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Hay varios motivos para acudir a un consultorio de psicología infantil, pero el 98% está relacionado con que el niño o niña tiene baja autoestima, comportamientos impulsivos, agresivos, depresivos, gritan a sus padres, los golpean o hacen daño a otros niños o a sus animales.

La primera pregunta que formulo es: ¿Usted le pega a su hijo?, y la respuesta siempre es: “Sí, le pego para que entienda”, “le pego porque solo así hace caso”, “le pego con una chinela, que no es tan grave”, y otros contestan: “Sí le pego, pero eso ¿qué tiene que ver?”.

El golpe es, en todos los casos, nocivo. Normalizar el golpe a nuestros hijos solo porque son “nuestros” es igual que normalizar el golpe contra cualquier otro ser humano. ¿Por qué entre adultos golpearnos está penado por la ley, pero golpear a los niños no? ¿Son menos personas? ¿Son menos valiosos? Desde el momento en que golpeamos validamos el golpe para que ellos golpeen a otros, y agudizamos la conducta que intentamos corregir.

El golpe genera daños que permanecen, y a veces no son evidentes, pero sí se manifiestan en los conflictos con uno mismo y con otros; en los problemas del control de la ira y en la cadena de un modelo de crianza violento que viene desde nuestros ancestros, que los padres repiten con una lealtad ciega, haciendo cumplir el mandato inconscientemente al continuar con este mismo patrón.

Se manifiesta en el miedo que podemos cargar el resto de nuestras vidas, ese mismo miedo que todo niño o niña siente al ser golpeado, y en el peor de los casos hay un momento en el cual ya no sienten nada, lo que resulta en conflictos en la expresión emocional y en la dificultad para obtener bienestar.

Las políticas públicas y las leyes deben de priorizar este tema que causa muchos más problemas de salud de los que nadie imaginaría. Como decía Frederik Leboyer, “si nuestros nacimientos fueran sin violencia, el mundo cambiaría”. Y yo agregaría que también cambiaría si comprendiéramos que los modelos de crianza y el trato a los niños deben ser respetuosos, amorosos, y es nuestro deber como padres validar el ser y el sentir de ellos.

Pero cambiar el mundo es muy difícil, dirán unos, entonces concentrémonos en mejorar nuestros modelos. Un padre me decía agitado en una ocasión: “pero ¿ni siquiera lo puedo amenazar?”, y yo en silencio pensé: esto lo tengo que escribir.

No podemos seguir obviando un tema tan importante como este, ni podemos seguir sintiendo que, porque nuestros padres nos golpearon y hoy somos gente de “bien”, entonces tenemos licencia para hacer lo mismo con nuestros hijos. En esta sociedad se habla mucho de los niños como el futuro, pero nadie habla del presente de los niños, y de la importancia de la salud integral de ellos aquí y ahora.

Si se quiere entender una sociedad observemos la relación entre padres e hijos, pues los niños y niñas son el espejo de lo que somos, con nuestros triunfos y demonios. Ellos nos regalan la oportunidad de crecer, de mejorar y evolucionar como especie.

 

* Psicóloga clínica infantil y educadora emocional