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Dicen que la historia, en su definición más restringida, es una narración subjetiva de los hechos, donde los protagonistas adquieren la etiqueta de ángeles y demonios, según sea la intención ideológica y política de quien la escribe o el lente que se ponga para observarla.

En Nicaragua, por ejemplo, existen personajes que han sido víctimas de estos contadores de historias. No mencionaré sus nombres para no personalizar ni ser acusado después de pretender hacer una apología sobre ellos. Tampoco pretendo absolverlos o condenarlos. No me corresponde a mí esta misión. Solo Dios puede hacer esto. Mi intención es simplemente demostrar que toda verdad es relativa.

Quiero referirme inicialmente a un personaje que durante la década de los ochenta jugó un papel crucial en defensa de la soberanía nacional. En ese entonces, le tocó desempeñar su cargo en un ambiente de guerra y bajo la presión de una potencia extranjera. Aclaro que solo estoy contextualizando su situación. Nada más.

Después, ocurrió lo inesperado: la guerra terminó, el país se reconcilió, la realidad política cambió, los actores cambiaron, como todo en la vida, y durante todos estos años, algunos medios de comunicación aprovecharon la situación para fabricarle a este personaje una leyenda de demonio, de hombre temido, que desempolvan cada vez que aparece en algún acto público.

Sin embargo -ironías de la vida- otro alto militar que lo acompañó en esa época y que formó parte de su equipo de trabajo, hasta que fue retirado con el cargo de general en el ejército, ahora es tratado mediáticamente como un gran demócrata, solo porque le hace el juego a la mal llamada oposición.

También quiero recordar el caso de otro general que durante su período se realizó una venta millonaria de helicópteros del Ejército de Nicaragua, y ahora se ha convertido en un escritor y analista que los medios buscan como aguja en un pajar cuando visita ocasionalmente nuestro país. De un alto jefe militar y estratega de las armas, pasó a ser un émulo de San Pablo, escribiendo epístolas de reconciliación y consenso.

Cito otro ejemplo. ¿Recuerdan a un exministro del gobierno de Violeta Chamorro que vendió en 1990, entre otras cosas, los rieles del ferrocarril de Nicaragua, como si se tratara de un juego de Nibanco? Este es otro personaje que aparece en los medios de comunicación como si nunca quebró un plato, hablando de política y de corrupción. Cuando lo enfoca el espejo público, pareciera ser un angelito caído del cielo.

Y, a propósito, hablando de ángeles. Hay políticos con rostro angelical que traman cosas perversas. Supe que un desclasificado de Weekeleak reveló que un político conservador, exembajador en una importante capital del mundo, habría pedido para continuar en el cargo diplomático la cabeza de un alto funcionario de un Poder del Estado. Qué clase de intriga.

Incluso, la historia es tan injusta que algunos exministros, viceministros y funcionarios de gobiernos anteriores, que estuvieron en la palestra pública por mucho tiempo, acusados de corrupción y otros delitos, ya desaparecieron del radar mediático porque dejaron de ser noticia o no reunieron suficientes pruebas contra ellos.

Y así podríamos referirnos a otros personajes que algunos medios de comunicación absuelven o condenan en sus páginas, dependiendo de la posición política o ideológica que hayan asumido en una circunstancia determinada. En otras palabras, los medios clasifican a determinadas personas en ángeles o demonios; en héroes o villanos, de acuerdo a sus intereses políticos y a los vientos que soplan.

Si esto no fuera cierto, ¿cómo nos explicaríamos, entonces, que ciertos personajes de la vida política que antes eran cuestionados por distintos motivos, aparezcan ahora libres de todo pecado, sin mácula, opinando como analistas, dependiendo de la posición que adopten con respecto a los gobiernos de turno?

La única explicación posible a todas estas contradicciones es política. Cuando la política y la ética se reconcilien, la historia comenzará a ser objetiva, y muchas leyendas negras se romperán en pedazos. Pero, mientras tanto, siempre habrán ángeles y demonios, héroes y villanos, buenos y malos; absueltos y condenados, todo depende del cristal con que se mire.

Termino con esta reflexión: Creo que es momento de escribir nuestra historia sin apasionamientos ni omisiones. Con los lentes de la justicia y no perdiendo de vista que los protagonistas somos seres humanos, con virtudes y defectos. Solo la verdadera historia, la que falta por escribirse, es la que nos absolverá o nos condenará. El que esté libre de pecado que tire la primera piedra.

 

* Periodista y escritor.

felixnavarrete_23@yahoo.com