Jorge Eduardo Arellano
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A mediados de la pasada década, poco después del espectacular desmembramiento del gigante soviético, un grupo de politólogos de la universidad estadounidense de Yale trató de esbozar el guión de un hipotético aislamiento estratégico de Rusia. Se trataba, a primera vista, de un rocambolesco proyecto de política ficción basado en la premisa de que el antiguo imperio, debilitado por la pérdida de gran parte de su territorio asiático y de los minúsculos Estados del Mar Báltico, acabaría cercado por una coalición de países afines al ideario del otro gran imperio: los Estados Unidos.

Los universitarios americanos proponían la creación de un “cinturón de seguridad” en los confines europeos y caucásicos de la Federación rusa, barajando también la posibilidad de una alianza estratégica con China. De este modo, se podía contemplar el sometimiento de la ex gran potencia nuclear que, según los politólogos estadounidenses, no debía volver a levantar cabeza.

Los recientes acontecimientos del Cáucaso - intervención armada de Georgia en Osetia del Sur, contundente respuesta de las tropas rusas, ruptura de las relaciones diplomáticas entre la Federación rusa y la pro occidental Georgia, permanencia de contingentes de “pacificadores” rusos en Osetia y Abjasia - indican que el “aberrante guión” de los politólogos estadounidenses se está materializando.

Los políticos del Viejo Continente condenan la intervención militar del Kremlin, pero se mantienen muy cautos a la hora de contemplar la imposición de sanciones políticas o económicas contra Moscú. Hay quién estima que “los 27”, que dependen de los suministros de oro negro y de gas natural prevenientes de Rusia, prefieren no tensar la cuerda: el invierno está en puertas.

Pero si bien es cierto que la mayoría de los países de Europa occidental teme posibles represalias energéticas por parte del Kremlin, el elenco de confrontaciones no se limita únicamente a la percepción por parte de la OTAN de los conflictos separatistas registrados en la antigua URSS. Por su parte, Rusia no perdonó las sucesivas ampliaciones de la Alianza Atlántica llevadas a cabo a partir de 1997, cuando la OTAN optó por integrar en sus filas de los antiguos aliados de la URSS en el Pacto de Varsovia. A ello se suman la intervención de la OTAN en la ex Yugoslavia, la ocupación de Kosovo (provincia serbia de mayoría étnica albanesa), la creación de un “escudo antimisiles” en el territorio de Polonia y la República checa y, por ende, las prisas de Washington por acoger en la Alianza a dos países fronterizos - Ucrania y Georgia - situados en los confines más sensibles para la defensa de Rusia.

Pero hay más: los círculos ultraconservadores de Washington no disimulan su interés por facilitar la “desrusificación” de las antiguas provincias soviéticas que cuentan con un elevado porcentaje de población de origen ruso. Es el caso de los Estados bálticos, aunque también de países como Ucrania, Kazajstán, Uzbekistán o Kirguizistán, donde el porcentaje de rusoparlantes supera, en la mayoría de los casos, el 5-10% de la población. Moscú se ha comprometido a defender los intereses de estas poblaciones, lo que le permite fomentar un sentimiento nacionalista llamado a facilitar la expansión de la zona de influencia de la Federación.

El ansia de grandeza poco tiene que ver, sin embargo, con la nostalgia de la monolítica URSS. En realidad, los dirigentes rusos quieren recuperar el ansiado prestigio de la época de los zares, de aquella Rusia que se codeaba, sin complejos, con los grandes imperios coloniales del siglo XIX: Alemania, Francia o Inglaterra. Para comprender los sentimientos de los políticos moscovitas, los kremlinólogos deberían repasar los libros de historia.

Mientras los europeos siguen pensando en la manera más eficaz de cercar al “oso ruso”, el hipotético aliado chino no parece muy propenso a sumarse a la táctica de las “tenazas”. Pekín tiene, en efecto, sus propios problemas estratégicos, llámense estos Taiwan o Tibet. Sin olvidar, claro está, la incipiente aunque sumamente inquietante amenaza integrista en las provincias de mayoría musulmana.

De momento, el éxito del cerco de Rusia parece poco probable. Sin embargo, los dirigentes del Kremlin advierten a sus socios occidentales: “No se equivoquen al escoger a sus aliados. Apostar por los enemigos de Rusia supondría un grave error histórico”. Queda por ver si Occidente es capaz de interpretar y asimilar el mensaje.


*Analista Político Internacional