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“Y dijo Dios: Sea la luz., y la luz fue.” El primer segundo de la fundación del tiempo precedido por una voz que ordenó el inicio de la creación. De todo lo que nuestro cerebro no imagina y el telescopio Hubble aún no vislumbra. Nadie ha visto a Dios. La fe confirma este hecho sin pestañear, que no es ni una mil millonésima parte de esos primeros vocablos del Creador. Parafraseando un recelo especulativo de ciencia infusa, no sucede lo mismo con la mente científica: pruebas son razones y no buenos amores.

Aquella ancestral miopía cósmica que recluía nuestra mirada en un finito horizonte cósmico, se ha corregido con cambios de lentes galácticos que oscilan desde el infrarrojo, ultravioleta hasta rayos X o gamma explorando ahora una nueva era de ondas gravitacionales: el eco primitivo del cosmos. Una percepción sonora del espacio-tiempo. La comunidad científica desea oír las resonancias de esa inaudible voz primigenia. Quizás se escuche ese instante: el primer suspiro del recién nacido Big Bang.

¿Existe alguna forma de escuchar esos imperceptibles vestigios de polarización del fondo de microondas? En teoría, las ondas gravitacionales se producen en las explosiones de supernovas, durante la formación de agujeros negros o en la interacción de estrellas de neutrones (pulsares). Einstein predijo que la materia y energía pueden curvar la estructura misma del espacio-tiempo. Concibió que algunos objetos sean tan rápidos y masivos que pueden torcer el modelo espacio-tiempo, enviando minúsculos oleajes a través de su orden natural por lo que descartó su posible observación. Sus titubeos dejaron una sinfonía inconclusa.

Décadas después, Hulse y Taylor recibieron el premio Nobel de física en 1993 al reivindicar sus predicciones observando en pulsares binarios que su materia y energía eran capaces de crear ondas que oscilaban a través del universo. Solo que resulta inútil el uso de telescopios para observar eventos como el tumulto de fluctuaciones cuánticas en los nanosegundos inmediatos del Big Bang.

¿Cómo detectar este murmullo evadiendo saltar del fotón al gravitón? ¿Luz o gravedad? Las señales luminosas son frágiles, se diluyen o desaparecen en conjunto. En su viaje a través del espacio son absorbidas por gigantescas nubes de gas estelar. O se hunden en profundos huecos gravitatorios: híper masivos agujeros negros. Su información no alcanza ser escudriñada por cualquier telescopio. Los veloces fotones no pueden huir de su succión más allá del horizonte de eventos.

Según David Spergel, astrofísico de Princeton: “al inicio del Big Bang se produjo un enorme movimiento de energía generada por una fase de transición previa a la formación del plasma de partículas (quarks). Una etapa de transformación que originó burbujas sin este plasma. Fue una inmensa cantidad de materia en movimiento libre. Estas burbujas se expandieron y colisionaron hacia nuevas fases hasta desaparecer.” Su detección ofrece ese primer atisbo de la infancia cósmica.

Los modelos inflacionarios del universo coinciden con las fluctuaciones cuánticas del espacio-tiempo que causaron una especie característica de ondas estocásticas gravitacionales, cuando el cosmos tenía menos de una trillonésima de trillonésima parte del primer segundo original, o sea partículas energéticas infinitamente menores que las obtenidas en el Gran Colisionador de Hadrones.

Esto permitió la viabilidad de ambiciosos proyectos en su búsqueda, como los interferómetros láser y atómicos aún en desarrollo. Son instrumentos que darán oídos a la ciencia en su intento por auscultar esa primera voz de mando en los rincones del firmamento. Algo sencillo para los testigos del Génesis que la sintonizan cada día a través de su mejor antena: una oración.

* Médico cirujano.