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A veces observo mi vida como una película que se proyecta en un fondo que el tiempo ha vuelto amarillento. Hay encuadres y escenas que no me gustan, lugares y personajes que quisiera borrar, pero no puedo. Forman parte de mis recuerdos y estoy condenado a vivir con ellos hasta que me muera.

Pero hay partes de esta película que me encantan, y que deseara que el rollo se quedara girando para siempre en la memoria. Son instantes a los que por nada del mundo renunciaría, y con los que quisiera morirme: el beso franco y tierno de la mujer que amo apenas despunta el día; la voz dulce de mi nieta Valentina, susurrando con muñecas y fantasmas, disfrutando inocente de su verdadera patria: la infancia. La discreta salida del sol apareciendo sutil por mi ventana, devorando a la oscuridad. Y Dios acariciando mi rostro a través del rocío, recordándome que no estoy solo. ¿Qué más puedo pedir?

Creo que sin esos instantes que tengo la fortuna de vivir a diario, ya estuviera muerto. No sé si a usted le pasa, pero uno necesita de ciertos momentos para sentirse vivo. Quizás suene un poco arrogante, pero vivir no es tan fácil como parece.

Vivir no es incorporarse a la rutina diaria como un robot que se engarza fácilmente en un engranaje. Tampoco es existir como un zombi urbano que deambula sin emociones y sin sueños, esperando una muerte sin desafíos.

Vivir es sentir a mil los latidos de tu corazón, es levantarse y acostarse soñando, convencido de que la vida se mide por la cantidad de cosas que hayas hecho, sino por el conjunto de instantes que hayas disfrutado.

No hay amor a la vida sin desesperación de vivir, afirma Albert Camus, en El revés y el Derecho, una frase que me ha impresionado desde que la leí por primera vez. Y precisamente esa desesperación es la fuerza que nos empuja a buscar la felicidad en medio de la opacidad.

A veces me imagino la vida de algunos famosos de Hollywood o de ciertos magnates de empresa, llena de lujos y vanidades ¿Qué les hará falta? Aclaro que no es pecado ser rico. Tienen propiedades, dinero, yates, negocios, aviones, criados, amantes, pero ¿habrán gozado de un maravilloso atardecer con la persona amada, o sus corazones han reventado de adrenalina al hacer el amor bajo la complicidad de unas estrellas que agonizan al amanecer? No lo creo. No tienen tiempo. Viven atrapados en aviones cumpliendo compromisos, y encerrados en jaulas de oro, viendo cómo el dinero consume sus días. Su éxito es alimentado en los grandes Medios de Comunicación y Redes Sociales. Pero viven acosados por los paparazzi, y no tienen vida propia. De nada les sirve lo mucho que tienen, porque no lo disfrutan a plenitud.

En tanto, los pobres, que vivimos en una total incertidumbre y en un encantador anonimato, aunque no tengamos muchos bienes materiales, al menos vivimos con intensidad algunos instantes que no cuestan mucho, pero que no los cambiaría por nada, ni por la atractiva suma de un millón de dólares. Talvez algunos me acusen de mentiroso o hipócrita, pero después de sentir el cariño limpio de mis nietos, de ver la luna junto a la mujer de mi juventud desde mi ventana, de sentir la misericordia de Dios perdonando mis pecados, me siento uno de los hombres más ricos de este mundo.

 

* Periodista y escritor.

felixnavarrete_23@yahoo.com