Jorge Eduardo Arellano
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Entre los jesuitas de mis años colegiales, Álvaro Argüello Hurtado fue decisivo para la formación de muchos adolescentes. Nos enseñó en el segundo curso de bachillerato la clase de gramática que explicaba muy bien, tornándola lo menos árida posible y, como Vigilante de la Mediana, mantenía la disciplina con autoridad, trato llano y amable. Era, realmente, un verdadero amigo.

Tenía entonces Álvaro 27 años y sus pupilos no pasábamos de 14. Desconocíamos sus raíces granadinas y rivenses, sus antecedentes en el mismo centro donde transcurrieron diez de nuestros mejores años, el inicio de su vocación ignaciana. Sólo nos contaban que una década atrás en la Apostólica --residencia de los prenovicios-- un compañero le había cercenado accidentalmente, de un machetazo, uno de los dedos de su mano izquierda. Álvaro era muy flaco y se veía --lo recuerdan sus coetáneos-- más alto que nunca.

El deporte --y concretamente el béisbol entre los alumnos-- fue el ámbito donde ejerció su mayor influencia. Al menos para mí, su blanca sotana quedó asociada a los tres campeonatos intercolegiales que obtuvo el Centroamérica en las categorías juvenil B y A, y mayor B, como también a mi primer viaje fuera de Nicaragua. Yo cursaba ya el tercero de bachillerato y tenía 15 años.

Álvaro contrató un microbús de la empresa Colston de Granada para conducirnos a San Salvador, adonde fuimos de gira beisbolera. Con el manager Hildebrando Román, un refuerzo de la Escuela Americana --el lanzador estrella Paul Hoar--, Alfredo y Roberto Sáenz (cuyo hermano “Chepe” estudiaba en el noviciado de Santa Tecla), los integrantes del equipo juvenil B y el Padre Argüello sumamos 21 los pasajeros. Y partimos del Tepetate, frente al Gran Lago, a las tres y media de la madrugada del viernes 15 de septiembre de 1961, llegando de noche a la capital cuscatleca, después de 17 horas y pico de trajín en el busito que incluyó una parada mañanera, fría y neblinosa en Estelí, para desayunar. Y nos hospedamos en el “Externado San José”, ocupando un amplio salón donde se alojaba una pequeña biblioteca que pude revisar a gusto.

Al día siguiente sostuvimos el primero de tres encuentros en el Estadio de la “Colonia Guatemala”. Nuestro adversario era un conjunto de categoría muy superior a la nuestra, integrado en su mayoría por jugadores de la selección amateur salvadoreña que recientemente había asistido a la Serie Mundial de Caracas. Como era de esperarse, demostramos nuestro coraje, aunque perdimos los primeros encuentros y, ante la protesta de Álvaro --quien logró enfrentarnos a otro conjunto de nuestra misma talla o categoría-- ganamos el tercero. Una semana duró esa feliz experiencia que detallaría en una crónica publicada en la revista mensual del Colegio, acaso el texto en prosa más temprano de mis escritos. Lo cierto es que ese viaje inolvidable fue un regalo, una proyección de la entrega pedagógica de Álvaro, entonces maestrillo jesuita.

A mediados del 62 nuestro amigo partió a USA para cumplir el proyecto de vida que se había trazado cuando él era también, como nosotros, un adolescente. Y en su despedida le hice llegar dentro de un sobre unas extensas y espontáneas líneas que creía versos y expresaban el sentimiento de todos sus alumnos y de mis compañeros de equipo. Estas líneas concluían: “Ya que vas directo en tu camino hacia Cristo/ruega por este amigo/y su destino. //Guía de jóvenes, /discípulo de Iñigo, /gracias por tu fervor/y entusiasmo, /por tu ejemplo y tu vocación: / ¡Álvaro Argüello!”

Más, mucho más podría referir de este soldado de la Compañía de Jesús; de su reciedumbre espiritual y de los consejos que recibí de él, oportuna y comprensivamente, en los momentos difíciles que todo ser humano padece. Pero sólo quisiera subrayar dos aspectos de su personalidad. El primero: su cultivo de la historia, especialmente la de los jesuitas en Nicaragua y la que forjó y protagonizó ese notabilísimo gobernante del siglo XIX que es el doctor Adán Cárdenas (Rivas, 22-II-1836/Managua, 12-XII-1916), su bisabuelo materno. Culto que nos ha unido a lo largo de los años, aunque no tanto como lo hubiera deseado.

Sin embargo, debo confesar que sus generosos aportes documentales hicieron posible varios de mis trabajos. Dos corresponden a la primera iconografía de Sandino que la Biblioteca del Banco Central editó en 1979 y a los ocho capítulos de Nicaragua, insertos en la Historia general de la Iglesia en América Latina/Tomo VI: América Central de las Ediciones Sígueme de Salamanca, 1985. Precisamente el Padre Argüello me sugirió esa tarea en 1975 cuando enseñaba en la UCA, tras haber dirigido a cuatro de mis alumnas una tesis de licenciatura sobre la materia. Fue Álvaro quien me llevó a San Salvador, en un vehículo de su comunidad, para conocer al teólogo Enrique Dussel --gestor de esa Historia-- y participar en su primer seminario.

El segundo aspecto imprescindible del amigo y educador no es sino su dimensión sacerdotal y de auténtico jesuita. Siempre estuvo al servicio de la vivencia evangélica y --sabio, humilde y obediente-- aceptó sin reticencia el mandato de sus superiores. Este 21 de octubre se le tributará un homenaje en la UCA y yo, solidario y agradecido con el sacerdote que bautizó a tres de mis hijos y contribuyó a la educación de mi único varón, beneficiado por el jesuita nicaragüense que mayor confianza me inspiró, no puedo reprimir mi pluma ni olvidar sus homilías maestras.

Muchos que lo recuerdan, aman y admiran, se harán presentes en esa ceremonia. Y todos, estoy seguro, darán su visto bueno al siguiente testimonio de Isolda Rodríguez Rosales, colega académica y escritora, quien lo evoca en su último libro Me queda la palabra: “Siempre he afirmado que en mi incorporación a la Universidad Centroamericana me cambió la vida porque tuve la suerte de trabajar de cerca con el Padre Álvaro Argüello. Mi papá tenía poco tiempo de haber fallecido y me fue fácil identificar en aquel rostro blanco y de palabras dulces, su recuerdo. Álvaro Argüello fue desde entonces mi guía espiritual, mi fortaleza en los momentos difíciles de mi vida. ¡Que Dios lo bendiga siempre!”