Jorge Eduardo Arellano
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El silencio que ellos habían impuesto se hacía cada vez más ensordecedor para los mismos tiranos. Atronador es este silencio de los corderos o de los inocentes. Las rotondas de todo el país eran propiedad de los monarcas que, en una patética coreografía con indigestión de rosados, mantenían ahí a unos desheredados de la tierra, dizque murmurando oraciones apagadas por el volumen de unos autoparlantes que nadie oía. Es un Ku Kux Klan venido a menos y ganándose un mísero salario y tres tiempos de comida para complacer a los reyes, en un acto de presencia permanente del odio a la libertad disfrazado de amor. A nadie engaña aquel fariseísmo pagado forzosamente por los contribuyentes. Cada vez que se monta un juicio o un interrogatorio contra la palabra y la inteligencia, acuden en una tétrica procesión los vasallos de la reina, congregándose en manifestación frente a los recintos inquisitoriales, y en el colmo de los cinismos, pues todos conocemos la historia reciente, exigiendo respeto para las mujeres, amor y rechazando la corrupción, siendo la única la que paga su irraciocinio. Olvidadas pretenden que queden las violaciones y la penalización del aborto terapéutico. Nada de las ridículas penas con que la Corte Celestial del reino dice que castiga a los violadores de mujeres y niños. Nada de eso y los vasallos obedecen haciendo lo que se les ha dicho que hagan, y en una actitud siniestra, pero muy propia de los monarcas, enarbolan sus picotas en cuyos extremos pueden verse las fotografías de las cabezas de quienes servirán de escarnio para que, como una muerte anunciada, dejen de existir por imperialistas, corruptos y traidores a la patria. De hecho, la muerte civil está siendo institucionalizada.

Todo esto pensaban los caminantes aquella fúnebre mañana de octubre, y el de Managua, que era quien de alguna manera interpretaba el pensamiento de todos nosotros, continuó: Los vasallos, alimentados por el odio de sus superiores, enarbolaban aquellas picotas en señal del triunfo de sus ideales y como augurio del castigo que les espera a los que no agachen sus cabezas, ofrezcan sus lomos al látigo o no extiendan sus manos de seres sumisos y amaestrados en espera de las dádivas de los monarcas. En los extremos de las picotas, desfiguradas por agregados grotescos, cortadas a la altura de sus gargantas hemos visto las cabezas de poetas, periodistas y toda clase de personalidades. Son ciudadanos sin poder que de esa forma reciben el amoroso consejo de sus majestades. Los monarcas, dijimos, quieren y necesitan un país en silencio, y por ello el sacrificio de estos primeros condenados es, según la mentalidad de la realeza, para evitar en el futuro excesivos derramamientos de sangre. Es, según ellos, una medida bondadosa en tanto el sacrificio de unos cuantos evitará el sufrimiento de unas mayorías. Un cristianismo estilo Obando y de quienes llaman compañera a la reina de la reconciliación. Pero ya el silencio, decíamos, se va haciendo insoportable incluso para sus creadores, cuando ya sólo pueden medio escucharse las loas de los serviles. Resulta que el silencio es más poderoso que las alabanzas, y habiendo acallado con toda clase de subterfugios legales y agresiones físicas toda protesta, los monarcas no pueden siquiera disfrutar de aquel silencio agazapado en todos los rincones del reino. La escenografía de este nuevo acto trágico de Nicaragua, es peor que la del somocismo, con hordas nicolasianas incluidas y jueces instruidos para condenarte. Este silencio proviene de un pueblo sometido, aterrorizado y por lo mismo sumiso. Un país de ciegos donde ciertamente el tuerto es el Rey. Hombres y mujeres sin preguntas y sin la pretensión de esperar respuestas. Cárceles que se abren a la espera de inocentes mientras liberan delincuentes. La meta de medios de comunicación mudos o cortesanos ya no la ocultan los monarcas. ¡Necesitan un país en silencio!
Una Nicaragua fosa. Una tumba llena de quejidos y murmullos contenidos. Un cementerio donde en sepulcros blanqueados yacen los privilegiados del reino que de día o de noche, fantasmales, salen para asustar esgrimiendo garrotes, picotas y guadañas. Y el silencio apoderándose de todo y de todos. Las Cortes en pleno avalando nuestro holocausto, y los diputados la reelección y perpetuación de esta ignominia. Algo hiede a podrido. ¿Será la libertad? Las instituciones culminaron su proceso de descomposición. Todos callan e incluso temen llevarse un pañuelo a las narices para mitigar el hedor reinante. Creen que sería como un desaire a los monarcas enflorados en sus tarimas chichas y rosadas. Mientras tanto, un cortejo, absolutamente silencioso, camina lentamente como autómata. Está integrado por millones de personas cuyos rostros no pueden disimular la enorme tristeza que les produce la frustración de sus vidas. Los monarcas enterradores del país, él dirigiéndose al mundo y ella enjoyada a más no poder, de pies ante un gigantesco mausoleo, se disponen a poner una enorme lápida con el nombre de Nicaragua. Todos estamos asistiendo a nuestro propio entierro.


luisrochaurtecho@yahoo.com

Jueves, 16 de octubre de 2008.