• Managua, Nicaragua |
  • |
  • |
  • elnuevodiario.com.ni

En sana teología no existe temática más difícil de abordar, después de la doctrina de la “libertad humana” y “la providencia divina”, que el tema de la presencia del mal en el mundo, y más específicamente el de la maldad del hombre.

La gran controversia actual entre creyentes y no creyentes, no tendría razón de ser si no tuviéramos en cuenta esta presencia del mal entre nosotros. Los ateos acusan a los creyentes por sus crímenes y los creyentes, a su vez, atacan a los ateos por su incredulidad profesante.

Cuando estudiaba en España, solía ver películas de vaqueros durante mis vacaciones de verano. Más tarde comprendí que esa afición me causaba un gran alivio a mi conciencia moral. Por fin veía con claridad quiénes eran los “buenos” y quiénes eran los “malos”. Cuando se tenían que enfrentar entre sí, en una fiesta de puñetazos en un bar o en un tiroteo en las calles, se resolvía todo el problema: ¡siempre ganaban los buenos!

Esa misma sensación que tuve en España, hoy la percibo con más fuerza que nunca. El no saber quién es el bueno y quién es el malo, nos causa una enorme desorientación en este mundo.

Sabemos que Jesús dijo que “por sus frutos los conoceréis”, pero, ¿si no conocemos sus frutos, como los conoceremos?

Ante esta disyuntiva, la sociedad actual se nos presenta como un medio hostil en donde nadie puede confiar en nadie. Y los medios de comunicación, aunque parezca una paradoja, nos han alejado más los unos de los otros. El acercamiento, la familiaridad y la camaradería, hoy en día, brillan por su ausencia.

Ya casi nadie se hace esa pregunta: ¿Quién es el bueno y quién es el malo? Se da por un hecho de que nadie es perfecto y que la mayoría de las personas luchan por sus intereses, ya sea por medios lícitos o ilícitos.

Gabriel Marcel hizo una distinción entre lo que es un “problema” y lo que es un “misterio”. Todos los problemas -dice- tienen solución. En cambio, el “misterio” permanecerá oculto. Por ejemplo: ¿Por qué en una familia dos hijos nacen, se educan y crecen con los mismos privilegios, y posteriormente uno escoge el camino del mal y otro el camino del bien?

Y es que el origen del mal proviene, a como nos dice las Sagradas Escrituras, del “corazón” humano. Jesús nos dice en sus evangelios que del corazón salen todos los malos deseos. Pero, ¿quién es capaz de ver o conocer el corazón humano? A lo sumo, solo vemos las acciones exteriores y por medio de ellas “juzgamos” la calidad moral de cada persona.

En un libro titulado “El misterio del más allá”, escrito por Antonio Royo Marín, teólogo tomista español del siglo pasado, encontré interesantes observaciones al respecto.

Rayo Marín dice que en este mundo ni los buenos son tan buenos como se creen, ni los malos son tan malos como ellos se lo figuran. La diferencia está en que a los buenos le acontecen cosas malas y a los malos le suceden cosas buenas. Por eso, los malos, en su gran mayoría, por ser algo buenos, les va bastante bien en este mundo. En cambio, a los buenos, por las cosas malas que aún tienen, les va muchas veces muy mal. Esto, a primera vista, nos parecería una tremenda injusticia.

Y el teólogo español nos lo explica el porqué: el sentido que le dan a la vida los malos es muy diferente al sentido que le dan a la vida los buenos. En otras palabras, a los malos les va bien en este mundo como premio a sus buenas acciones; y a los buenos, les ocurren cosas malas, para hacerse así más buenos.

De modo que, desde el punto de vista de la fe, que nos vaya bien o no en este mundo, no debe preocuparnos tanto. Somos seres temporales y mortales que estamos de paso. Somos simples “viajeros” en el tiempo rumbo hacia la eternidad.

Compárese los malos con los “políticos” y a los buenos con el “pueblo” y sacaremos interesantes conclusiones.

Esta podría ser una forma de resolver el misterio de la iniquidad en este mundo.

* Ph. D. Catedrático de Filosofía de KeiserUniversity.