Francisco Javier Bautista Lara
  •   Managua, Nicaragua  |
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Mi amigo de colegio y luchas sandinistas, Guillermo Baca, comprometido con la protección de la naturaleza, preocupado por la violencia delictiva que observa alta y creciente en el Caribe, me comentó que “hay un asunto que vulnera a las comunidades misquitas que habitan las orillas del río Coco, y es que ellos sembraban tradicionalmente en las riberas de la parte hondureña dado que, entre la etnia, no existía problema para que ambas poblaciones, las del lado hondureño y las del lado nicaragüense, convivieran y compartieran las áreas comunales; sin embargo, llegaron los ganaderos de Olancho, Honduras, cercaron las tierras y metieron su ganado; de la noche a la mañana se quedaron los misquitos sin áreas de cultivo”.

Lo anterior resume lo que no solo puede ser una de las causas de la violencia social y delictiva en el Caribe de Nicaragua y Honduras (también en Guatemala y Costa Rica), sino el motivo por el cual, en esa extensa y rica región, sus pobladores prosperan limitadamente. Las fronteras entre los países son convenciones artificiales, de naturaleza política, indiferentes a las necesidades de los pueblos; tienen origen y evolución circunstancial.

Los misquitos se consideran una sola nacional indígena, pero sufren la incursión frecuente de “colonos” en territorios indígenas o “comunidades originarias”, por grupos ajenos a la cultura local, que irrumpen en la convivencia de las comunidades de diversas características sociales, costumbres y creencias, normalmente adaptadas a las condiciones naturales de su entorno.

Esos colonizadores (conquistadores) externos (llamados empresarios lícitos e ilícitos, nacionales y transnacionales), llegan para someter el pensamiento, la organización y alinear lo heterogéneo -desde la concepción mono-étnica y centralista que impone paradigmas erróneamente homogéneos-. Pretenden, en última instancia, obtener beneficios económicos y asegurarse el control político. Para lograrlo, suelen alterar la vida cotidiana, fragmentar el tejido comunitario, corromper, contaminar y promover la pérdida de identidad local, legítima y auténtica. Allí encaminan dinero, droga, explotación, desempleo e ignorancia.

La mayor violencia en territorios de países con amplia población multicultural, no suele ocurrir con más frecuencia e intensidad donde predomina población originaria. No suele ser provocada por indígenas o habitantes tradicionales, sino por “nuevos colonos”, traficantes, expropiadores, diversas categorías de “inversionistas”, actores exógenos que se abren brecha con la fuerza, la tecnología y el capital para “obtener el máximo beneficio con el mínimo control” -definición que sugiero de crimen organizado-, sin compromiso de sostenibilidad medioambiental ni sociocultural.

Alberto Beltrán, misquito de la ONG Ingwankaraya (Hijos del río), dice que “las comunidades del río Coco están en crisis alimentaria por la imposibilidad de sembrar, ya que buena parte de la margen nicaragüense no es apta para los cultivos”. Desde sus ancestros, sembraban cítricos, frijol y arroz, “pero los ganaderos, desde hace meses, han puesto alambres e invadido los territorios misquitos, quienes fueron despojados de las tierras en donde realizaban sus faenas de subsistencia, por lo que han caído en desgracia…” Algunas de estas comunidades son: Kisalaya, Waspam, Ulwas y Saupuka.

En febrero de 2004 los medios de comunicación informaron que “autoridades de Honduras presionan a los misquitos para favorecer la expansión de los ricos ganaderos hondureños”. Un conflicto reciente, parte del complejo problema (abril 2013), ocurrió con indígenas nicaragüenses de Saupuka y Bilwaskarma, municipio de Waspam, quienes “expulsaron a balazos a un ganadero hondureño y a tres militares del Ejército” vecino, de un islote (1,151 hectáreas) que era ocupado para el ganado, y que los indígenas reclaman para el cultivo de alimentos.

La vivienda del granjero fue incendiada, ocuparon y distribuyeron entre los pobladores más de cien cabezas de ganado. La disputa se origina porque el río se ha desviado a territorio nicaragüense por llenas provocadas por fenómenos naturales, y familias de Olancho han introducido ganadería extensiva en la zona, que era usada por las comunidades indígenas para fines exclusivamente agrícolas. Por aquí hay más de tres mil familias afectadas, unas veinticuatro mil personas.

¿Qué es de esperarse cuando se atropella y excluye; cuando se incursiona con fuerza autoritaria sin reconocer los derechos históricos y las costumbres ancestrales? En nombre del desarrollo avanza la frontera agrícola, se tala el bosque, se desarraiga a la población nativa, se contaminan los ríos… La violencia tiene raíz fundamental en la exclusión y la desigualdad, en el desequilibrio humano y ambiental, en la brecha social, en el conflicto de quienes compiten por obtener los beneficios económicos (legales e ilegales), el control del territorio y de la población local.

 

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