Roger Matus Lazo
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1. La lengua es un “sistema de signos”, como la concibe Saussure, o un “sistema de reglas”, como la reformuló Chomsky, que viene a constituir -como se define en términos “cristianos”- un instrumento de comunicación entre los seres humanos. Se trata de un “contrato colectivo”, agrega Dubois, una convención social, un convenio establecido entre los miembros que forman parte de una comunidad, sea esta una nación, un país o una región. ¿Qué importancia tiene este “acuerdo” entre los grupos humanos? Entenderse entre sí, porque todos y cada uno de ellos han convenido en dar a determinados signos, determinados valores o significados, cuyo intercambio entre unas personas y otras, hace posible la vida en común. La lengua, entonces, va íntimamente vinculada con el vivir en sociedad, porque la sociedad solo es posible gracias a la existencia de la lengua.

2. La lengua que habla una comunidad es un sistema organizado de signos que todos aceptan como medio de comunicación, pero que cada uno en particular emplea de manera parcial. El uso que cada uno de los hablantes hace de la lengua es el habla. La lengua, entonces, es “un producto social”, mientras que el habla es un “acto individual”. Pero no pueden concebirse separados. Ya lo dice Manuel Seco: “Si no existiera la lengua, no existieran las hablas individuales; si no existiera la lengua, no existiría el uso que de ella hace cada hablante”.

3. La lengua, como el idioma español, hablada en un espacio geográfico más o menos delimitado (Nicaragua, por ejemplo) experimenta -por diversas razones- “variaciones” con respecto al uso de la lengua estándar, considerada como variedad ampliamente difundida, y en general entendida por todos los hablantes de la lengua. Estas “variaciones” suelen ser propias de la pronunciación, el vocabulario y en menor grado de las construcciones de las frases y oraciones. Se trata de variedades o dialectos, como el español de Nicaragua, que se diferencia de otras variedades, como el español de Costa Rica, de México o Argentina, pero que son mutuamente comprensibles.

4. Todo dialecto, como variedad regional de una lengua, tiene su propia dignidad y validez. Ningún dialecto es superior o inferior a otro. Toda persona habla uno u otro dialecto, y ninguno puede ufanarse que habla una variedad considerada “correcta”. Incluso el “haiga” (haya) común en nuestros campos y aun en algunas zonas urbano marginales, tiene una explicación natural dentro de la historia de la lengua. El verbo “vide” (vi) y los adverbios “agora” (ahora) y “enantes” (antes), hoy voces anticuadas, los encontramos en nuestros grandes escritores y poetas del siglo de oro español.

5. Las lenguas, como los grupos humanos que las hablan, no viven aisladas. Y tarde o temprano, entran en contacto con otras enriqueciéndose mutuamente a través de palabras prestadas, que juegan un papel significativo en la lengua y en la sociedad. Por eso se habla de situaciones de lenguas en contacto cuando lo establecen dos o más lenguas cualesquiera en una situación cualquiera. En la misma España, el español ha tomado a lo largo del tiempo algunos términos del gallego (morriña), del catalán (cantimplora) y del vasco (chatarra). Un caso muy cercano a nosotros es el contacto del español con las lenguas amerindias. Canoa fue la primera palabra indígena que llegó a España y se asentó, con toda su dignidad, en el Diccionario de Nebrija.

Pero el español contiene voces de lenguas diversas, originarias de los cinco continentes. Algunas se derivan de lenguas tan familiares como el inglés (líder) o el francés (carné) o el italiano (coliseo), tan sorprendentes como el alemán (búnker) o el islandés (géiser), tan interesantes como el noruego (esquí) o el malayo (orangután), tan desconocidas como el indostánico (caqui) o el urdu (sandía), tan extrañas como el turco (caviar) o el tártaro (mamut), tan inimaginables como el checo (robot), tan aisladas geográficamente como el australiano (canguro) o el polinesio (tabú), tan antiguas como el egipcio (faraón), tan milenarias como el hebreo (rabí), tan misteriosas como el sánscrito (rajá) o el persa (momia), tan lejanas como el chino (pequinés) o el japonés (yudo), tan cercanas como el quechua (llama) o el náhuatl (pepenar).

Cuidemos nuestro idioma, garantía de convivencia y de comprensión mutua – como afirma Lázaro Carreter- e instrumento esencial de la democracia.

 

* Escritor y lingüista.