Roger Matus Lazo
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El lenguaje, instrumento fundamental de comunicación entre los humanos, constituye un medio para crear, mantener y fortalecer una vida social, estrechar lazos de amistad y convivencia, salir de la soledad, romper la estrechez del individualismo y constituir grupos capaces de enfrentar riesgos y peligros, vencer dificultades y comprenderse, amarse y servirse mutuamente.

Como vehículo de comunicación, es una facultad humana y animal, con la diferencia de que el animal posee un repertorio limitado e inmutable, que no cambia ni evoluciona significativamente, porque sus congéneres reproducen el código sin modificación y por tanto sin creatividad ni enriquecimiento. Desde que soy, desde que existo, sigo oyendo el mismo “mu” del toro y de la vaca. (Uno de los rasgos que distinguen al hombre de los animales es el uso del lenguaje).

El ser humano, en cambio, al emplear su repertorio heredado lo cambia o modifica, lo bautiza o lo matiza. Nosotros decimos “reventar una cuerda” no “romper una cuerda”. Eso quiere decir que tenemos, además, nuestros propios gustos y preferencias. De niño aprendí que el hablante nica prefiere “quebrar” a “romper” en la acepción de ‘hacer pedazos’ un objeto de vidrio, barro u otro material de naturaleza más o menos frágil, incluso, “cosas” de cierta consistencia como la madera o el hueso. Todo mundo dice en Nicaragua “se quebró la rama del árbol”, “se quebró el fémur”, y esta advertencia de las madres: “!Cuidado te vas a quebrar la cabeza!”.

Y este “quebrar”, a diferencia del balido del toro y de la vaca que sigue siendo el mismo, va rodando y creciendo en los usuarios, como una bola de nieve, con nuevas acepciones y matices. Alfonso Valle apenas registra en su Diccionario del habla nicaragüense dos acepciones: un significado recto (‘machacar el maíz antes de molerlo’), y uno figurado (‘parece que no quiebra un plato...’) para referirse al individuo que finge ser una persona inofensiva. Pero este “quebrar lo emplean los queseros chontaleños al desbaratar la leche ya cuajada para preparar el queso; los marineros de Corinto, al doblar la red; los comerciantes, cuando su negocio cae en desgracia; los jóvenes, al realizar el coito, y hasta la difundida acepción de quitarle la vida a otro.

Y es que el lenguaje, como ente vivo y dinámico (“el lenguaje habla”, dice Heidegger), refleja la vida vivida por el usuario en su doble dimensión: lo objetivo y lo subjetivo. Nunca un hecho real, sentido o imaginado se expresa exento de algún matiz de afectividad. Y para lograrlo, siempre tiene a mano expedientes variados: aumenta o suprime sonidos, o los altera o los modifica. Y lo colorea con una carga expresiva. Nuestros hablantes no se conforman con “tembleque” (‘temblor’) del español supranacional, y con un simple sonido agregado (/e/) construye una palabra mucho más sonora, “tembeleque. A veces, el hablante crea o recrea la palabra, como “tuntunear” (‘andar de un lado para otro’), tal vez del español estándar “al tuntún” (‘sin conocimiento del asunto’) y le agrega otros sonidos: “tuntunequear”. Por eso nos dice Adela Ponce Molet que “todo hablante es capaz de crear la palabra, de darle una existencia autónoma y más o menos perdurable”.

Casi todo lo que decimos se traduce en impresiones y juicios de valor matizados de afectividad. Así, “matancina” (‘gran cantidad de alumnos aplazados’), “cascarudo” (‘sinvergüenza’), “cambalache” (‘trueque’), “camellada” (‘caminata larga y fatigosa’), “caramanchel” (‘una vivienda o un establecimiento de construcción precaria’), “pispireta” (‘coqueta’), “virriondo” (‘viejo libidinoso’), “echárselo al pico”, (‘perjudicarlo’), “estar listo y servido” (‘pasar una situación difícil’), “poner la carreta delante de los bueyes” (‘equivocarse’) son palabras y expresiones que, pensadas y proferidas en un contexto determinado, se cargan inevitablemente de valores expresivos.

Un “sí” o un “no” pueden parecernos respuestas muy objetivas; sin embargo, el hablante puede estar, detrás de esas simples palabras, descubriéndonos su vida interior en toda su plenitud. Los jóvenes ya han dejado el “sí” y el “no” para sustituirlas por “simón” o “cirilo” y “nelson” o la interjección “!negra!”. Cada quien, desde su propia experiencia -lo individual, lo propio, lo diferente del otro- matiza la palabra o la expresión de manera particular, para revelarnos –consciente o inconscientemente- sus estados interiores del “yo”, su zona espiritual muy íntima.

 

* Escritor y lingüista.