•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • elnuevodiario.com.ni

Es un viejo. Todo lo remoto parece que le da igual. Sus gafas oscuras lo confunden con un hombre más joven. Me ofrece un trago de ron. Su frente partida por arrugas profundas toma otro rumbo; un montón de papeles de todo tamaño sobre la mesa alertan como si la noche fuera solo un remordimiento inicuo de paisajes, mujeres, atardeceres y ruidos.

El resplandor de las luces humedece sus pupilas. Pero se interpone su manera de hablar acatarrada y simple. Su sonrisa baja de un puerto triste. Un siglo a prisa lo descubre con desdén y lo rechaza. Es otro, un pasajero distraído, embestido por el aire salado que entra en el pequeño espacio con la intención de desalojar la música que está sonando fuerte para aferrarse al cobrador de una empresa probablemente fantasma.

Mientras lo miro forra sus ojeras contra el frío imparable con un poco de humo y alcohol, en este bar de la capital chilena, estacionado como un piano desafinado. Otro silencio y brindamos. Su espalda ancha es otro trago lento. Una muchacha habla conmigo en voz baja y le pregunto cosas con mis manos y ella responde dócilmente y yo me acurruco como la última vez que fui un pájaro hambriento.

El viejo admira, pero no cede su soberbia al rumor exaltado que sale de las piernas de la bella muchacha. Un trago de vino y fingimos conocernos. Su voz no me habla. La cara del viejo cobrador no disimula, se enreda entre fechas y barrios, y alamedas; confiesa (como hablándole a su propia sangre) que fue lector de Pablo Neruda y que no le cae bien Huidobro.

Con el poeta Braulio Arenas se bebió el alma de ciudades olvidadas. Castigó amaneceres, que no han regresado de su pasado de fiebre, guitarra y serenatas. Su larga cabellera no lo deja mentir. Un gato invisible muerde su pantalón y destroza sus zapatos y el viejo complacido se dilata en acariciarlo. Un vaso de vino divide la intemperie de un silencio nervioso que pasa y nos mira con desparpajo y ansiedad.

El frío se entretiene con bufandas, perfumería barata y tantos días que no llegan a ser sucesos. Es ya la medianoche y el vino y el ron no confían en mí, en mi respiración, en esa distancia que me apabulla y quiere rematarme.

El viejo me cuenta que ha mentido hoy por lo menos veinte veces. Yo miento para sobrevivir, me timaron muchas veces, y por eso he creado mi pequeña empresa de la mentira y me va bien. Para mí, se cerró la noche.

 

* Poeta y periodista.