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Por estos días patrios, hace un año, fue presentado mi libro Granada de Nicaragua: crónicas históricas, una selección de 40 ensayos y 108 ilustraciones —muchas de ellas raras o poco conocidas— que, partiendo del proceso de la independencia, recorre todo el siglo XIX e incluso llega a la primera década del XXI.

De seis secciones consta. En la primera desarrollo cuatro acontecimientos político-militares: la rebelión insurgente de los criollos granadinos que resistieron, con las armas en la mano, a las tropas de Fernando VII el 21 de abril de 1812; otra resistencia del pueblo republicano a las tropas del Imperio mexicano de Agustín de Iturbide, encabezado el 13 de febrero de 1822 por Cleto Ordóñez, primer caudillo popular de Nicaragua; el sitio mantenido por Máximo Jerez en la guerra civil de 1854 durante más de ocho meses, siendo defendida la ciudad por el campeón del orden, líder granadinista y fundador de la república conservadora Fruto Chamorro; y el incendio perpetrado por el filibusterismo esclavista a partir del 23 de noviembre de 1856.

Aparte de testimonios de viajeros sobre la ciudad anteriores a la invasión fratricida y al fuego filibustero, la primera sección se complementa con las semblanzas de protagonistas claves en el siglo antepasado: el Militar (Fernando Chamorro, héroe y mártir olvidado), el Poeta (Juan Iribarren), el Funcionario (Emilio Benard), el Mandatario ejemplar (Vicente Quadra) y la Educadora (Elena Arellano). Esa misma sección incluye el ensayo “Alternabilidad y elecciones de 1867 a 1887”. Un fenómeno político que no ha vuelto a repetirse: la sucesión en elecciones pacíficas, cada cuatro años, de seis presidentes de la república, logrando una estabilidad que hizo posible un acontecimiento singular el 8 de junio de 1890, cuando en Granada se verificó el suntuoso sepelio del expresidente don Pedro Joaquín Chamorro Alfaro. Cuatro exmandatarios portaban las cintas del féretro: Fernando Guzmán, Vicente Quadra —ambos de 78 años—, Joaquín Zavala de 55 y Adán Cárdenas de 54. El titular del ejecutivo, Roberto Sacasa —de 50 años— también se hizo presente.

El caso fue único en nuestra historia: un gobernante presidiendo la despedida fúnebre de otro que lo había sido, acompañado de cuatro más de su misma categoría. En total, seis jefes de Estado de la Nicaragua de los llamados “Treinta años” coincidieron en la ciudad y la fecha indicada. Entonces el país había logrado un nivel de modernización apreciable y se distinguía por su gobernabilidad. Apenas dos años antes, en 1888, José Martí, en su artículo “La tierra del Quetzal”, se refería a nuestra patria como “ameno rincón… que es, en su pequeñez, como Suiza de América y ejemplo de repúblicas”. Una república —vale matizar la visión idealizada de Martí— de unos 300,000 habitantes, dirigida por un patriciado agrario que estableció previamente, como reacción al fenómeno destructor del walkerismo, un consenso patriarcal para consolidar el primer Estado Nacional.

Así, a través de la Carta Magna del 58 —la de mayor duración hasta ahora: 35 años— se realizó un pacto social entre las élites regionales con la preponderancia de la oligarquía granadina (si León había sido “la capital”, Granada constituía ahora el capital) que transformaría el país. Se instauró la libertad de expresión que dio lugar al nacimiento del periodismo pluralista e incluso al diarismo. Surgieron las primeras obras de comunicación e infraestructura (telégrafo, teléfono, navegación a vapor, ferrocarril, cable submarino) y el “despegue” económico (bancos, moneda y billetes nacionales, cancelación de deudas externas, etc.) Se promovió la enseñanza en todos los niveles —entre ellas la nocturna para artesanos— y, en el campo ideológico, se dio el progresivo avance del liberalismo, siendo expulsados los jesuitas por el presidente Joaquín Zavala en junio de 1881. En 1906, yaciendo Zavala en su lecho de muerte, una dama granadina le dijo que confesara al sacerdote que lo atendía la expulsión de los jesuitas, “Eso no fue pecado, vieja condenada” —le respondió.

No realizo, pues, panegírico alguno. Refiero fenómenos que enmarcan los contenidos de las secciones tercera, cuarta, quinta y sexta como el crecimiento de las ciudades y el ingreso definitivo de Nicaragua —a través de la agroexportación cafetalera— al mercado capitalista mundial. En ese proceso Granada ocupó un lugar hegemónico que se tradujo en hechos culturales significativos. No voy a enumerarlos. En el libro se registran con amplitud. Me refiero a los centros educativos y órdenes religiosas: jesuitas, salesas, oblatas, salesianos; a su parroquia y catedral, y demás templos católicos; y a sus máximos personajes representativos como el Médico, el Escultor, el Humanista, el Periodista, el Profesor, la Beata, el Artista, la Familia Empresaria, el Hotelero, el Obrero intelectual, el Escritor humorista y las glorias deportivas de antaño, específicamente de los años 30.

Dos perfiles de amigos y parientes se incluyen en la última sección; los de José Joaquín Quadra (88 años y granadino de tiempo completo) y Rodolfo Sandino Argüello (85 años y último jurista notable).

 

* Escritor.