Francisco Javier SANCHO MÁS
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¿Entonces qué escribo en el titular? ¿”Personas” o “Inmigrantes”?

Una buena amiga periodista me acaba de contar la discusión que sostuvo en su redacción la semana pasada al saberse la tragedia de los cientos de fallecidos en las costas italianas de Lampedusa (197 cuerpos a la hora en la que escribo han sido rescatados del mar hasta el momento). La opción que ella defendía era la de hablar de personas en lugar de catalogarlos como inmigrantes. Sus jefes le decían que eso no era tan periodístico. También me cuenta que a pesar de haber estado esa noticia en la portada de su medio (con bastante relevancia), ha sido de las menos leídas y menos visitadas.

¿Personas o inmigrantes? En la desolación de la isla italiana de Lampedusa hay muchas preguntas y poco a poco se van sabiendo sus respuestas. El hecho causal: al parecer un incendio no intencionado en la embarcación sobrecargada de gente. La consecuencia: cientos de personas de origen somalí y eritreo, en su mayoría, que iban a bordo, murieron ahogadas. Entre ellos muchos, muchísimos, niños y mujeres.

Hay algo en esa noticia tan viejo como el mundo. Al final, la verdad es que nos movemos. Más o menos lejos. Nos movemos porque no nos conformamos, o simplemente por esperanza, o por miedo, necesidad, también por amor, o aventura, o esa rareza de sentir que quizá nuestra vida está en otro lado… incluso al otro lado del mar. Ahora ponemos más atención cuando un papa habla, porque habla las palabras que a todos nos salen del corazón. Es muy simple. Se trata, realmente, de una “vergüenza”. Poco después de que visitara la isla e invitase a convertir los conventos y casas eclesiales vacías en refugio de inmigrantes, sucedió esta tragedia.

Dicen que varios barcos pesqueros no quisieron prestar ayuda. Dicen que las autoridades costeras italianas se tomaron su tiempo. Dicen que el cementerio de la isla se ha quedado demasiado pequeño. Y ahora, en algo que no está claro si pretende ser un homenaje o una broma macabra, Italia le ha concedido la nacionalidad a los que llegaron, o han sido rescatados del mar. Pero, ojo, solo a los muertos. Si esta información se confirma, estamos ante una de las mayores muestras de hipocresía en el mundo. Y además, ¿quién les dijo a las autoridades italianas que estas personas fallecidas querían la nacionalidad italiana, y menos sabiendo que allí iban a morir?

No conocemos a uno solo de los fallecidos en la tragedia de Lampedusa. En realidad, solo nos asusta el número. Pero sí sabemos que muchos de ellos habían pagado entre 500 y 1000 dólares a los traficantes de personas para arribar a las costas italianas, antes de que llegara el mal tiempo. Desgraciadamente Stalin (o la frase atribuida a él) vuelve a tener razón: contar una muerte humana representa una tragedia, la muerte de un millón, en cambio, es solo una estadística.

El año pasado, frente a las mismas costas, se murió Samia, una atleta somalí, corredora de fondo, cuya historia personal me tocó de cerca. Había participado en las olimpiadas de Roma, y se había hecho famosa porque llegó en última posición en una de las carreras, con una enorme distancia entre las atletas que la precedían. Su delgadez extrema, junto a su tenacidad, hicieron que el público de Roma se levantara de sus asientos y acompañase con aplausos de admiración a Samia hasta que llegó a la meta muchos segundos, eternos segundos, después. Su sueño era participar, con mejor preparación, en las olimpiadas de Londres. Hizo lo imposible por lograrlo. Se fugó de su país, Somalia, después de haber sufrido la pérdida de varios seres queridos por el conflicto. Y hasta se embarcó, como sus últimos hermanos de Lampedusa, camino de Italia, el país que se puso en pie para aplaudirla. También pereció en un naufragio.

Una corresponsal norteamericana se había encontrado con Samia en Etiopía, antes de intentar cruzar el mediterráneo y contó su historia en la sección de deportes de Al Jazeera, pero casi nadie la leyó. Fue mucho después, cuando se supo que había muerto que empezamos a saber su nombre. Es como si solo los muertos merecieran ser contados, o merecieran una patria que nunca pidieron.

Seguramente, empezarán a llegarnos historias, como las de Samia, de entre los últimos de Lampedusa. Los números son una vergüenza. Pero cuando sepamos sus historias, aunque solo sea una sola historia, seremos conscientes de que además es un crimen. Y de alguna manera es el crimen de nuestro tiempo, que ocurre en México, en Yemen, en Grecia, Afganistán, y cualquier frontera que cruzan millares de personas en busca de una vida mejor. Condenar a personas a la inmovilidad, o al cementerio del mar. Es como para empezar a odiar solo el mero concepto, la mera palabra de “frontera” y de “patria”, tan sagrada esta última, y tan maldita cuando supone diferenciar, excluir, y cerrar las puertas, recluirse, creerse diferente, único, o mejor o peor.

Al final, el criterio del jefe de redacción de mi amiga se impuso. Ganó la palabra “inmigrantes”... Es como para odiar el uso de algunas palabras.

 

sanchomas@gmail.com