Onofre Guevara López
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¿Cuántos siglos más habrán de pasar para que el pueblo deje de ser esa cosa amorfa y moldeable en las manos de políticos expoliadores, y –para mayor tragedia—, su instrumento con el cual se enriquecen de forma ilimitada, sin pausa y sin tiempo?

Imposible siquiera ensayar una respuesta para esta pregunta. Pero es una interrogante nunca ausente en la conciencia social, mientras otros pueblos, como en su momento el nuestro, pagan con sangre y vidas el intento de encontrar la respuesta. En la búsqueda también del final de tanto engaño. Para nosotros, ahora, la voz “pueblo” no deja de sonar a cada instante en los frecuentes rituales políticos, en donde el pueblo de verdad les hace falta físicamente para darle vida al concepto.

Entre tanto, sigue soportando sobre sus hombres el enorme peso de las incontables y desmedidas ambiciones de individuos, familias y partidos. Ahora mismo, en una de las acostumbradas ceremonias floridas, floreadas y enfloradas del orteguismo, se acaba de consumar la farsa de la consagración del “pueblo”, dizque representado por unos consejos prefabricados y adiestrados, como los dueños del poder, aunque sólo sirven de pretexto a los manipuladores para ayudarse a conservar y usufructuar en su nombre el verdadero poder.

Dos falsedades en una: a un sector del pueblo le hacen creerse propietario del poder político, al mismo tiempo que es utilizado para impedir que otros sectores del pueblo accedan a la acción democrática por una realidad social diferente. Los manipuladores, no obstante, no se apartan de las verdades conceptuales cuando proclaman que “el poder reside en el pueblo”; solamente que omiten concluir en otra verdad: que ese concepto no pasa de ser una simple referencia a una de las armas preferidas en el amplio arsenal de la demagogia.

Otra perla de este tipo, es la recurrencia obsesiva en sus discursos a utilizar el nombre de los “pobres”, y proclamarse sus defensores, como si de esta manera aplacaran su propia conciencia, cuando recuerdan que cada vez se alejan más de los pobres, y en la misma medida que se van enriqueciendo. Y una más: cuando comparan y se amparan en el lugar común de que el “pueblo” es lo más importante y su opinión vale mucho más que la de 92 diputados (para justificar la paralización arbitraria de la formación de la ley por un tribunal de obedientes), lo dicen como si el resto de los nicaragüenses estuviéramos en Babia, ignorando que aún menos de esos 92 diputados son las dos personas que controlan el Poder Ejecutivo y, desde allí, otros poderes del Estado.

Esas mismas personas no ocultan que actúan como los dueños de la voluntad de ese “pueblo” que tienen enfilado en los CPC. Y, por si fuera poco, buena parte de esos 92 diputados –a quienes nadie eligió de forma individual y pocos conocen en persona—, también responden a la voluntad de los dos caudillos y con cuya lealtad cuentan como los diputados cuentan las prebendas que de ellos reciben. Si por ahora, la mayoría de esos 92 diputados ha entrado en conflicto con esas dos personas, no significa que todos tengan discrepancias de fondo sobre el ejercicio de la democracia, sino por hechos circunstanciales, factibles de desaparecer como llegaron al escenario político nacional.

Si en cualquier momento algunos diputados y los caudillos llegaran a conciliar sus diferencias, podrían lograr lo que en términos políticos llaman el equilibrio de los poderes; pero resulta en la realidad, que el equilibrio del poder, o entre los poderes, no significa el equilibrio entre las clases, entre la iniquidad y la justicia; sólo estarían disfrutando con tranquilidad el bienestar desequilibrado entre las minorías enriquecidas y la gran masa popular. El pueblo se presenta unido como un solo cuerpo, solamente en la realidad de su hambre y sus privaciones; y es cuando los políticos se interesan en su manipulación, o en su pasividad, y recurren a enmascararlo y a enmascararse.

Lo más inicuo, es tener a un sector del pueblo bajo la ilusión de que el poder es suyo, tal como le está sucediendo al sector popular integrado a los CPC. Aquí, y ahora, me cuestiono yo: ¿existen en realidad los CPC?  Se han mencionado tanto últimamente, que se les ha dado una existencia con viso de realidad, pero no pasa de ser un espejismo, porque las estructuras de estos consejos, son las mismas del Frente Sandinista. Pero no funcionan como los comités de base tradicionales, porque éstos ya no tenían vida activa, y fue con el regreso al poder del orteguismo que los han sacado de su letargo, disfrazados de CPC. Seguramente que despertaron sorprendidos, porque sufrieron su metamorfosis de la noche a la mañana.

Estos consejos surgieron con una desventaja respecto a los antiguos comités de base: éstos tenían cierta autonomía, por cuanto surgieron dentro de un proceso organizativo voluntario, combinando su propia acción política con el objetivo y el ideal político compartidos con la dirección revolucionaria del entonces auténtico Frente Sandinista. Estos consejos recién estrenados son organismos para-gubernamentales, a contrapelo de la legalidad institucional, y burlando la clásica división de poderes, no tienen la mínima autonomía por cuanto actúan bajo una línea trazada por dos personas, y con el agravante de hacerlos actuar bajo el engaño de ser poseedores de un poder inexistente.

En el Conpes ampliado con los CPC, por ejemplo, éstos enarbolarán las “iniciativas” que, a su vez, les serán transmitidas por Rosario Murillo y su lugarteniente Gustavo Porras. Luego, las “iniciativas” las agitarán en público sus Chévez y compañía. Entonces veremos unos CPC no solamente domesticados, sino también jugando a “democratizar el poder” con su participación bien condicionada.

El orteguismo, actuará utilizando la base de lo que fue un partido político, para evitar el hecho de ser señalado responsable de la confusión Estado-partido. Y, por otro lado, logran sacar al FSLN de su letargo y presentarlo de nuevo en sociedad con un traje nuevo, un traje “popular”. Me gustaría ver movilizado al partido Frente Sandinista simultáneamente con los CPC, porque entonces tendría el placer de ver activos a viejos conocidos, jugando en uno y otro equipo. Pero eso no lo harán, porque se les caería la máscara. Puede ser que lo hagan, hasta cuando logren dividirse orgánicamente en dos equipos: el equipo A (FSLN) y el equipo B (los CPC).

Por el momento, y quién sabe hasta cuándo, estaremos viendo al nuevo FSLN uniformado como CPC.