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El terrible evento del 11 de Marzo de 2011 en esta planta nuclear japonesa, fue ocasionado por el terremoto y posterior tsunami que causaron daños en el sistema de enfriamiento y otros equipos críticos, provocando masivos escapes de material radioactivo, convirtiendo esa ciudad y 20 kilómetros a la redonda, en una tierra deshabitada.

A este desastre solamente superado por Chernóbil en 1986, se le calcula que el escape de material radiactivo puede oscilar ya hasta un 30% de ese caso referencial, ubicándolo en un siete de la escala internacional de eventos nucleares catastróficos.

Dos años después, sigue aún en pleno desarrollo, ya que a pesar de los daños catastróficos ya irremediables, se siguen dando situaciones espeluznantes. Recientemente, durante las operaciones de limpieza, se vertieron accidentalmente cuatro toneladas de agua radiactiva en el mismo recinto de la planta, siendo sus consecuencias aún incalculables, considerando las miles de toneladas de aguas radiactivas que siguen vertiéndose al océano.

La parte rescatable de este percance son las lecciones aprendidas, de las cuales se pueden deducir conclusiones y recomendaciones aplicables para las empresas nicaragüenses, para las que, guardando las distancias tecnológicas, económicas y culturales de una potencia como Japón, las conductas y comportamientos colectivos que evidentemente fallaron, podrían ser de mucha utilidad para analizar los factores de riesgo y las actitudes gerenciales hacia estos en las industrias nacionales.

Uno de los factores, sin duda alguna, ha sido el bajo sentido de vulnerabilidad. Aun para los japoneses, pensar que ante los riesgos específicos se tenía contemplada toda la gama de escenarios posibles, es algo que falló terriblemente, ya que según los expertos, el hecho de ubicar una planta nuclear a orillas del mar, aun con supuestas barreras adecuadas para hacerle frente a eventos catastróficos -como un tsunami en su horizonte de sucesos cada 250 años-, no fue más que un pensamiento supremamente optimista, un grueso e imperdonable error de criterio y planificación.

En la ciencia de los accidentes, la realidad siempre supera la ficción, y esa es una regla de vida, que en seguridad operacional muchas veces se pasa por alto y se paga muy caro.

Se dice que los aspectos culturales fueron las causas precursoras que más incidieron en este desastre. La familiaridad continuada con los riesgos de altísimas consecuencias, siempre desarrolla un exceso de confianza que puede llevar a la negación o incluso a la parálisis organizacional.

Recuerdo hace varios años, cuando el experto mundial en sistemas de seguridad basada en el comportamiento y consultor para la empresa global donde yo laboraba, Dr. James D. Bennett, me manifestaba que cuando por disposición corporativa se inició la implantación de ese sistema en una de las plantas japonesas, la gerencia general de esa facilidad le plantó cara sombríamente: “¿Dígame por qué tendríamos que invertir tiempo y esfuerzo en ese nuevo sistema de prevención, si nuestro récord es cero accidentes en los últimos 45 años?”.

La misma actitud de ese entonces contrastaba ahora, en donde en forma surrealista para nuestra idiosincrasia latinoamericana, la plana mayor de TEPCO (Tokyo Electrical Power Company), propietaria de la planta, de rodillas y en llanto incontenible realizaba ante la comunidad, un acto público de contrición y disculpas por el enorme daño causado, muy a la usanza del fatalismo típico del imaginario social y la cosmovisión niponas.

Las escrupulosas investigaciones realizadas por las agencias internacionales después de este baño de realidad –radiactiva además- señalan que las causas principales tienen que ver primordialmente con factores relacionados con valores, creencias y comportamientos colectivos, así como con aspectos administrativos y organizacionales auto-complacientes, que incidieron negativamente en la pérdida de perspectiva ante la visión de “Protección-a-fondo” que debe gobernar la industria atómica.

La autocomplacencia, expresada no solamente en su significado específico: estar satisfecho con lo que uno mismo hace –por sí y ante sí únicamente-, en este caso, los procedimientos operacionales de seguridad, los simulacros y cumplimiento de recomendaciones, el gradual cambio de la populosa demografía en los alrededores, entre otros, así como las inspecciones de las autoridades regulatorias, las cuales se habían degradado a una alegre reunión entre amigos, en donde se conversaba de cualquier tema, menos de las limitaciones evidentes en las capacidades de respuesta ante la emergencia, de contención y de evacuación del núcleo urbano establecido ahora en los alrededores de la planta, unas 156 mil personas.

El evento vino a dejar en claro no solamente las vulnerabilidades originarias de diseño, culturales y administrativas, sino también, las todopoderosas conexiones y cabildeo de la industria energética, que hacían que las autoridades regulatorias fueran una comparsa más, y que en un terrible conflicto de intereses, estas llegaron a relajar y prostituir la supervisión prudencial de seguridad operacional, -razón de ser de su existencia-, obviando cualquier discusión de relocalización o de controles más rigurosos, con las infernales consecuencias que hoy se lloran amargamente.

 

* Director Ejecutivo de Cambio Cultural, S.A.

noalosaccidentes.wordpress.com