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El cristiano no glorifica el magnicidio. Por eso, a 57 años de haber ejecutado su acción, Rigoberto López Pérez continúa siendo una figura controversial. Para unos realizó, por necesidad histórica, un ajusticiamiento; para otros, perpetró un asesinato. Entre los últimos se hallaba el sector aglutinado en el Frente de Defensa de la República (llamado anteriormente Unión de Acción Popular, al que pertenecían Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, Emilio Álvarez Montalván, Rafael Córdoba Rivas y Reinaldo Antonio Téfel). Pues bien, ellos se negaron a colaborar en el atentado, condenando la violencia y pronunciándose por la vía cívica para enfrentar el somocismo.

La acción de Rigoberto se ha visto como obra exclusiva suya. No fue así. Fundamentalmente, actuó como instrumento de un complot de militares exGN antisomocistas exiliados en El Salvador. Sus nombres los recoge Chuno Blandón en su obra Entre Sandino y Fonseca: Adolfo Alfaro Carnevalini (excapitán), Guillermo Marenco Lacayo (exteniente), Julio Alonso Leclair, Guillermo Duarte, Noel Bermúdez, Raúl Jiménez Argüello y Noel Salvatierra, entre otros. Alfaro Carnevalini había decidido y declarado vengar a su hermano Agustín, otro oficial GN, muerto en la rebelión de abril del 54. Por eso también había entrenado a Rigoberto en su papel de ejecutor. Alfaro Carnevalini, pues, fue el autor intelectual del atentado, a pesar de que era yerno de una hermana de Somoza García, Amalia, madre de su esposa Laura Rodríguez Somoza.

Otro autor clave fue Edwin Castro Rodríguez, quien recibió a Rigoberto en su casa de León, recolectó dinero para sus gastos, le presentó a su amigo Ausberto Narváez y a una docena de miembros del PLI, quienes ayudaron económicamente y en otras formas para que Rigoberto llevase a cabo su cometido —señala Chuno Blandón. Este agrega que Castro Rodríguez aspiraba reivindicar a su padre: el general Carlos Castro Wassmer, uno de los fundadores del PLI, perseguido y humillado por Somoza García. En cuanto a Rigoberto, tenía la profunda convicción de que, con su inmolación, “lograría la redención de su patria”.

Muy lejos de ese ideal significó su acción: apenas “poner punto final a la prepotencia impune de Tacho” de acuerdo con el doctor Arturo J. Cruz Porras y, sobre todo, contribuir a la prolongación de la dictadura somocista veintitrés años más, transformándola en hereditaria o dinástica. Esta fue la realidad. Otro aspecto de la misma es el que ha desarrollado recientemente el médico Ulises Huete Maltés al especificar que Rigoberto utilizó un revólver calibre 38, Smith & Wesson, cañón corto, gatillo escondido, de cinco cartuchos, número 74605. “Se trataba —anota— de un joven obsesivo compulsivo, que persiguió a Somoza García por meses para matarlo, atizado por un supuesto complot de la oposición de la época… El asesino material era un psicópata, con trastornos de identidad sexual, que lo tornaron en un hombre-bomba, no menos diferente de un islamista fundamentalista”.

Sin compartir estas apreciaciones y calificativos, sigo transcribiendo al doctor Huete Maltés: “Conocidos fueron sus vínculos (los de Rigoberto) con Rafael Corrales Rojas, un protegido de la familia Debayle Sacasa, suegros del dictador. Corrales Rojas, un soltero amanerado, tenía un periódico, El Cronista, donde le permitía a Rigoberto López Pérez escribir algunos poemitas…” Por su amistad con él, Rigoberto ingresó al Club de Obreros sin ser registrado —aclara el médico Huete Maltés—, “cayendo Rafaelito en desgracia”. Consecuentemente, este fue torturado y fallecería muy pronto.

La relación Corrales Rojas-López Pérez, es obvio, era de índole homosexual y así se ha sabido tradicionalmente. Incluso hay historiadores que identifican a otros “amigos”, aún vivos, de Rigoberto. Además, tal identidad fue confirmada en el extenso memorándum del Embajador de Nicaragua en El Salvador, doctor Leonte Herdocia, concluido el 26 de octubre de 1956, sobre las investigaciones realizadas en ese país a raíz del atentado.

Sin embargo, la preferencia sexual de Rigoberto no anula su fibra patriótica ni reduce su “gigantesca labor”, por citar de nuevo a Chuno Blandón. En todo caso, plantea una pregunta: con su acción, ¿no habría querido también Rigoberto expiar el baldón que se le atribuía al sodomita en el León de los años cincuenta? Al mismo tiempo, implica una derrota para el machismo homofóbico de Nicaragua y una victoria para la comunidad gay que tendría a un héroe nacional entre sus congéneres.

Por lo demás, el atentado mortal contra Somoza García ya estaba en el ambiente político de Nicaragua desde 1954. Y el del 21 de septiembre de 1956 le fue advertido varias veces y por distintos conductos. Así lo recordó en Madrid, 1973, el diplomático y coronel GN Gastón Cajina, quien de joven se desempeñaba como miembro de la seguridad personal del jefe de Estado. “El nicaragüense no es asesino” —me dijo Cajina que le respondió el mandatario. Más aún: opositores leoneses a Somoza García habían coreado antes de que este llegara a la metrópoli para proclamar, una vez más, su candidatura presidencial: “Si viene a León, regresa en cajón”.

 

* Escritor e historiador.