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Parodiando el célebre poema de Rubén Darío, “Los motivos del lobo”, hay personas que se preguntan (con buena o mala intención) qué motivos pueden llevarle a un joven ingresar a un seminario. ¿Le guiará el interés económico o la clásica frase de que quien lo hace es porque está desilusionado de la vida y del amor. La vida de un sacerdote exige tantas pruebas y sacrificios que la mayoría se niegan a creer. Se dice: “por amor al arte”, y racionalizan, pero se equivocan. Por amor al arte, claro que no; por amor a Dios y al prójimo sí.

No hay religión sin sacerdotes. Unos serán buenos, otros malísimos. Me pregunto: ¿cómo gasta un sacerdote sus veinticuatro horas?, ¿cuál es su pastoral?, ¿dónde vive?, ¿dónde trabaja?, ¿cómo?, ¿con quiénes?, ¿cuáles serán sus compromisos?

Los sacerdotes se consagran a Dios para colaborar con el Papa y los obispos en el cuidado de las almas, predicando la Palabra de Dios y administrando los sacramentos. Si canta mal se ríen. Si canta bien es vanidoso. Si se alarga en el sermón es un pesado. Si es breve: no sabe qué decir. Si se le busca en la parroquia, nunca está.

Si tienes la desgracia de tropezar con un religioso o religiosa, o un diocesano que no vive conforme a su estado, no te alarmes. A veces dan caídas, incluso en los que tienen más obligación de servir a Dios. Los hombres están sujetos a cambios. El que hoy es bueno, mañana deja de serlo; o viceversa. También entre los doce apóstoles hubo un Judas traidor.

Dice Juan Pablo II, en su libro “Don y Misterio”, citando a San Pablo: “el sacerdote es administrador de los bienes de Salvación para distribuirlos debidamente entre las personas”. En su gobierno Juan Pablo II quería que los sacerdotes del futuro fuesen solidarios, dialogantes, auténticos castos, obedientes, pobres, defensores de la Justicia y de la Paz.

El papa Francisco es el primer Pontífice que proviene de una Orden Religiosa después del Camaldulense Gregorio XVII; su Santidad sueña con una Iglesia Madre y Pastora. Los Ministros de la Iglesia tienen que ser Misericordiosos, hacerse cargo de las personas, acompañándolas como el buen Samaritano que lava, limpia y consuela a su prójimo. Hay que ver a Dios en todas las cosas. Encontrar a Dios en las cosas es saber “discernir”, una de las cosas que Ignacio de Loyola ha elaborado como instrumento de lucha para conocer mejor al Señor: “un discernimiento de ese tipo requiere tiempo, necesita tiempo”.

Los tiempos reclaman personas completamente disponibles: capaces de desprenderse de todo y seguir cualquier clase de misión indicada por el Papa y reclamada, a juicio de este, por el bien de la Iglesia, colocando siempre en primer plano la gloria de Dios.

 

* Licenciado en Comunicación Social, UCA.