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Cuando Barack Obama aceptó en 2009 -con profunda gratitud y humildad- ese imprevisto galardón otorgado por el Comité Nobel “por sus esfuerzos para fortalecer la diplomacia internacional y la cooperación entre los pueblos por su visión de un mundo sin armas nucleares”, nunca se imaginó que la crisis actual de la guerra civil en Siria le presentaría un irónico desafío: la desnuclearización del Medio Oriente surgida por la naturaleza evidente de las armas químicas de destrucción masiva experimentadas en el pueblo sirio. Un ignoto sueño de paz.

Se prolonga el dilema. Ir o no a la guerra. Cometer un crimen para castigar otro crimen ¿Es justa esta guerra? En cierto modo, algo hay que hacer aunque pocas guerras han sido justas. Pocos la desean y multitudes son víctimas. Miles de refugiados sirios deambulan sin esperanzas en las fronteras vecinas expuestos al desamparo, hambre y enfermedades, mientras los artífices de la conflagración ocultan sus sentimientos en sus ansias de poder.

Al cumplirse 12 años del 11-S las autoridades estadounidenses tratan de infundir amnesia, porque su intervención en Siria los llevaría a luchar con aquellos que perpetraron el derrumbe de las Torres Gemelas. Conducirán la lucha con sus acérrimos enemigos. La matanza de Ghuta de miles de civiles tras los bombardeos con gas sarín deja a Obama en una gran disyuntiva que puede beneficiar al peor de sus adversarios: Al Qaeda. Desesperada, la Coalición Nacional Siria, CNS, lamenta la falta de liderazgo de Obama.

Los rodeos encubren las intenciones: la OTAN propone responder al ataque químico sin liderar una operación militar. Una resistencia firme sin incursiones. Ban Ki Moon, secretario de la ONU, recomienda tomar en cuenta su aval y recomendaciones después del frustrado plan Annan. Vladimir Putin, apoyo incondicional del sátrapa sirio, alega que las pruebas químicas aportadas por Estados Unidos no son concluyentes. Después lanza una cortina de humo que disuade temporalmente la intensidad de la crisis: la entrega y eliminación del arsenal químico del régimen despótico de Assad.

Durante la reciente reunión del G-20 en San Petersburgo, Ángela Merkel criticó la decisión parcial de algunos países que apoyan el ataque a Siria. A diferencia de Francia que respalda con firmeza la ofensiva en un esfuerzo de Hollande por elevar su deteriorada imagen política interna.

Bashar al Assad, ante el inminente ataque propaga con cinismo a los cuatro vientos que jamás utilizó artefactos químicos. Solo que un castigo ejemplar se cierne sobre la duda: Siria no es firmante de los acuerdos de la Convención Internacional sobre armas químicas en vigor desde hace 16 años. En tanto, los líderes religiosos del mundo exhortan con angustia a la comunidad internacional a orar para que al caballo bermejo apocalíptico le sea negado el poder de impedir de la tierra, la paz. Una ilusión por el momento para un Nobel acompañado de halcones dispuestos a la guerra.

 

* Médico cirujano