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Las cosas que el papa Francisco ha declarado son tan novedosas e impactantes que uno a veces debe leerlas más de una vez como preguntándole con incredulidad: ¿Qué ha dicho, Santidad? No estamos acostumbrados a que un papa diga lo que él dice; sin embargo no ha dicho nada que no hubiese dicho ya Jesús. Es que habíamos olvidado lo fundamental de Jesucristo por enfrascarnos en otras cosas. Nos llenamos de tantos preceptos, prohibiciones y legalismos que nos alejamos de la sencillez de su doctrina basada en el amor, la compasión y la misericordia.

El Papa ha dejado claro que para obtener la vida eterna basta una cosa: amar al prójimo. No es imprescindible creer o practicar una religión. “Dios no es católico, Dios es Dios”, enfatizó. Los budistas, musulmanes o ateos sinceros que aman al prójimo obtienen la salvación. Lo ha dicho tal como Jesús lo enseñó: Seremos juzgados según amemos y sirvamos a los hambrientos, sedientos, sin ropa, enfermos o encarcelados, es decir a los pobres y a los que sufren.

San Agustín lo entendió bien y dijo: “Ama y haz lo que quieras”. Quien ama hará el bien, honrará a sus padres, no matará, no cometerá adulterio, no robará, no calumniará, no deseará el mal… El amor es el camino necesario para la salvación. Quien ama está con Dios aunque –de buena fe- no crea ni esté en la Iglesia.

Por supuesto que la Iglesia fue fundada por Jesucristo para iluminar al mundo proclamando Su Palabra, y para administrar los sacramentos que Dios nos ofrece para fortalecernos con su gracia y crecer en el amor, la fe y la esperanza. Muchísimos no podríamos vivir felices sin la Eucaristía y sin la lectura de La Biblia.

También la Iglesia tiene una doctrina que orienta nuestras vidas y necesita normas para “hacer todo con orden”, como dice San Pablo. Pero no debemos olvidar lo que dijo Jesucristo: “El sábado fue hecho para el hombre y no el hombre para el sábado”. La Iglesia está al servicio de los hombres para animar y consolar, curar las heridas, facilitar el encuentro con Dios… No como institución represiva que dificulte el camino, juzgue, excluya ni condene a nadie.

Ha señalado Su Santidad el daño que causa la burocratización de la Iglesia desde la Curia Romana hasta las parroquias, la estructura verticalista y el clericalismo que “no debe existir en el cristianismo”, las “cortes” que rodean a los papas, obispos y párrocos “como lepra”, y el narcisismo de algunos pastores. El papa Francisco lo dice recordando cómo el Señor humildemente lavó los pies a sus discípulos, no solo para que lo repitamos como un rito de Semana Santa sino para que sea la práctica cotidiana en la vida de la Iglesia.

Pone el dedo en la llaga al recordarnos que Jesús proclama justicia para los pobres y libertad para los oprimidos, y lamentando “la dictadura del dinero” y “el capitalismo salvaje” que han creado estructuras de opresión; nos exhorta a proclamar el Evangelio que “transforme los corazones de piedra en corazones de carne”. “Nunca he sido de derechas”, afirma valientemente.

El Papa quiere volvernos al cristianismo del amor y la humildad de Jesucristo, como lo vivió ejemplarmente San Francisco de Asís. Quiere mostrarnos nuestra doctrina sencilla, liberadora, compasiva, sin complicaciones teológicas ni mitos medievales. ¡No tenemos espacio para referirnos a tantas maravillosas iniciativas del papa Francisco! Agradezcamos a Dios por darnos este papa y también porque en Nicaragua tenemos obispos, sacerdotes y laicos que seguimos sus enseñanzas, ¡las enseñanzas de Jesús!

 

*Abogado, periodista y escritor