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El Derecho Internacional divide el territorio de un Estado en territorio terrestre, marítimo y espacio aéreo. Juntos conforman los dominios soberanos de un país. Con soberanía exclusiva y excluyente.

Defender el territorio es inherente a la existencia de un Estado. No solo por dignidad. Porque del territorio que habitan deben los pueblos obtener recursos para mejorar su vida y fomentar su desarrollo.

Colonialismo y neocolonialismo han sido –y son- expolio de los recursos nacionales por poderes extranjeros. Recuperar y proteger esos recursos ha sido –y es- obligación primordial de un gobierno. La soberanía, sin base económica, es cuerpo vaciado, hueco.

Viene esto a cuento por la situación de nuestro espacio aéreo. Soberano será, pero es soberanía formal, no real. Es un dominio colonizado por líneas aéreas extranjeras.

Nicaragua mueve 1,200,000 viajeros al año. Promediando 500 dólares por boleto, el mercado aéreo mueve 600 millones de dólares anuales. El café deja 512 millones.

Hasta los vuelos nacionales los explota una empresa colombiana. El país recoge migajas de su vaciada soberanía aérea. La colonización foránea permite, además, abusos sin fin.

En diciembre pasado, me quisieron cobrar 500 dólares por un boleto San José-Managua. Lo mismo vale un vuelo de Madrid a Moscú, que están a 5,000 kilómetros de distancia.

Crear una línea aérea nacional requiere dos ridículos millones de dólares. Crearla es deber nacional, público y privado. Para poner fin al expolio extranjero. Hacer patria real, no formal.