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Todos hablamos de la patria como el país donde nacemos, o donde nos hemos formado y educado, y no son muchos los que le agradecemos. Más que un pedazo de tierra, la Patria son las vivencias de nuestros seres queridos y las personas con las que compartimos los traumas y las alegrías.

El amor a la Patria es un valor cívico que se aprende en primer lugar en el hogar, luego se nutre en la escuela y se va perfeccionando hasta que llegamos a ser personas útiles a la sociedad. Esbozamos toda una simbología que toma vida de forma sacra en la bandera, el árbol, el pájaro nacional; en su himno, ante el cual nos ruborizamos de emoción; en un escudo, reflejo de nuestra cosmovisión; en sus fiestas cívicas.

Pero el amor a la Patria va más allá que el reconocimiento reverente que damos a esos signos. Denota personalización, introyección. Significa permitirle a la Patria ser la madre de todos/as, y sentirse acogido/a por ella; que tengamos las mismas oportunidades y que cada uno sea respetuoso de los acuerdos consensuados en su seno para que reine la equidad, la paz que conduce a la estabilidad emocional en los individuos y en la familia.

Amar a la Patria es un compromiso y un deber. Cuidar, por el bienestar de todos, los recursos naturales, y apoyarnos de manera tal que podamos unirnos a nuestros vecinos para buscar el bien común, si colaboramos para hacer más digno nuestro barrio, si amamos nuestro pueblo o ciudad, si conocemos nuestra historia, si nos sentimos orgullosos de nuestra cultura y tratamos de conservarla y darla a conocer; si cumplimos con responsabilidad, lo que nos toca hacer para el bien de los demás, si somos respetuosos de nuestros símbolos patrios.

El amor por la patria, denota inclinación, afecto; es una madre a la que se le reconoce el grado consanguíneo, pero no se está dispuesto a sacrificarse por ella. Nos es útil para servirnos de ella y vivir de ella, hacemos todo lo que está a nuestro alcance para que sus hijos/as vivan en contienda. Usamos sus símbolos para ganar su aceptación y no para que sea honrada y goce de reconocimiento internacional.

Nuestras fiestas cívicas se convierten en competencias absurdas donde los padres se endeudan para que sus hijos modelen el escuálido salario de varios meses, mientras en sus casas no está ni siquiera izada una bandera. Cuando se tiene afecto por la patria se ve como propiedad y desaparece la consideración, el amor del fruto de su trabajo y sacrificio. Las memorias de sus ancestros son olvidadas con menosprecios y nos avergonzamos de su linaje. Desgraciadamente existen tantos malos hijos de la patria que la tienen empobrecida y hundida en lipídica pobreza generacional.

Las preposiciones a y por, gramaticalmente subordinan y complementan los términos, pero el amor a la patria no debería tener diferencia entre sus hijos y debe ponderar, estar sobre toda intencionalidad, voluntad e ideología para que tenga vida plena y desarrollo sostenible que tanto se necesita.

El verdadero patriota, amante de su Patria, puede quejarse de su nación observando sus errores, deficiencias, pero al mismo tiempo busca y propone los medios para solventarlos. No es correcto contemplar cómo el país se hunde cada día sin que se haga algo al respecto. Sería como ver un nudo en un rollo de pábilo y en vez de ayudar a desenredar contribuyéramos a hacer más grande ese nudo con quejas, pereza, discordia, intolerancia.

* Profesor. Facultad Evangélica de Estudios Teológicos, CIEETS