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En épocas pasadas, los padres enseñaban sus oficios a los hijos varones, y las madres sus habilidades a las hijas. Era indispensable que la nueva generación aprendiera de la anterior. Se consideraba que los mayores eran los que habían aprendido por experiencia propia. Los ancianos merecían respeto porque ellos, más que nadie, encarnaban la sabiduría, la cultura.

El respeto a los ancianos se fundamenta en el respeto a los padres. Nuestros padres son los que nos han dado la vida, el amor, la protección y la formación. Por eso he sentido el deseo de dar gracias a Dios por los dones y las oportunidades que hasta hoy me ha concebido en abundancia. Al recordar las etapas de mi existencia, que se entremezclan con la historia, me vienen a la memoria los rostros de innumerables personas queridas: son recuerdos de hechos ordinarios y extraordinarios, de momentos de alegría, de episodios marcados por el sufrimiento.

Cito al salmista: “Dios mío, me has instruido desde mi juventud, y hasta hoy relato tus maravillas; ahora, en la vejez y en mis canas, no me abandones, Dios mío, hasta que describa tu brazo a la nueva generación, tus proezas y tus victorias excelsas (Sal. 71 70 17-18). “Juventud y cabello negro: vanidad”, dice el Eclesiastés (10,11). El hombre sigue siendo un ser creado “a imagen de Dios; cada edad tiene su belleza y sus tareas. Todos buscamos la felicidad. Cuando eras joven, te vestías para ir donde querías, pero cuando ya seas mayor, extenderás los brazos y otro te vestirá y te llevará donde no quieras ir.

Enséñame, Señor, a envejecer como cristiano. Quítame el orgullo de mi experiencia pasada. Quítame el sentimiento de creerme indispensable. Señor, te doy gracia por haberme dado una larga vida, porque la vida es el primer don que recibimos de ti. Esta es la vida que te ofrezco, Señor, con todas mis penas, mis alegrías, mis buenas y malas acciones.

La vejez es tiempo de gracia. He aprendido a valorar lo pequeño. Cuento los pájaros que vienen a saludarme a mi ventana, agradezco a Dios cada amanecer, bendigo a quienes me escuchan unos minutos y sobre todo a quienes comparten conmigo el último relato de mis días. No tengas miedo de que te arrinconen. No repares las arrugas: es muy triste morir sin ellas. No corras, no te apresures. No te inquietes, pues la vida no está en los kilómetros sino en la dirección de la mañana a la noche.

¡Dichoso el anciano que sabe recordar: lleva consigo toda su historia sin sentir su peso! Sin embargo, en el baúl de los recuerdos y el alba del día siguiente puede haber un sufrimiento indecible. Recordar para ser recordado, para aprisionarse en lo que se fue. Recordar es una necesidad existencial. Es como la cuerda de la vida, que no es precisamente automática; es preciso activarla. Es el hilo conductor de la propia historia: se deja de ser cuando se deja de recordar.

 

* Licenciado en Comunicación Social, UCA.

alvaroruiz25@yahoo.es