Andrés Pérez Baltodano
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Después de casi un año de gobierno, resulta claro que el proyecto de régimen que con tan poca sofisticación han impulsado el presidente Daniel Ortega y su esposa Rosario Murillo, no es viable. A estas alturas, el balance es claro y anuncia a grandes letras su fracaso: en doce meses el proyecto de gobierno familiar de la pareja mandante, ha generado más oposición que apoyo dentro del país; en tanto que los esfuerzos de la Sra. Murillo para proyectar la imagen internacional de su esposo como el  “Daniel de América”, han terminado siendo un mal logrado chiste, aún dentro de la misma izquierda latinoamericana. Durante ese mismo período, la economía del país se ha deteriorado, la popularidad del presidente se ha desplomado, y el aparato del Estado ha perdido efectividad y legitimidad. Y si todo esto fuera poco, el mismo FSLN ha empezado a percibir a la llamada pareja presidencial como un lastre que amenaza con hundir al mismo partido.

Desconexión con la realidad

A pesar de las claras evidencias del fracaso del proyecto político Ortega-Murillo, es difícil estimar cuánto más va a pagar la sociedad nicaragüense para que la pareja gobernante abandone su descabellada pretensión de crear una dictadura sin contar con el control de los medios de coerción en el país, o con una correlación de fuerzas internacionales favorable, o con el carisma y la inteligencia que se necesita para crear un sistema de poder autocrático y centralizado. En esto de crear una nueva dictadura en Nicaragua, el matrimonio Ortega-Murillo haría muy bien leyendo un poco de historia y comparando su potencial y sus capacidades con las de Anastasio Somoza García en 1936. De esa comparación con el “medalla de oro” en las olimpíadas dictatoriales nicaragüenses, los Ortega-Murillo tendrían que concluir que lo más que pueden hacer en lo que les queda de tiempo en el gobierno, es abonar todo lo que puedan a la impagable deuda material y moral que tienen con los nicaragüenses. Daniel Ortega no tiene ni la fuerza, ni la personalidad, ni la astucia que tenía Tacho I. Y Doña Salvadora, a diferencia de Doña Rosario, no era una bola de hierro colgada del tobillo de su esposo.

Hasta la fecha, la pareja presidencial no se ha destacado por su capacidad para descifrar el sentido de los tiempos y para reconocer los límites de lo políticamente posible. Daniel Ortega habla como si estuviéramos hoy en diciembre de 1979 y no en diciembre del 2007. La Sra. Murillo, por su parte, tampoco parece ser capaz de distinguir entre el horizonte de sus ambiciones y los límites de realidad. Se ha empecinado en creer que el gobierno de su esposo es la continuación de la Revolución Sandinista. Reparte frijoles imaginándose una nueva Eva Perón. Jura, además, que tiene la capacidad de conspirar contra todo lo que se opone a sus deseos en la más secreta clandestinidad, sin darse cuenta de que los nicaragüenses escuchan el sonido de sus aretes y pulseras a cada paso que da.

La desconexión que sufre la pareja presidencial con la realidad, hace pensar que la aceptación del fracaso de su proyecto de dictadura, no va a ser el producto de una mesurada reflexión por parte de estos dos personajes. Lo más seguro es que la certificación de ese fracaso tendrá que ser promovida y realizada por el FSLN y, más concretamente, por los que en el FSLN decidan no estar dispuestos a dejar que los sinsentidos de la pareja gobernante hundan el partido.

Es importante señalar, sin embargo, que el fin de la locura política de Ortega y Murillo no necesariamente significara la renovación del FSLN. En otras palabras, no toda salida a la crisis creada por la pareja presidencial, representa un progreso político real para el país y, en especial, para la izquierda en Nicaragua.

El caso Marenco

El Alcalde de Managua Nicho Marenco, por ejemplo, ha movido las aguas dentro del FSLN y se ha convertido en un obstáculo a las ambiciones políticas de la pareja presidencia. Marenco, sin embargo, no parece estar interesado en promover una renovación ética y política dentro del FSLN. Hasta la fecha, su enfrentamiento con Ortega y Murillo no ha pasado de ser un pleito por la definición de los ámbitos de poder dentro del “piñal” en el que se desenvuelven esos actores. Ni Ortega, ni Marenco, ni Murillo han expresado diferencias de visiones o de valores sobre lo que significa o debe significar el sandinismo del siglo XXI. Murillo acusa a Marenco de traidor y del pecado de criticar al partido que lo llevó al poder. Marenco, por su parte, se defiende diciendo que el no puede ser un traidor porque continúa siendo amigo de Daniel y porque sigue siendo leal al FSLN. Para demostrarlo, expresa con orgullo su participación en la articulación del pacto con el PLC y su complicidad con todo lo que ha hecho Daniel Ortega desde que éste se convirtió en el abanderado del FSLN. Peor aún, Marenco insiste en reconocer el liderazgo de Ortega, no por sus valores ni por su visión, sino simplemente, porque se quedó “cargando la bandera” después de la debacle de 1990. Este razonamiento es apenas un poco más sofisticado que el ofrecido por Edén Pastora a un diario nicaragüense durante la campaña electoral pasada. En esa ocasión, Pastora dijo que Ortega merecía la presidencia porque “se había quedado volando verga” después del fracaso del experimento revolucionario de los 1980s. En la lógica pandillera dentro de la que opera la política nicaragüense, lo que importa no son las ideas o los valores de los que nos gobiernan sino su capacidad para “los vergazos”.
 
La ausencia de un debate sustantivo para enfrentar la crisis provocada por Ortega y Murillo dentro del FSLN y, más importante aún, para impulsar la refundación ética y política de ese partido, confirma la brutal despolitización sufrida por el FSLN desde su derrota electoral en 1990. Revela, además la muerte de la inteligencia dentro de esa organización. Los pocos cuadros pensantes que todavía existen en el FSLN se dedican a sobarle el ego a la pareja presidencial, o tratan –infructuosamente--, de otorgarle dignidad normativa a un líder que ha demostrado ser incapaz de entender la necesidad que todo gobierno tiene para transformar su poder en autoridad. Esos cuadros son los peores enemigos de la pareja presidencial. Son los que saben que el barco se está hundiendo, pero no lo dicen, no lo escriben. Pero no lo dudemos: tarde o temprano, en la medida en que se profundice la crisis del FSLN, esos mismos intelectuales que hoy defienden al gobierno, empezarán a cambiar el tono de sus escritos, adornándolos con las críticas y advertencias que deberían hacer y publicar hoy, para evitar el colapso del partido, para promover la revitalización de la izquierda nicaragüense, y para evitarle más miserias a nuestro sufrido país.

¿Un cambio desde adentro del FSLN?

De todas formas, toda crisis ofrece oportunidades. Sin embargo, para que la crisis actual del FSLN se convierta en una oportunidad, será necesario que surjan fuerzas y actores dentro de ese partido que estén dispuestos a promover un debate y nuevos consensos con relación a la ética y el pensamiento político del FSLN.

¿Existen todavía personas y fuerzas dentro del FSLN capaces de presentar una visión ética y racional sobre el modelo de democracia que necesita el país, más allá de las groseras intenciones de Ortega y Murillo de utilizar los llamados CPC como circuitos de información, control y dominación para controlar a las masas? ¿Existen personas y fuerzas dentro del FSLN dispuestas a discutir con seriedad la necesidad de fortalecer los derechos ciudadanos de los nicaragüenses como una condición indispensable para la consolidación de un modelo de democracia efectiva y real? ¿Hay alguien dentro del FSLN que esté dispuesto  a iniciar ese debate poniendo sobre el tapete de discusiones el escandaloso tema del aborto terapéutico en nuestro país, y el de las relaciones entre las Iglesias y el Estado?

¿Existen personas o fuerzas dentro del FSLN capaces de detener el derrumbe de la legalidad y la legitimidad de los poderes del Estado y promover su renovación? ¿Existen sandinistas dentro del FSLN capaces de iniciar esa renovación discutiendo con responsabilidad el vulgar “pacto” FSLN-PLC que ha convertido a Nicaragua en una caricatura de país?

Una renovación sustantiva del FSLN también implica la necesidad de que dentro de ese partido surja una nueva visión de nuestra economía y desarrollo. Esa visión tendría que trascender la verborrea anti-neoliberal del actual presidente Ortega, para empezar a construir una estrategia que proteja a Nicaragua –sobre todo a los nicaragüenses pobres—del utilitarismo económico que determina cada vez más, los marcos normativos dentro de los que se formulan las políticas del Estado. De igual forma, una nueva visión económica tendría que incluir propuestas y estrategias frente a la integración de la sociedad nicaragüense, fundamentadas en un análisis y en un debate serio sobre las ventajas y peligros que para el desarrollo y la soberanía del país ofrece el ALCA, el ALBA, el CAFTA y la propuesta de integración comercial con Europa.

Finalmente, la necesaria refundación del FSLN, implica que ese partido se acerque a la disidencia sandinista organizada dentro de la Alianza-MRS. El desangre ético, político e intelectual que ha sufrido el FSLN bajo la dirección de Daniel Ortega debe ser revertido. El FSLN puede –debe-- sobrevivir la mediocridad de su dirigencia. Lo necesita la izquierda democrática de nuestro país y lo necesita Nicaragua.

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