarnos su carácter, su ética, con más o menos buen gusto. Algo difícil cuando se escribe de memoria de sí mismo.

En Nicaragua tenemos muchas memorias de la década de los ochenta, como una especie de terapia de grupo o como literatura de “testimonio” cristiano, casi una hagiografía de exaltación del héroe. Porque el sandinismo de los ochenta, diverso del anterior a 1979, creó una Historia de la Revolución como historia heroica y como historia salvífica. Sin embargo, en Nicaragua hay poco trabajo de historia económica, del movimiento social, del movimiento obrero y sindical en los ochenta, del movimiento campesino o los artesanos, de historia de la educación, de la salud, del Gasto Público y la Deuda Pública o del crédito y las infraestructuras.

Aunque comienzan a aparecer historias de instituciones, como Historia de la Iglesia o Historia Militar. Pero pasan los años y no se hace historia de encuesta social, de investigación documental, de estadística. Y sin trabajos de método analítico no existe el soporte de conocimiento empírico para que el general Humberto Ortega pueda componer una Historia General.

La misma falta de trabajo histórico analítico impide la acumulación suficiente de conocimiento socio-político para escribir una historia epocal, para ensayar una definición de sentido de la historia de los ochenta. Por ejemplo, no se ha escrito la historia de los asesores del Campo Socialista y su influencia en un proyecto populista de “país no alineado”, que fue determinante para crear un movimiento vertical de masas y un sindicalismo de ¡Dirección Nacional, ordene!

La fundación de la Dirección Nacional de “los nueve” no se explica sin el ingreso en este frente de Guerra Fría del Movimiento No Alineados; y tampoco se entienden los programas de gobierno con la “burguesía patriótica” en los ochenta, la contención de los Comités de Base, las “instrucciones que bajan” a las organizaciones de masas y el social cristianismo bajo dirección clerical de la Asamblea Sandinista.

El discurso de Unidad Nacional que propone el general Ortega en estas memorias puede dar lugar a un campo semántico de discusión demasiado amplio y contradictorio. Precisamente porque no se ha trabajado para deslindar lo que hay de versión populista - sandinista de la Revolución de los nicaragüenses de 1978-79, y en qué medida fue contenido y reprimido el movimiento popular democrático bajo esa Unidad Nacional conservadora antisomocista. Si se habla de Unidad Nacional, ¿se trata de la UNO con que ganó las elecciones Chamorro, o la del “gobierno desde abajo” con el regente Lacayo? La Historia de los nicaragüenses en los ochenta y noventa está por investigar.

 

* Docente universitario, retirado.