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En el artículo 25.1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos dice: “Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar, y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica y los servicios sociales necesarios; tiene asimismo derecho a los seguros en caso de desempleo, enfermedad, invalidez, viudez, vejez u otros casos de pérdida de sus medios de subsistencia por circunstancias independientes de su voluntad”.

Me causó gran impresión leerlo, precisamente porque minutos antes había leído la noticia del Premio Nobel de Medicina recién entregado a tres prestigiosos investigadores; y es que los contrastes de nuestra humanidad son así, secos y contundentes.

Hace escasos días en Suecia, se hicieron sonar las palmas ante los indudables méritos de los estadounidenses Rothman y Schekman, junto al alemán Sudhof; quienes de manera independiente y en décadas distintas lograron desentrañar los mecanismos de comunicación entre las neuronas y así comprender mejor el funcionamiento del cerebro.

Hoy, en Nicaragua al igual que en la gran mayoría de países del mundo en desarrollo, la situación no permite otra cosa sino generar estupor ante el contraste de estas dos realidades y escuchar la noticia como si fuese algo que ocurre en otra dimensión.

Tradicionalmente se ha considerado a la salud como ese estado en donde hay ausencia de enfermedad; cuando en realidad se trata de un estado de equilibrio en el bienestar físico, emocional, mental, social, familiar e incluso espiritual de los individuos. Soy consciente de las innumerables necesidades que toda nación padece, igual que de las enormes deficiencias en recursos humanos y materiales para atenderlas; difícil tarea para cualquiera que por su cargo debe tomar decisiones, pero quise expresar en este espacio mi profunda preocupación por un problema largamente ignorado como es la salud mental de la población. Es desafortunado que sigamos actuando como si la enfermedad mental fuera una suerte de lepra postmoderna o algo que siempre puede esperar, pues siempre hay cosas más “importantes” por atender.

Una población deficiente en salud mental, es un desperdicio de talento y de vida; miles de oportunidades perdidas y largas filas de proyectos truncados en un país que pide “oxígeno” a sus ciudadanos con ideas frescas. Necesitamos unir esfuerzos para rescatar esta dimensión exclusivamente HUMANA y alzarla a las cumbres para que cuidándola con esmero, se convierta en el principal capital de nuestra Nicaragua.

 

Médico Psiquiatra