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En su larga historia eclesiástica desde la Reforma protestante de Lutero, el catolicismo romano enfrentó múltiples retos que han puesto en riesgo su estabilidad económica y política por impulsos procedentes del exterior, sin embargo, no es hasta ahora que su credibilidad y preeminencia como una enorme fe religiosa de influencia mundial se vislumbra amenazada desde sus entrañas por su más trascendental dignatario: el Papa Francisco.

Tampoco es misteriosa la reticencia a las reformas derivadas de un clero pomposo e institucional, cuya pesada carga, el papado viene arrastrando desde siglos remotos. Comenzando por las dogmáticas e irrelevantes discusiones bizantinas sobre el sexo de los ángeles hasta el ascético celibato antibíblico, que hoy colocan en tela de duda los escándalos pedófilos de sacerdotes trasladados de sus parroquias a un lugar seguro; exonerándolos de “morir asfixiados en el fondo del mar después de colgarse un bíblico monolito en sus cuellos”, en obediencia al sacramento católico de la penitencia.

La Iglesia católica debería “estar sedienta de frescura, no solo material sino espiritual”. Son palabras del actual Papa. En un intento franciscano, ha iniciado una probable y escabrosa senda hacia las raíces primitivas de una “ecclesia” abandonada en su viaje a la modernidad del siglo XXI por la codicia sacerdotal de los bienes financieros y escándalos mundanos de sus pastores: burócratas de la fe.

Un cambio en las reglas de juego bregando en un turbulento mar de espinas encrespado ante el efecto metamórfico del auténtico evangelio de Cristo sin anclarse a la miseria de las masas empobrecidas y exaltadas en una Teología de la Liberación infiltrada de un marxismo ateo, frío y renuente al conocimiento bíblico: el problema no es el dinero, sino el amor al billete, se recalca en primera de Timoteo 6:10. El ser humano olvida a Dios por el amor al vil dólar, euro o yen.

Misericordia, compasión y amor al prójimo emanan del evangelio de Cristo, no del socialismo del siglo XXI ni del laissez faire. Son palabras que han retumbado como címbalos, sin eco en los tímpanos de los insensibles dictadores, déspotas y políticos corruptos de la Tierra. Un evangelio donde las mujeres tienen cabida no solo por su condición de género sino por ser también hijas de Dios llamadas a vivir y predicar las buenas nuevas en santidad, junto al hombre. Sin maltrato ni escarnio misógino.

“¿Quién soy yo para juzgar a los homosexuales?”, se cuestiona el buen Francisco. No se trata de condenar o discriminar a los gays. Es un asunto de orden espiritual bajo una cobertura cristiana: ¿Es pecado ser homosexual? ¿Es correcto bendecir sus uniones? ¿Es bíblica la adopción infantil por parejas gays? ¿Le agradan a Dios las iglesias LGTB? En ese sentido ¿la Iglesia debe “ajustarse” a los “avances sociales modernos” en concordancia con las nuevas reformas? Aun cubierto de legalidad es un contrasentido bíblico. Dios es el mismo de ayer, hoy y siempre. Su amor y misericordia pueden ser alcanzados por quienes lo busquen en espíritu y verdad. El perdón y salvación por los pecados surgen de Él. El amor al pecador es una frase de Gandhi. Dios aborrece el pecado.

De momento, enfundado en su magna investidura, Francisco ha lanzado al tapete los futuros desafíos de la Iglesia católica, apostólica y romana postergada por siglos. Amparados en la Tradición del Magisterio Eclesiástico y un poder terrenal que la han alejado de ese imprescindible retorno al evangelio de Cristo.